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Revista Antorcha

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Ilustración sobre la religiosidad popular

No saben lo que hacen: La izquierda frente a la religiosidad

«No es la cualidad de católico lo que define la posición de clase o la actitud política. La atracción a la lucha antifascista de los católicos no es por ser católicos, sino por ser antifascistas. Una religión no es, ni puede ser, un programa de acción política».

Álvaro Cunhal, Rumbo a la victoria

En los últimos meses, estamos presenciando una notable luna de miel entre una significativa parte del pensamiento progresista en España y la Iglesia Católica. Si ya se podía entrever cierta indulgencia con una parte de la Iglesia durante todo el pontificado de Francisco, su progresivo deterioro y su muerte, y la sucesión en la figura de León XIV, nos han permitido conocer mejor una corriente ilusa de ateos gracias a Dios que siguen deseando creer en una Iglesia y un Dios que solo en su imaginación existen. Así, desde hace meses, diversos medios progresistas se hacen eco con cierta frecuencia de “avances” en el seno de la Iglesia que se manifiestan en forma de luchas contra sus sectores más reaccionarios, o declaraciones tibias sobre cuestiones sociales de la más diversa índole. Tras ellas, se entrevé una cierta esperanza en que la Iglesia se haya convertido en una especie de baluarte progresista, pero ¿qué hay de cierto en esto? ¿Y qué consecuencias políticas puede traer consigo este pensamiento?

La “izquierda” de la Iglesia a través de sus manifestaciones

Uno de los motivos por los que nos resulta chocante el reciente interés por la Iglesia en una parte de los medios progresistas es su novedad, con respecto a la relación con la religión en las últimas generaciones. Si durante las últimas décadas resultaba evidente el carácter retrógrado de la Iglesia Católica, encarnada por dos papas rabiosamente anticomunistas como Juan Pablo II y Benedicto XVI- sin entrar a hablar de otros de idéntica índole pero más lejanos ya, como el infame Pío XII-, la elección de un Sumo Pontífice aparentemente más “heterodoxo” y renovador como resultó serlo Francisco ha nublado la vista de algunos. A lo largo de sus años de pontificado, hemos podido ver cómo toda una sarta de luminarias de la izquierda se escudaban nada menos que en la autoridad de un Papa para defender un programa que, a lo sumo, moría en la orilla de la socialdemocracia.

No parecen disiparse las vanas esperanzas de este sector del progresismo con el nuevo Papa, León XIV, recibido con alborozo por ser, aparentemente, un “sucesor moderado” de Francisco.

Así, hemos visto cómo se defendía como un “progreso” el defender tibiamente que los mercados no pueden contribuir a generalizar la desigualdad, o el denunciar las políticas migratorias más extremas del anterior gobierno de Trump. De la misma forma, no parecen disiparse las vanas esperanzas de este sector del progresismo con el nuevo Papa, León XIV, recibido con alborozo por ser, aparentemente, un “sucesor moderado” de Francisco, más vinculado a la doctrina social de la Iglesia, y continuador de algunas de sus reformas y combates, como los mantenidos con el Sodalicio de Vida Cristiana y con el Opus Dei. Esta expectativa incluso permea la evolución de la perspectiva acerca de la Conferencia Episcopal y del clero en general, recibiendo con alegría declaraciones favorables a la libertad de culto o condenas a la xenofobia que nos resultarían simplezas en cualquier otro contexto.

Es este un triste síntoma del estado de conciencia en nuestro entorno. Por una parte, por el hecho de estar buscando nada menos que en la Iglesia un aliado, cuando no una autoridad, para defender un programa político progresista- sea este el que sea1. Por otro lado, porque esta pompa y boato no se justifican si se ve la imagen de conjunto, si se ponen en relación tal o cual declaraciones del Papa con la doctrina general de la Iglesia Católica, mucho más densa y matizada que lo que los titulares y los comentarios permiten entrever.

La orientación general de la encíclica Rerum Novarum es abiertamente contrarrevolucionaria y enemiga del socialismo.

