Sobre el comunismo «de izquierdas» II: El proletariado contra las masas
«¿Quién osará ser amigo
del enemigo de sí?»
Jorge Manrique
El peso exacerbado que, como hemos visto, las tendencias “de izquierdas” dan a la cuestión subjetiva, la organización y la toma de conciencia lleva a diluir el carácter revolucionario mismo de unas u otras clases y capas. Si todo se apuesta a la toma de conciencia, si ya solo importan las condiciones subjetivas, todo aquel que tome conciencia de la situación prerrevolucionaria del lado de la clase ascendente pasa a formar parte de la misma clase ascendente. La “proletarización” se completa, así, mediante el carácter revolucionario de los elementos pequeñoburgueses, que se vuelven “proletarios” por su conciencia revolucionaria, incluso más que por su posición en las relaciones sociales de producción. Desposeídos o no, sobre todo importa que se finjan como tales y proclamen que aspiran a la revolución.
La dilución de los conceptos no se agota en esta cuestión. A la confusión con el concepto de proletariado viene a sumarse la que se asocia con el concepto de revolucionario. El “izquierdismo”, que, por puro esquematismo esencialista, asocia “proletario” y “revolucionario”, entiende esta identidad en los dos sentidos, haciendo que todo lo que reconoce como no proletario no pueda ser ni asociarse a las fuerzas revolucionarias ni en el momento presente ni en los venideros. El “izquierdismo” tan pronto nos dice que los estudiantes, en tanto que desposeídos, son ya todos proletarios y parte del “sujeto revolucionario” como nos asegura que no existe un solo elemento de la que consideran pequeña burguesía que pueda alinear sus intereses con los del proletariado. Esto aísla al proletariado- convenientemente junto con los estudiantes- del resto de elementos de la sociedad, negando, en la práctica, cualquier política de alianzas.
Huelga decir que un estudio atento de la obra de Marx, Engels, Lenin y Stalin y de la experiencia práctica revolucionaria de cuantos países han luchado por el socialismo refuta por completo esta suposición. Empezaremos señalando cómo Engels, en el prólogo a La lucha de clases en Francia, ya nos señala que ninguna revolución venidera será obra de una sola clase, sino de las amplias masas. Esta distinción es importantísima, pues sitúa en su lugar exacto al proletariado. Este, como ya había supuesto Engels, actuó en la revolución rusa no como único elemento revolucionario, sino como jefe de la revolución1, que encabezaba, pero en la que no participaba en solitario. Otros tantos elementos de la sociedad actual, inmersa en el capitalismo, están interesados en el fin de este modo de producción, a pesar de no formar parte del proletariado. La sobresimplificación “izquierdista” de la estructura de clases en las sociedades capitalistas pasa por alto que la pequeña burguesía es una capa de transición y que se encuentra enfrentada abiertamente no solo al proletariado sino al gran capital. De la misma forma, ya Lenin, al hablar de la formación del capitalismo en Rusia, señaló claramente el proceso de diferenciación del campesinado, que conducía al desarrollo capitalista de algunos elementos de esta clase y al creciente empobrecimiento de otra enorme porción de esta. Podemos decir, con justicia, que estos elementos, así como otros, por su situación en relación con el modo de producción capitalista como un todo, están interesados en el final del capitalismo. El interés de los estudiantes en la revolución no se mide por su origen de clase solamente, pues la organización del modelo educativo responde a los intereses del capital independientemente de la extracción de cualquiera de los alumnos que se insertan en él, perjudicando los intereses de los estudiantes en tanto tales, sean estos hijos del proletariado o de la pequeña burguesía. El interés de los pequeñoburgueses en la revolución no se mide por su oposición al proletariado, sino por la posibilidad- real- de subsistir con su pequeña propiedad frente al aplastante poder de la competencia y del crédito una vez que estos se hayan eliminado, hasta su inserción en el sector socialista de la producción2.
