«Cuando un chalado manifiesta una opinión o crea una situación que parecen absurdas, y aun así nosotros nos la hemos comido con patatas, no deberíamos comprobar si está en lo cierto, si todo posee una lógica […] sino cómo llegó a tener la apariencia de una verdad»
Francisco Casavella, Los juegos feroces
En los últimos tiempos, han ido creciendo y ganando visibilidad ciertas corrientes políticas “de izquierdas”1 dentro del comunismo. En nuestro entorno, y, para qué mentir, particularmente en redes sociales, es cada vez más habitual encontrarnos largos textos defendiendo las posturas más peregrinas, acompañadas de una nómina de autores casi inmutable desde hace décadas: Bordiga, Pannekoek, Korsch, Andreu Nin… En un ejercicio de academicismo diletante, generación tras generación de eruditos mitómanos nos demuestran que el mecanicismo y el esquematismo siguen vivos y coleando, no solo en la forma de los de por sí vulgares textos de estos autores, sino, especialmente, en la de la alucinación según la cual los que ya no eran pronósticos acertados hace casi un siglo se están repitiendo bajo nuevas condiciones. La nostalgia futurista de los actuales apologetas del “izquierdismo” les hace esperar con ansiedad la comprobación de sus teorías. Se diría que Korsch, como los profetas del Antiguo Testamento, hablaba en pretérito profético, dando por ya ocurridas cosas que, por lo visto, suceden ante los ojos de nuestra generación.
Por si no fuera suficiente con la propagación de sus teorías “recuperadas”- de la papelera de la historia, nos atrevemos a aclarar-, estas se suelen presentar bajo el envoltorio retórico de la épica de la derrota. Las teorías del “izquierdismo” no se han podido cumplir, nos prometen, solo porque sus luminarias fueron silenciadas demasiado pronto, o bien por su asesinato, o bien por el orillamiento al que las sometieron los partidos comunistas “sovietizados”. En su relato, pareciera que un auténtico pavor a la revolución alentaba a los partidos comunistas ortodoxos frente a estos teóricos que solo no triunfaron porque no se les dejó demostrar que tenían razón2.
En un ejercicio de idealismo, la defensa actual del “izquierdismo” pasa por la asunción de que la exposición teórica de las ideas de estos autores es suficiente por sí misma, y no necesita de demostración práctica para evidenciar su exactitud. En un esfuerzo mayor por hundirse en el lodazal del idealismo, sostienen que si estas teorías no han sido llevadas a la práctica, ha sido por la actuación contrarrevolucionaria del comunismo soviético. Ignoran, deliberadamente, que estas corrientes no gozaron de gran predicamento entre el proletariado organizado en su época, y no se preguntan si no tendría que ver con su inviabilidad.
Es palmario el olvido general de las experiencias prácticas del “izquierdismo” durante un siglo, bien en la forma de abortos revolucionarios, bien en la de exitosas disoluciones y disgregaciones de los partidos comunistas y las fuerzas revolucionarias (logro este común de Pannekoek, Korsch, Bordiga o Martins Rodrigues), o, más generalmente, en la del rechazo abierto de las masas revolucionarias. A este olvido ayudan los vistosos casos del martirologio “izquierdista”, que continuamente arrojan sobre las espaldas del comunismo, y que ha encontrado en un resucitado mito de Andreu Nin su nueva-vieja encarnación en nuestro Estado.
Sin embargo, no hay Leyenda Dorada que pueda ocultar las deformaciones históricas del comunismo “de izquierdas”. Estos relatos sobre qué habríamos conseguido si no nos hubieran matado al genio solo introducen ideas erróneas sobre la situación actual y las tareas que corresponden a los revolucionarios.