Con la elección del nuevo Papa se hizo habitual vincularlo con el autor de la encíclica Rerum Novarum, que sistematiza por primera vez la llamada doctrina social de la Iglesia, ya previamente esbozada desde el comienzo del desarrollo industrial en Occidente. Esta encíclica, una de las más conocidas e influyentes en la actualidad, da cuenta de la postura de la institución eclesiástica en torno a la sociedad capitalista. Quienes la rescatan desde el progresismo hacen hincapié en su supuesta defensa de la dignidad del proletariado y su postura contraria a los abusos patronales y favorable a la organización obrera en sindicatos, entre otros aspectos. Sin embargo, obvian en esa lectura todas las precauciones con que se tratan todos estos- y otros tantos- asuntos. Para empezar, deciden ignorar que la orientación general de la encíclica es abiertamente contrarrevolucionaria y enemiga del socialismo2. Pero, junto con esto, descuidan también, punto por punto, todas las premisas que hacen de esta encíclica, y de la doctrina “social” que de ella se deriva, algo retrógrado y desorganizador. La Rerum Novarum parte de la defensa a ultranza de la propiedad privada3 como un derecho natural, de la familia tradicional como fundamento de la sociedad civil4, de un Estado paternalista y corporativo como garante del orden5 y de una noción de lo que es justo o adecuado que ignora deliberadamente, cuando no justifica, la desigualdad que es origen y base de la explotación en el capitalismo6.

La doctrina social, asimismo, promueve solo cierto tipo de solidaridad. Una que, acorde con lo señalado arriba, parte del respeto a la propiedad privada y de una noción abyecta de fraternidad entre explotadores y explotados7; que llama a la caridad para socorrer a los más necesitados, pero lo hace desde la noción de que la caridad debe ser siempre voluntaria y no impuesta, entendida como un deber religioso meramente8; que llama a la organización obrera, pero solo para conseguir, sin alborotos, sin ir más allá de los límites gremiales9, un salario que favorezca la afición del ahorro. De esta doctrina nacen las asociaciones de beneficencia que, cuanto más, ponen un parche precario a la existencia miserable de las capas más desfavorecidas. De esta también los sindicatos católicos de base, que la encíclica no duda en alentar que se empleen para disgregar a la clase trabajadora, si con ello se debilita una unidad obrera dirigida por los socialistas10.

Por tanto, celebrar que la Iglesia “recupera” la doctrina social, la actualiza o se aproxima a ella es un síntoma de ceguera. Cuando la Iglesia procede así, no cumple con un papel progresista, ni mucho menos, sino que se arma adecuadamente para cumplir con un papel apaciguador. Ante un posible nuevo prurito revolucionario, la Iglesia llama a ejercer la caridad, a defender la propiedad privada y a disgregar las organizaciones obreras- eso sí, desde otras “nuevas” orientadas por el amor de Dios. Solo pide dar lo que es “justo” a los obreros: darles lo justo para pasar el día.

¿Hay un trasfondo socialista en la Biblia?

La misma ceguera que impide a muchos ver más allá de las manifestaciones superficiales de caridad y solidaridad de la Iglesia les lleva muchas veces a convertirse en involuntarios defensores de Cristo e incluso de los prejuicios religiosos populares. De esta forma, se convierten en una especie de “intérpretes privilegiados” de la Biblia y en firmes defensores de todo tipo de manifestaciones religiosas en un vano intento por convertirlas en algo que no son. Deseando hacer de todo y todos un aliado, buscando en todas partes las señales divinas que vincularían la religión con el Socialismo, envuelven en la épica y protegen con su falta de crítica una superestructura retrógrada que sirve precisamente para reconducir ciertos impulsos espontáneos hacia el redil de las buenas costumbres.

La agitación pseudo-cristiana a favor del Socialismo pretende partir de episodios sueltos de la Biblia para demostrarnos, por ejemplo, que Cristo o los Apóstoles fueron “los primeros socialistas”. Con una soberbia inexplicable, tratan de demostrar incluso a quienes sí son religiosos que nadie conoce tan bien la Sagrada Escritura como ellos. Veremos, sin embargo, que esto dista mucho de ser cierto.