Por si no fuera suficiente con lo ya dicho, no podemos olvidar ni la previsión de Marx y Engels, reflejada en su Crítica al Programa de Gotha, ni la expresada por Lenin y reflejada por el propio desarrollo de la Unión Soviética, acerca de lo sencillo que es aplastar de un solo golpe, en el momento oportuno, a todo el gran capital, frente a la enorme dificultad que supone la lucha contra la pequeña burguesía, que no se puede resolver por decreto, y a la que se debe conducir a la integración en la cooperación de forma voluntaria. De todo ello se colige que una parte más o menos significativa de estas clases de transición y capas intelectuales tienen un carácter y un potencial revolucionarios en el presente que no se deben desdeñar; y que lo fundamental, por tanto, no es la renuncia a aliarse con ellos, sino la capacidad de erigirse el proletariado como la fuerza dirigente de la revolución. Esta posibilidad está encarnada en el hecho de que el programa de su emancipación tiene la capacidad, y debe desarrollarla, de englobar la emancipación de estas mismas capas de transición, introduciéndolas paulatinamente y de forma voluntaria en su seno en una lucha prolongada contra el capital en general. El proletariado no es la última clase de la historia solo porque sea la única consecuentemente revolucionaria, ni solo por ser la clase de los productores; sino porque, en el proceso mismo de construcción del socialismo, integra a la fracción productiva de las otras capas de transición en su seno, las proletariza.
Como vemos, sin embargo, el “izquierdismo” se niega a reconocer ningún potencial revolucionario en cualquier otro elemento que no sea el “proletariado”- entendido este desde su perspectiva. Esto supone que el proletariado solo puede contar con sus propias fuerzas para llevar hasta el final la revolución socialista, sin aliarse con nadie más y sin arrastrar tras de sí a las amplias masas, que son más grandes que él mismo. En esta situación, el proletariado es un enemigo abierto de todo el campesinado, de toda la pequeña burguesía y de toda la intelectualidad. Y si esto conlleva el aislamiento del proletariado en el plano nacional, la situación en la esfera internacional no es mucho mejor.
De la negación de la política de alianzas en general sobre la que descansa el “izquierdismo” se extrae también la negación de compromisos o retrocesos en la lucha mundial por el socialismo. El proletariado no puede llegar a acuerdos ni puede aliarse con quien en todas circunstancias es su enemigo.
Por esta vía, primero hemos observado la perversión del concepto de independencia de clase, entendida no como capacidad de dirección sobre el resto de elementos sino como aislamiento con respecto a ellos; y ahora observamos la degradación asimismo de la idea del internacionalismo proletario. Este concepto se equipara exclusivamente con la solidaridad entre los proletarios de todo el mundo, sin más ni más. El hecho de reconocer que no existe un solo aliado potencial del proletariado en su lucha contra el capital conduce a negar la posibilidad de que una lucha de liberación nacional pueda por sí sola tener un contenido revolucionario, ni contribuir al debilitamiento y aislamiento progresivo del capital internacional. El proletariado, desde la perspectiva del “izquierdismo” solo puede contar con sus propias fuerzas en todo el mundo para su lucha general contra el capital, y, por tanto, no puede ni apoyar ni apoyarse en las luchas nacionales de los pueblos oprimidos para avanzar en su propia lucha3.
No bastando con esto, ya hemos visto que, incluso en el interior de cada Estado, el proletariado está completamente solo en la lucha por el socialismo, enfrentado en lucha abierta con el campesinado y la totalidad de la pequeña burguesía. Esto supone que la lucha por la construcción del socialismo no descansa sobre el desarrollo de la cooperación y la superación dialéctica de la contradicción entre el campo y la ciudad. En su lugar, los “izquierdistas” hacen descansar el triunfo del socialismo en el sometimiento del campesinado y el aplastamiento del campo por la ciudad. Esto, evidentemente, crea una situación de tensión incontrolable y de rebelión abierta en el campo; y esta rebelión solo se puede suplir mediante la ampliación del campo de batalla, mediante la perversión del internacionalismo proletario y de la noción de que la revolución proletaria debe tener un alcance internacional.
Si todas las demás clases y capas son enemigos abiertos del proletariado, y si este solo puede contar con sus propias fuerzas, dispersas por todos los Estados, para llevar adelante la revolución, la extensión internacional de esta se convierte en una necesidad inaplazable. Se llega así a la defensa de una supuesta revolución permanente, entendida esta como una guerra abierta permanente; una lucha encarnizada y sin fin entre los proletarios de cada país y las demás fuerzas sociales, independientemente del estado general de la correlación de fuerzas; y sin atención a la posibilidad de comenzar a construir el socialismo en un solo país4, posibilidad esta que se niega abiertamente.