Para nosotras, el peligro del comunismo “de izquierdas” no radica en la perniciosa épica de la derrota, narrativa masoquista que debemos desterrar de nuestro ideario igualmente, sino en su inoperatividad inherente. No podemos centrar nuestra crítica en una manifestación superficial- pero, eso sí, popular- del actual comunismo “de izquierdas”. En su lugar, queremos demostrar cómo, incluso prescindiendo del relato romántico de sus héroes caídos, e incluso en la eventualidad de una momentánea victoria de estas tendencias, el comunismo “de izquierdas” no puede conducir hacia la construcción del socialismo, pues esta no es una corriente ni correcta ni mucho menos consecuente. Es sobre esta demostración, que, siendo sinceras, no introducimos nosotras por primera vez, sobre la que descansaba también el rechazo generalizado que suscitaron las ideas “izquierdistas” entre las amplias masas durante décadas.
Desviaciones en el análisis de la realidad
Para llegar hasta el fondo del problema con el comunismo “de izquierdas”, no podemos conformarnos con sus diversos programas políticos. En su lugar, debemos partir del análisis que da lugar a estos. Podemos decir, sin temor a equivocarnos, que todas las corrientes del comunismo “de izquierdas” comparten una serie de aspectos en lo que se refiere a su visión del mundo que pesan más que las diferencias que dan lugar a sus diversas familias.
Si bien no puede ser el elemento fundamental de nuestra crítica, no podemos obviar el claro origen de clase de estas tendencias, que se trasluce en sus análisis. El comunismo “de izquierdas” es fruto de la existencia y persistencia de la ideología pequeñoburguesa en el movimiento revolucionario. Ello explica no solo que florezca entre nosotras en la actualidad, sino, igualmente, que siguiese presente a lo interno de muchos partidos incluso después del triunfo de la revolución en sus países. Sin embargo, no podemos conformarnos con señalar este origen de clase, pues es obvio que la clase obrera no es impermeable a estas tendencias, ni lo será solamente por su posición en las relaciones sociales de producción. No podemos reducir la existencia del comunismo “de izquierdas” a la de elementos objetivamente pequeñoburgueses a lo interno de las organizaciones comunistas, convirtiendo la lucha contra el comunismo de izquierdas en una lucha por la depuración de estos individuos. La ideología pequeñoburguesa se engendra de manera continua y se extiende con facilidad, y esto seguirá siendo así incluso después de la revolución y hasta que se haya avanzado suficientemente en la construcción del socialismo. Es común encontrar obreros imbuidos de esta ideología, y sería un error de subjetivismo el considerarlos por ello “pequeñoburgueses” tanto como lo sería de obrerismo el considerar que solo por ser obreros defienden posturas revolucionarias3.
Decimos que el comunismo “de izquierdas” tiene un origen pequeñoburgués porque parte de una visión de la realidad propia de la pequeña burguesía, y, particularmente, de la parte proletarizada de esta. Del proceso de proletarización, que, en esencia, es el de la pérdida de una posición social ventajosa, se adquiere la conciencia de la “disfuncionalidad” del modo de producción capitalista; la noción de que este se encuentra atravesado por una contradicción fundamental que no es otra que la de la creciente concentración del capital en pocas manos frente a la creciente proletarización de la mayoría de la población.
Sin embargo, aunque esta es la tendencia general en el capitalismo, y esta contradicción es claramente señalada como la fundamental por Engels en el Anti-Dühring, no podemos convertir la experiencia particular en una reproducción o un anuncio de la situación general. Es cierto que, a medida que se desarrolla el capitalismo, la tendencia es la de la concentración del capital, por un lado; y la de la desposesión, por otro. Pero nada en esa tendencia nos señala que nos encontremos aquí y ahora, como los “izquierdistas” llevan anunciando cerca de cien años, ante la crisis última y definitiva del capitalismo. Esta noción no casualmente proviene de la experiencia particular de tal o cual capa de la pequeña burguesía o de la fracción más acomodada de la clase obrera que solo ahora ve desaparecer una parte de sus privilegios.