Dos o tres son los episodios habituales con los que se recrean los que quieren fundar en el Mesías el Socialismo: la expulsión de los mercaderes del templo, la mención al ojo de la aguja y la vida común de los Apóstoles. Tomados ciertos versículos sueltos de la Biblia, sin duda pudiera parecer que Cristo está del lado de los pobres, en contra del enriquecimiento ilícito y a favor de la redistribución. Sin embargo, comete un error quien pretende tomar la parte por el todo e ignora que el Nuevo Testamento no es una colección de aforismos revelada por la divinidad sino un conjunto completo y coherente reconocido por una comunidad religiosa. Y la diferencia es notable.

Todo lo que Cristo pide es que los ricos compartan, que lo hagan voluntariamente, y que no lo hagan más allá de lo que necesitan para vivir decorosamente; es decir, limosna.

En Mr 11:15-18 nos encontramos el famoso episodio de la expulsión de los mercaderes, en que Cristo les exhorta que han convertido su casa en cueva de ladrones. De aquí se extrae la idea de que está en contra del comercio o el enriquecimiento ilícito. Y, sin embargo, el único problema que, con justicia, podemos ver en este paso es el del comercio en el templo, el de la corrupción del templo mismo. Lo único que se retrata en esta escena es la autoridad de la Iglesia, denunciando su envilecimiento y la búsqueda de una usura impropia más allá de sus funciones. Cristo es un firme defensor de la autoridad y el orden, como demuestran otros tantos pasajes del Evangelio. Él mismo es quien dice Dad al César lo que es del César (Mr 12:13-17), pagad tributo, respetad la autoridad terrena. Su discípulo Pablo, también: Sométase toda persona a las autoridades superiores; porque no hay autoridad sino de parte de Dios, y las que hay, por Dios han sido establecidas (Ro 13:1)

En cuanto al caso del joven rico, en Mt 19:23-26 leemos la clásica advertencia: difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos. […] Es más fácil pasar un camello por el ojo de una aguja que entrar un rico en el reino de los cielos. De aquí se extrae la aparente enseñanza de que la riqueza es contraria a la piedad y la salvación, y que, por tanto, la riqueza es tanto como la maldad y Cristo está con los desposeídos. Sin entrar a disquisiciones sobre cómo el hecho mismo de preferir a los pobres supone que estos deberán existir eternamente, cosa, de por sí, contraria a las ideas del socialismo; y sin regresar sobre lo ya señalado al analizar la Rerum Novarum, que, al fin y al cabo, va en el mismo sentido y nos recuerda que la pobreza de este mundo no es importante porque estamos en él exiliados y que la caridad es una opción y no se puede imponer por la ley, nos importa señalar que ni siquiera hay que leer un párrafo más allá del que contiene la referencia al camello y la aguja en la Biblia. Es ahí mismo donde se nos dice que para los hombres esto [ser salvo] es imposible; mas para Dios todo es posible. Aquí solo se hace alusión a que la riqueza dificulta la salvación, pero no la imposibilita, pues esta no se funda en la pobreza, sino en el amor de Dios, que se manifiesta, también, en la caridad. Y precisamente por ser una obra de amor ha de ser voluntaria para tener valor11. Todo lo que Cristo pide es que los ricos compartan, que lo hagan voluntariamente, y que no lo hagan más allá de lo que necesitan para vivir decorosamente; es decir, limosna. Quien ve en este pasaje un alegato a favor de los pobres está leyendo el texto del revés: lo que hay, en cambio, es un alegato a favor de los ricos amables, una prueba de que ser rico no está mal si al menos sirve para dar limosna.