Esta concepción de la revolución permanente es una consecuencia necesaria del hecho de que el proletariado no puede sacar sus fuerzas de otra clase o capa que no sea ella misma para continuar la construcción del socialismo; de la negación del principio de la cooperación como base para la construcción del socialismo; de la lectura obtusa del marxismo que niega la dialéctica y la sustituye por un mecanicismo esencialista en el que la subjetividad revolucionaria lo es a la vez todo y nada. Sin embargo, como la experiencia misma nos dicta, no hay una sola guerra que se pueda ganar sin compromisos, ni un ejército tan poderoso que no necesite jamás retroceder y reponerse para continuar su esfuerzo. Ni mucho menos lo será el ejército del proletariado revolucionario, salvo en la cabeza de algunos profetas de la necesidad histórica, cuando este no es ni en el más avanzado de los países capitalistas la fuerza más numerosa socialmente.
Esta noción de la revolución permanente, en fin, niega el carácter revolucionario de la construcción misma del socialismo, reduciendo la revolución a sus aspectos negativos, destructivos. Aunque tácitamente, esta idea descansa sobre una falta de confianza real en el proletariado, una falta de confianza en su capacidad para dirigir al resto de clases, para imponerse como dirigente, para integrar a otras fuerzas en la lucha contra el gran capital y contra la explotación. La lucha hasta la extenuación del proletariado solo conduce a aplazar el problema más complicado con el que se enfrentan quienes aspiran a construir el socialismo, que es el de la construcción de la sociedad nueva sobre las ruinas de la antigua. Este aplazamiento, además, no es sine die, sino que tiene una fecha fatal: la del exterminio de la humanidad, agotadas las fuerzas revolucionarias en esfuerzos sin objetivo. Liquidado cada esfuerzo revolucionario en la lucha ciega por internacionalizarse inmediatamente, solo se consigue dejar al proletariado, por generaciones, desorganizado y a merced de una clase que, hoy no nos cabe ya duda, no parará hasta destruir los recursos del planeta.
- Se puede ver, a este respecto, el debate entre bolcheviques y mencheviques que relata Stalin en El Congreso de Londres del POSDR, de 1907. De la misma manera, la cuestión de agrupar al resto de clases en torno al proletariado como jefe de la revolución es una consigna común durante la Revolución de 1917. A este papel se vuelve a hacer alusión en Fundamentos del Leninismo (1924). ↩︎
- En lo tocante a la cuestión de la paulatina inserción de los pequeños propietarios en la producción socialista, conviene leer Sobre la cooperación (1923), de Lenin, en que se incide sobre cómo el control proletario de la gran producción sienta sobre nuevas bases el principio de cooperación y favorece la absorción de los pequeños productores. A este respecto, afirma el revolucionario ruso: «En efecto, el poder del Estado sobre todos los grandes medios de producción, este poder en manos del proletariado, la alianza de este proletariado con millones y millones de pequeños y muy pequeños campesinos, la garantía de que la dirección del campesinado la ejerce el proletariado, etc., ¿no es eso todo lo necesario para construir la sociedad socialista completa partiendo de las cooperativas, sólo de las cooperativas, que antes ridiculizábamos por mercantilistas y que ahora, bajo la NEP, merecen también en cierto modo el mismo trato? ¿No es eso todo lo necesario para construir la sociedad socialista completa? No es todavía la construcción de la sociedad socialista, pero sí todo lo necesario y suficiente para ello«. ↩︎
- En torno a esta cuestión, no hace tanto leíamos cómo la lucha del pueblo palestino no debía, bajo ningún concepto, desembocar en la creación de un Estado propio, ya que en este solo se consigue observar un avance de la política burguesa. Frente a esto, debemos descartar igualmente que toda lucha de liberación nacional sea por sí sola suficiente para considerarse favorable a los intereses del proletariado, cayendo en el extremo contrario. «La cuestión de los derechos de las naciones no es una cuestión aislada, independiente, sino una parte de la cuestión general de la revolución proletaria, una parte supeditada al todo y debe ser enfocada desde el punto de vista del todo» (Stalin, Fundamentos del Leninismo, 1924). Lo que cabe preguntarse es: ¿Acaso hoy no hay una sola lucha nacional que debilite el poder del imperialismo y favorezca la lucha del proletariado? ↩︎
- Cuando hablamos de comenzar a construir el socialismo en un solo país, no hacemos referencia a la posibilidad de construirlo de forma completa dentro de sus fronteras. Señalamos que es posible sentar las bases del socialismo en un país; establecer en este los elementos fundamentales de su desarrollo. Esta posibilidad no supone negar la necesidad de la revolución mundial, sino solo reconocer que este proceso consta de avances, retrocesos y compromisos. Renunciar a construir un Estado proletario supone renunciar a asentar las conquistas revolucionarias y replegarse para organizar un ataque más efectivo en un contexto más favorable. ↩︎