El análisis del “izquierdismo”, así, procede desde la experiencia particular en busca de una explicación general; y, de esta manera, invierte el proceso de análisis, al descartar o amortiguar todo aquello que contradiga la realidad inmediata, en lugar de criticar su propia percepción inmediata a través del estudio de las causas profundas de las cosas. La noción fundamental de que nos encontramos ante la crisis definitiva, terminal, del capitalismo se trata de fundar en la teoría marxista. Pero se procede con esta de manera parcial, dando un peso desmesurado a la Ley de la Tendencia Decreciente de la Tasa de Ganancia (LTDTG en adelante), a la que se convierte en explicación única de todos los fenómenos sociales, frente al análisis general contenido en El Capital, menos mecanicista, en que se habla de la sobreacumulación como causa de las crisis, y de los elementos contrarrestantes que permiten cíclicamente salir de estas.
No pretendemos con esto negar la LTDTG, pues esta opera de una manera evidente como corolario de la contradicción principal del modo de producción capitalista. Sin embargo, la LTDTG, como su propio nombre indica, habla de una tendencia general, un proceso a muy largo plazo; pero no explica la ocurrencia cíclica de las crisis en periodos de tiempo que podemos considerar cortos (de no más de dos décadas en muchos casos); y, por supuesto, pasa por alto el hecho de que aún no ha habido una crisis del capitalismo tal que este necesariamente se haya venido abajo por sí solo, porque en ningún momento han dejado de operar los diversos elementos contrarrestantes de las crisis. El capitalismo, en fin, no va a derrumbarse por sí solo, sin el avance de la lucha de clases y un consiguiente avance del elemento subjetivo; y este no puede tener su origen solo en la mera experiencia de la crisis crónica.
El peligro no está en la LTDTG como tal, sino en dotarla de unas facultades que no le corresponden y que nacen de una célebre tergiversación de esta. La asunción de que la causa de las crisis está directamente en la LTDTG y no en la sobreproducción o el subconsumo conduce a pensar no en el carácter cíclico de las crisis en el capitalismo, sino en su carácter crónico4, que es tanto como decir que o no existen o, desde luego, ya no van a volver a existir periodos de bonanza en el capitalismo. Sin embargo, esta noción no procede de la LTDTG tal como está expresada en El Capital, sino de la errónea lectura que hizo de esta Henryk Grossman, y que fue recogida y defendida por autores como Paul Mattick. El problema de esta lectura es que, en última instancia, presenta la causa de las crisis no en la sobreproducción de mercancías, sino en una forma elaborada de escasez, procediendo, por tanto, de manera inversa a Marx y contra la Ley del Valor que él enunció5.
Al presentar así las cosas, el “izquierdismo” camina por la cuerda floja, y lo hace por varios motivos. En primer lugar, porque esa crisis crónica de la que se habla queda refutada en tanto tal en el momento en que exista una recuperación económica. Ante esta situación, se presenta una complicada disyuntiva: o bien se destierra la idea de la crisis crónica, lo cual conlleva asumir que el programa pasado ya no vale; o bien se niega la salida de la crisis mediante cabriolas. Nos quedan fósiles vivientes de la segunda solución entre aquellos que ya en los años 70 proclamaban la muerte definitiva del capitalismo, y que optaron por ello por seguir el camino de una Guerra Popular Prolongada que, por diversas vías, más bien virtuales que reales, nunca acaba de despegar. Pero, a la vez, observamos en nuestro entorno a los seguidores de la primera opción, que, ante la posibilidad de una salida próxima de la crisis, proclaman que el carácter crónico de la crisis hace referencia a que siempre va a volver a haber crisis. Por desgracia para ellos, Marx nunca expuso la cuestión en estos términos, y se cuidó- con motivos- de declarar como crónica la situación de crisis del capitalismo, optando, más bien, por hablar de crisis cíclicas6.