Por último, en cuanto a la vida común de los Apóstoles que se menciona en Hch 2:44-45, no se puede descuidar que, si estos tenían en común todas las cosas, y vendían sus propiedades y sus bienes, y lo repartían a todos, según la necesidad de cada uno, esto no se hacía más que dentro de la comunidad de los fieles y para dedicarse a la alabanza a Dios, como en el mismo capítulo se señala. El hecho de que ni siquiera sea una solidaridad generalizada, sino particular, y que sea orientada a la alabanza a Dios, solo a un miope distrae de que esta práctica es más bien la inspiración de la vida de los numerarios del Opus Dei que siquiera de los falansterios decimonónicos, no digamos ya del Socialismo propiamente.

¿Tiene sentido siquiera debatir sobre lo que dice la Biblia, cuando esta debe interpretarse a la luz de una Tradición que, por desgracia para estos “socialistas cristianos”, no controlan ni pueden controlar ellos?

Por si no fuera poco con la refutación de tan simplistas relatos sobre el socialismo evangélico, debemos señalar que una lectura completa y atenta de la Biblia pasa incluso por encima de cualquier interpretación basada solo en el libro sagrado- y ello partiendo del libro mismo. No en vano, el Nuevo Testamento no se reduce al Evangelio y los Hechos, sino que recoge toda una serie de cartas que, en sí mismas, prueban que estos libros no bastan para entender la religión ni la divinidad de Cristo. El canon de la Biblia no fue establecido por Dios, ni esta posibilidad es mencionada en un solo texto del Nuevo Testamento. Este se limita a recoger una información considerada suficientemente fidedigna y completa, transmitida por una comunidad de fieles y asumida como verdadera a través de su estudio y depuración. Solo en el pontificado de San Dámaso, en el Siglo IV, se establece el canon de la Biblia, tal y como lo conocemos, en el momento en que se encarga a San Jerónimo la traducción latina del texto. Lo que vemos, también en las epístolas del Nuevo Testamento, es que la autoridad de la religión no viene de la Escritura, que es claramente insuficiente- y contradictoria, incluso- para establecer un acuerdo. En su lugar, la Tradición, encarnada en la Iglesia, la comunidad de los fieles, encabezada por los Apóstoles- y los católicos dirán que, particularmente, por San Pedro y sus sucesores-, es el origen de la autoridad12. De esta manera, ¿tiene sentido siquiera debatir sobre lo que dice la Biblia, cuando esta debe interpretarse a la luz de una Tradición que, por desgracia para estos “socialistas cristianos”, no controlan ni pueden controlar ellos? ¿No es pecar de idealismo considerar que con solamente un razonamiento bien argumentado basta para subvertir unas creencias asentadas en milenios de tradición y práctica?

El mito de la “religiosidad popular”

Esto nos lleva, por otra parte, a las manifestaciones materiales de esta Tradición, particularmente en sus vertientes populares, pues si existe un interés en cierta parte de la izquierda por rescatar una especie de trasfondo socialista en la religión, ello se debe a que esta tiene una fuerte implantación entre las masas. En diversas regiones de nuestro Estado existen manifestaciones religiosas populares de fuerte tradición y que movilizan enormes grupos de gente en torno a determinadas prácticas. Estas, muchas veces, van más allá de la religión, integrando en su seno a muchos no creyentes que, sin embargo, llegan a considerar constitutivo de su “identidad” la vinculación con estas manifestaciones y las organizaciones que las mantienen vivas. Se ha convertido, incluso, en una especie de lugar común esencialista para una parte de las organizaciones regionalistas considerar estas como parte de la identidad de un territorio13. Y, dentro de este lugar común sobre las identidades a que da cobijo la organización religiosa popular, o a la que esta sirve de elemento de resistencia, nos encontramos discursos de todo tipo acerca de la “reivindicación” o la “recuperación” de estos espacios para las clases populares o para determinadas partes de estas. Así, leemos acerca de las cofradías de Semana Santa como espacio seguro para el colectivo LGTB durante la dictadura, o se nos presenta a este colectivo como “indispensable” para el funcionamiento de la práctica tradicional. De igual manera, se nos quiere hacer creer que la Semana Santa, lejos de ser una manifestación de sumisión, controlada y organizada por una jerarquía evidentemente vinculada al poder fáctico, es un espacio de disputa, “domesticado”, incluso, después de la guerra civil.

El hábito del nazareno solo nos hace parecer semejantes, pero, en todas partes, las asociaciones religiosas reproducen la misma jerarquía que se ve fuera de la Semana Santa.

Estos excesos discursivos, en lugar de ayudar, diluyen un problema de fondo que es el que verdaderamente se tiene que tratar al hablar de la religiosidad popular. Envolver en esta épica una práctica retrógrada, separarla de la totalidad a la que se dirige, escoger lo más vistoso y olvidar lo más contradictorio- la represión silenciosa al colectivo LGTB, su misma ocultación bajo el manto de la religión y la tradición; la negación del resto de elementos tradicionales y culturales, muchos anticlericales o incluso propios de otras religiones, como parte de una identidad local, regional o nacional- no nos permite atajar con claridad aquello a lo que las manifestaciones religiosas populares apuntan.

Las organizaciones religiosas populares son una forma espontánea de organización y pueden ser una base de una determinada solidaridad. Manifiestan, desde luego, una búsqueda de esta, una voluntad de asociarse y de hacerlo con lo que se entienden como semejantes. Pero no podemos cegarnos ante su forma superficial, porque nos es evidente que el hábito del nazareno solo nos hace parecer semejantes, pero, en todas partes, las asociaciones religiosas reproducen la misma jerarquía que se ve fuera de la Semana Santa- y no hay título honorífico que oculte que quien manda en tal o cual cofradía no necesita ser abad, capataz, seise o monaguillo para ser el que decide.

La búsqueda de la organización y de la solidaridad que observamos en la religiosidad popular, y, en general, en el sentimiento religioso, es una manifestación de un cierto sentido común que debemos reconducir y elevar. Y, para tal fin, no solo es que toda la organización religiosa sea inadecuada, sino que, de hecho, es contraproducente. Debemos entender la religión como un todo que vincula y asocia cada una de sus partes. Las cofradías religiosas son más cercanas y proclives al sindicalismo católico que a cualquier otro, y, por tanto, coadyuvan a la desorganización más que a la lucha14. La solidaridad que alimentan las cofradías es una basada en la limosna y en la caridad, en la pura voluntad, en la aceptación de la jerarquía, la autoridad, el reparto desigual y la propiedad privada. No podemos negar el arraigo de la religiosidad en el pueblo, que se manifiesta de miles de maneras, y se vincula, entre otras cosas, con un deseo de solidaridad y pertenencia. Pero no podemos servirnos de cualquier herramienta para hacer crecer ese deseo. No está en nuestra mano, ni lo estará jamás, convertir a Cristo en algo que no es, subvertir la Tradición, desvincular unas ideas de otras, en el seno de la Iglesia.

A todos aquellos que buscan en la religiosidad popular la respuesta a sus necesidades debemos dirigirnos no para alimentar esa quimera, sino para hacerles ver que ese instinto que la Iglesia trata de reconducir hacia el mantenimiento del orden actual es legítimo, pero solo podrá crecer y florecer lejos de esta. Que en Cristo y en su Iglesia no hay una respuesta definitiva para su malestar, y que quienes se hacen pasar por semejantes bajo su manto no lo son en la realidad ni están interesados en aliviar su mal. No hay forma de reconducir, desde Cristo, este instinto hacia la emancipación. Y si bien no debemos llevar a cabo una guerra abierta contra la religión, en tanto que su arraigo es tal que esa guerra dificultaría nuestra labor de elevación de la conciencia y nos pondría en contra de muchas personas de voluntad honesta, debemos mostrarles que la respuesta que buscan no se encuentra en un sistema que solo puede ocultar y perpetuar la desigualdad Ad Maiorem Dei Gloriam.