En segundo lugar, el “izquierdismo” presenta una postura manifiestamente presentista y localista al analizar así las cosas. No ha ejercido una crítica clara y contundente de las anteriores proclamaciones del carácter crónico de las crisis- algunas de las cuales, como ya hemos dicho, fueron realizadas por sus ídolos-, y tan solo alcanzan a explicar por qué aquella otra vez se gastó algo así como la última bala contra las crisis, pero esta vez el tambor está vacío y ahora sí que sí es definitiva la caída del capitalismo. Asimismo, no alcanza a realizar una visión completa del globo, ni de todas las esferas de la economía, y toma como general a todos los sectores y en todas partes la crisis que azota a la parte más acaudalada del planeta. Al ignorar la existencia de los factores contrarrestantes de la crisis, no tienen en cuenta ni que esta no golpea en todos los sectores a la vez y por igual, ni que su alcance global tampoco es idéntico en todas partes. Como los cronistas romanos, en las invasiones bárbaras solo pueden ver lo que ellos pierden y confundirlo con el fin del mundo, ignorando la bonanza que ese “fin” representaba como “comienzo” de otra sociedad.
En tercer lugar, y como derivado de estos otros dos errores, el “izquierdismo” acaba por caer en el idealismo puro en cuanto a las tareas que corresponden al movimiento revolucionario en el presente. Pecan de idealistas al confundir una crisis económica con una crisis general, cuando una no se deriva necesariamente de la otra, como la historia, de manera muy tozuda, se ha encargado de demostrarnos. Y, peor aún, pecan de idealistas al considerar que, dándose ya (y en todo momento) las condiciones objetivas para la revolución, solo es necesario propiciar que se den las condiciones subjetivas. Esta situación de sobreexcitación conduce al “izquierdismo” a caer en un revolucionarismo injustificado que reviste multitud de formas.
La diferencia de grado en cuanto al convencimiento sobre el estado de mayor o menor descomposición del capitalismo no es cualitativa. Como hemos visto, lo fundamental en todas estas corrientes es la noción según la cual el capitalismo se encuentra en descomposición, después de haber llevado hasta el final todo el proceso revolucionario burgués y de haberse desarrollado hasta sus últimas consecuencias.
Sin embargo, dentro del clan extenso del “izquierdismo” podemos certificar la existencia de aquellos que defienden que la crisis económica derivará mecánicamente en una de carácter político; los que creen que esa crisis de carácter político ya está teniendo lugar; e incluso los que creen, o así lo proclaman a los cuatro vientos, que el proletariado ya está listo para romper con todo e iniciar la revolución. Todas ellas, en fin, confluyen en la idea de que todo lo que importa son las condiciones subjetivas, la toma de conciencia, propiamente, de la que derivará una organización revolucionaria y un estallido inminente que ponga en el poder al movimiento revolucionario.
De todo lo analizado hasta ahora podemos extraer una serie de consecuencias programáticas del “izquierdismo”, que, a través de las más variadas formas, converge en unos lugares comunes fundamentales. El enorme peso que se da a la cuestión subjetiva conduce a las más groseras exageraciones en cuanto a las tareas inmediatas y el papel que cada sujeto tiene en el proceso revolucionario.
De la asunción de que en todo momento se dan las condiciones objetivas para el desencadenamiento de la revolución y del carácter completo ya de la revolución burguesa se colige que solo existe una “clase” revolucionaria, la de aquellos que se oponen a la clase capitalista, propietaria de los medios de producción.
Es conveniente, en este punto, ser totalmente certeros al definir a este grupo. Si el comunismo, en puridad, considera que la única clase consecuentemente revolucionaria es el proletariado, y lo es por su posición en el proceso productivo; el “izquierdismo”, en tanto que hace girar todo el proceso revolucionario sobre las condiciones subjetivas, cae en enormes contradicciones al hablar de la cuestión. La oposición a la clase burguesa tiene un carácter subjetivo, es una cuestión de conciencia, y, por tanto, todos aquellos que se oponen a ella forman parte del grupo de los revolucionarios, pasando, por tanto, a ser- o tener carácter de- proletarios7. La aparente identidad, solo superficial, entre la postura comunista y la “izquierdista” depende de que no se desarrolle mucho la cuestión. Pero, si observamos con detenimiento, veremos que las dos posturas no solo difieren, sino que llegan a ser contradictorias.