  1. Así lo observamos cuando, repentinamente, se reivindica una especie de “humanismo cristiano” como orientador de una política pretendidamente progresista. ↩︎
  2. Sabido es que las encíclicas suelen recibir su nombre a partir de las palabras con que comienza su texto, siendo en este caso Rerum novarum semel excitata cupidine, traducido por Despertado el prurito revolucionario. La introducción del texto, pues, hace evidente la preocupación de la Iglesia por frenar el impulso del socialismo. ↩︎
  3. El poseer algo en privado como propio es un derecho dado al hombre por la naturaleza.[…] El que Dios haya dado la tierra para usufructuarla y disfrutarla a la totalidad del género humano no puede oponerse en modo alguno a la propiedad privada. Pues se dice que Dios dio la tierra en común al género humano no porque quisiera que su posesión fuera indivisa para todos, sino porque no asignó a nadie la parte que habría de poseer. […] Cuando se plantea el problema de mejorar la condición de las clases inferiores, se ha de tener como fundamental el principio de que la propiedad privada ha de conservarse inviolable ↩︎
  4. He aquí, pues, la familia o sociedad doméstica, […] verdadera sociedad y más antigua que cualquiera otra, la cual es de absoluta necesidad que tenga unos derechos y unos deberes propios, totalmente independientes de la potestad civil. […] La familia es una verdadera sociedad, que se rige por una potestad propia, esto es, la paterna. […] Tiene ciertamente la familia derechos por lo menos iguales que la sociedad civil para elegir y aplicar los medios necesarios en orden a su incolumidad y justa libertad. ↩︎
  5. Es mal capital […] suponer que una clase social sea espontáneamente enemiga de la otra, como si la naturaleza hubiera dispuesto a los ricos y a los pobres para combatirse mutuamente en un perpetuo duelo. […] Por el contrario, es lo más cierto que como en el cuerpo se ensamblan entre sí miembros diversos, […] así ha dispuesto la naturaleza que, en la sociedad humana, dichas clases gemelas concuerden armónicamente y se ajusten para lograr el equilibrio. […] Interesa tanto a la salud pública cuanto a la privada que las cosas estén en paz y en orden […]; que se respete y practique la religión; que florezca la integridad de las costumbres privadas y públicas; que se mantenga inviolada la justicia y que no atenten impunemente unos contra otros […]. Si alguna vez ocurre que algo amenaza entre el pueblo por tumultos de obreros o por huelgas; que se relajan entre los proletarios los lazos naturales de la familia; que se quebranta entre ellos la religión …]; si se plantea en los talleres el peligro para la pureza de las costumbres […]; si la clase patronal oprime a los obreros con cargas injustas o los veja imponiéndoles condiciones ofensivas para la persona y dignidad humanas; si daña la salud con trabajo excesivo, impropio del sexo o de la edad, en todos estos casos deberá intervenir de lleno, dentro de ciertos límites, el vigor y la autoridad de las leyes. Límites determinados por la misma causa que reclama el auxilio de la ley, o sea, que las leyes no deberán abarcar ni ir más allá de lo que requieren el remedio de los males o la evitación del peligro. […] Debe asegurar las posesiones privadas con el imperio y fuerza de las leyes. Y principalísimamente deberá mantenerse a la plebe dentro de los límites del deber, en medio de un ya tal desenfreno de ambiciones; porque, si bien se concede la aspiración a mejorar, sin que oponga reparos la justicia, sí veda ésta, y tampoco autoriza la propia razón del bien común, quitar a otro lo que es suyo o, bajo capa de una pretendida igualdad, caer sobre las fortunas ajenas ↩︎
  6. Nos encontramos, en esta encíclica, declaraciones tan “radicales” como que es justo que el fruto del trabajo sea de aquellos que pusieron el trabajo, en efecto, pero solo después de explicar el derecho que cada uno tiene a la propiedad privada de un pedazo de tierra para trabajarla, si es que alcanza a pagarla. También, la idea de que es justo el salario que da para que un proletario se sustente a sí y a su familia- nada más y nada menos. En cuanto al desigual reparto de la riqueza, declara que se debe distinguir entre la recta posesión del dinero y el recto uso del mismo. Poseer bienes en privado […] es derecho natural del hombre, y usar de este derecho[…] no sólo es lícito, sino incluso necesario en absoluto. Y si se pregunta cuál es necesario que sea el uso de los bienes, la Iglesia responderá sin vacilación alguna: «En cuanto a esto, el hombre no debe considerar las cosas externas como propias, sino como comunes; es decir, de modo que las comparta fácilmente con otros en sus necesidades. De donde el Apóstol dice: «Manda a los ricos de este siglo… que den, que compartan con facilidad»». ↩︎
  7. la Iglesia, con Cristo por maestro y guía, persigue una meta más alta: o sea, preceptuando algo más perfecto, trata de unir una clase con la otra por la aproximación y la amistad. ↩︎
  8. A nadie se manda socorrer a los demás con lo necesario para sus usos personales o de los suyos; ni siquiera a dar a otro lo que él mismo necesita para conservar lo que convenga a la persona, a su decoro […]. Pero cuando se ha atendido suficientemente a la necesidad y al decoro, es un deber socorrer a los indigentes con lo que sobra. «Lo que sobra, dadlo de limosna». No son éstos, sin embargo, deberes de justicia, salvo en los casos de necesidad extrema, sino de caridad cristiana, la cual, ciertamente, no hay derecho de exigirla por la ley. ↩︎
  9. Los gremios de artesanos reportaron durante mucho tiempo grandes beneficios a nuestros antepasados. En efecto, no sólo trajeron grandes ventajas para los obreros, sino también a las artes mismas un desarrollo y esplendor atestiguado por numerosos monumentos. Es preciso que los gremios se adapten a las condiciones actuales de edad más culta, con costumbres nuevas y con más exigencias de vida cotidiana. Es grato encontrarse con que constantemente se están constituyendo asociaciones de este género, de obreros solamente o mixtas de las dos clases; es de desear que crezcan en número y eficiencia. ↩︎
  10. Existe, no obstante, la opinión, confirmada por múltiples observaciones, de que en la mayor parte de los casos [los sindicatos] están dirigidas por jefes ocultos, los cuales imponen una disciplina no conforme con el nombre cristiano ni con la salud pública; acaparada la totalidad de las fuentes de producción, proceden de tal modo, que hacen pagar con la miseria a cuantos rehúsan asociarse con ellos. En este estado de cosas, los obreros cristianos se ven ante la alternativa o de inscribirse en asociaciones de las que cabe temer peligros para la religión, o constituir entre sí sus propias sociedades, aunando de este modo sus energías para liberarse valientemente de esa injusta e insoportable opresión. ¿Qué duda cabe de que cuantos no quieran exponer a un peligro cierto el supremo bien del hombre habrán de optar sin vacilaciones por esta segunda postura? ↩︎
  11. 1 Corintios 13:3: Si reparto entre los pobres todo lo que poseo, y si entrego mi cuerpo para que lo consuman las llamas, pero no tengo amor, nada gano con eso. ↩︎
  12. San Pablo, en 1 Timoteo 3:14-15 llama a esta La Iglesia del Dios viviente, columna y fundamento de la verdad. Abundan asimismo los ejemplos de menciones a la tradición como fuente de conocimiento y verdad, transmitida por escrito o a viva voz, como 2 Tesalonicenses 2:15, Retened la doctrina que habéis aprendido, sea por palabra o por carta nuestra. ↩︎
  13. Hemos llegado, incluso, a leer a algunos considerar que el desprecio a la semana santa es nada menos que “andalufobia”, obviando que ni ser andaluz te hace cofrade ni ser cofrade te hace andaluz. ↩︎
  14. Ejemplo significativo es el de algunas cofradías religiosas con un origen católico de base que, como la de Jesús Divino Obrero, en León, celebran su festividad el 1º de Mayo, lejos de cualquier mensaje de auténtica solidaridad obrera. ↩︎