El comunismo no plantea que el proletariado, solo por su posición en el proceso productivo, ya es revolucionario per se. Nada más plantea que el proletariado es la única clase consecuentemente revolucionaria8, revolucionaria hasta el final; la única, en fin, en que puede descansar la dirección del proceso revolucionario para llevarse a término, y la única que puede reiniciar la producción sobre nuevas bases. Esto no niega que existan elementos entre las otras clases que subjetivamente puedan ser revolucionarios, o que lo sean en momentos determinados. Pero sí limita el carácter revolucionario a una sola clase.
Para que el proletariado cumpla con su papel revolucionario, claro, deben confluir las condiciones objetivas y las subjetivas- pero estas no están dadas en todo momento, ni se dan de una vez y para siempre. Las condiciones objetivas no son solamente el desarrollo de las fuerzas productivas, como muchas veces se pretende; ni, por tanto, cada vez que fracasa una revolución es simplemente porque estas no se habían desarrollado suficientemente. Pero, por eso mismo, tampoco es justo considerar que las condiciones objetivas para la revolución están dadas en todo momento, pues, para que esto ocurra no basta con la crisis económica, sino que es necesaria la imposibilidad para las clases dominantes de mantener su dominio de forma “inmutable”9 (lo que podríamos llamar una crisis política, propiamente).
Si, como hemos visto, las corrientes “de izquierdas” consideran que estas condiciones objetivas están ya dadas, la cuestión de la revolución se reduce a la dimensión subjetiva, la única a la que se debe atender. Vemos, por tanto, cómo de un error de análisis se deriva también uno en cuanto a la estrategia y la táctica, los objetivos y las tareas inmediatas de los revolucionarios. El hecho de negarse a reconocer que no en todo momento estamos ante una crisis política- y no digamos ya ante una económica- conduce a apostarlo todo a la revolucionarización y la organización del golpe maestro en el momento presente.
De estos errores de análisis se derivan, pues, unas tareas políticas y organizativas que veremos en próximos artículos.
- Siguiendo la estela de Lenin y Stalin, preferimos entrecomillar la idea de su carácter “de izquierdas” por ser esta noción más bien nominal que real ↩︎
- No podemos obviar que esta “épica de la derrota” se acompaña también de cierto revisionismo histórico, que hereda de las corrientes izquierdistas de hace un siglo no solo su programa, sino su propaganda anticomunista y conspiranoica, pero no muestra interés en hacer una verdadera autocrítica de los “programas revolucionarios” de sus mártires, criticados ya en vida de estos. ↩︎
- Nos curamos en salud haciendo esta necesaria aclaración porque también es habitual en los defensores del comunismo “de izquierdas” el recordarnos los orígenes miserables de tal o cual héroe. ↩︎
- No debemos tergiversar el sentido de la palabra crónico. Tan erróneo es pretender que las crisis duran cuarenta años como decir que son crónicas porque se repiten de manera cíclica. Bajo este argumento, se disfrazan muchas veces correcciones de excesos pasados. Quien primero habló de una crisis crónica como aquella de la que ya no se puede salir, confrontado con el hecho de que esta no era tal, comienza a defender que, con crónico se refiere a esta segunda “acepción”. ↩︎
- A este respecto, recomendamos leer el análisis de Andrew Kliman sobre la teoría de Grossman. ↩︎
- Para probarlo, no solo contamos con su obra cumbre, El Capital, que, al desgranar la economía política capitalista, se extiende largo y tendido sobre este tema; sino que contamos con amplia correspondencia entre Marx, Engels y varios contemporáneos a lo largo de las varias crisis económicas que azotaron el mundo capitalista durante sus vidas. A pesar de esta amplia experiencia “práctica”, Marx no quiso cambiar una coma de sus análisis ni proclamó que ninguna de aquellas crisis fuera crónica ni definitiva. ↩︎
- Huelga decir que esta postura es en sí misma idealista, en tanto hace prevalecer la conciencia sobre el ser social, al contrario de lo que plantea el marxismo. ↩︎
- En torno a la cuestión de la estrategia y la táctica de los comunistas rusos, Stalin (1923); Los fundamentos del Leninismo, Stalin (1924). ↩︎
- La Bancarrota de la II Internacional, Lenin (1916). ↩︎