La inteligencia artificial (IA) es, sin duda, una de las fuerzas productivas más revolucionarias del siglo XXI, que promete cambiar el paradigma de la forma con la que nos relacionamos con nuestro entorno de forma transversal, ya sea en el trabajo, en nuestras relaciones personales o incluso en la forma en la que aprendemos. Una de las dudas y debates que aparecen de forma recurrente con la IA no es tanto acerca de las cosas que no puede hacer sino de las que sí puede, y del trabajo más tedioso o incluso creativo. Aquí entra en la discusión, por supuesto, dentro del ámbito marxista, si el propio desarrollo tecnológico con una herramienta que es capaz de aumentar enormemente nuestra productividad, y, por lo tanto, reducir las horas de trabajo necesarias, es en sí una forma de alcanzar el socialismo.
Desde una perspectiva marxista, el desarrollo de las fuerzas productivas tiene un papel fundamental en la historia y en cómo esta se modifica y se moldea. El desarrollo tan grande que estamos observando en los últimos dos o tres años con respecto a la automatización de tareas nos puede llegar a hacer pensar que las relaciones sociales de producción deben adaptarse a dichas fuerzas productivas para lograr la máxima del socialismo descrita en el párrafo anterior.
Sin embargo, no parece que exista una relación acción-reacción tan directa, y que el propio desarrollo de la IA nos lleve per se al socialismo; ya Marx y Engels, de hecho, hablaban sobre las máquinas desarrolladas en su época y abrazaban el progreso tecnológico y el desarrollo de las fuerzas productivas, en contraste con otras tendencias espontáneas del movimiento obrero que, como el ludismo, optaban por destrozar las máquinas al ver en ellas un competidor..
El debate está en que, bajo el capitalismo, las innovaciones tecnológicas suelen traducirse en desempleo, precariedad y mayor acumulación en manos de una élite. La IA, lejos de liberar, podría servir para intensificar la explotación, vigilar a los trabajadores y perpetuar la desigualdad si no se transforma al mismo tiempo la estructura social que la encuadra.
Como decíamos, para Marx y Engels, las fuerzas productivas, en las que incluiremos tanto los medios de producción como el conocimiento científico-técnico necesario, determinan el proceso histórico. Sin embargo, estas no son neutras, y tienen una relación estrecha con las relaciones sociales de producción, es decir, tienen un impacto en la enseñanza necesaria para poder desarrollarlas o utilizarlas, en la distribución de la producción, la forma en que la sociedad organiza el trabajo, etc. De forma más detallada en El Capital pero también discutido en El manifiesto comunista, el capitalista, con el afán de reducir los costes de producción o aumentar la propia productividad y tener así unas ganancias extraordinarias, necesita desarrollar las fuerzas productivas antes que sus competidores en el mercado, pero esto suele traducirse es en una mayor explotación, al intensificarse las tareas necesarias, reducción de empleo, etc. Al final, como decía Marx, la clase trabajadora se convierte en un apéndice de la máquina.
Por eso mismo, para el marxismo clásico, el desarrollo tecnológico es una condición necesaria pero no suficiente para la emancipación de la clase trabajadora. El potencial liberador de las máquinas solo puede tener consecuencias positivas en el momento en el que las relaciones sociales de producción cambian. En otras palabras, no basta con que existan máquinas o IA capaces de hacer nuestro trabajo o tareas; lo decisivo, lo que realmente es relevante, es quién las controla, con qué fin y bajo qué sistema económico.
En este sentido, los avances tecnológicos como la IA podrían acelerar las contradicciones del capitalismo, quizás, al mostrar que una vida con menos trabajo es técnicamente posible, pero socialmente bloqueada por las lógicas de acumulación, competitividad y propiedad privada.
La IA representa una novedad dentro del desarrollo de las fuerzas productivas, porque no sólo automatiza tareas físicas (como ya lo hacía la maquinaria del siglo XIX), sino también tareas cognitivas, creativas y de gestión de información.
Lejos del debate estéril acerca de si la IA puede o no puede hacer cuestiones creativas, lo que realmente es importante es que, bajo un mapa de información y conocimiento desarrollado por el ser humano a lo largo de su historia, conecta o rellena partes vacías. Puntos que quizás tardaríamos un siglo en conectar, con nuestro trabajo sobre la IA podemos hacerlo en un par de días; esto va desde asistentes virtuales hasta sistemas que generan código, analizan grandes volúmenes de datos o escriben textos complejos. La IA está transformando sectores enteros de la economía en tiempo récord.
Esto, a su vez, tiene varias implicaciones desde una perspectiva marxista. En primer lugar, la IA permite aumentar enormemente la productividad del trabajo. Lo que antes requería varias horas humanas puede ahora hacerse en minutos. Esto, en teoría, abre la posibilidad de reducir la jornada laboral, repartir el empleo y liberar tiempo para actividades no mercantilizadas: el arte, el ocio, el cuidado, la participación política, la contemplación de la vida por el simple disfrute de la contemplación… En pocas palabras: trabajar menos para vivir más.
Sin embargo, bajo el capitalismo actual, este potencial emancipador no se realiza. La automatización con IA suele ir acompañada de despidos o incluso mayor vigilancia digital. Altos sueldos para quienes controlan la tecnología, precariedad para quienes quedan fuera, no es la máquina en sí la que libera o esclaviza, sino las relaciones sociales de producción en el que se inserta. Además, la IA no es gratuita ni neutral. Su desarrollo requiere enormes infraestructuras, gran cantidad de energía y agua para refrigerar los servidores, y mano de obra para supervisar sistemas. Todo esto está controlado por grandes corporaciones tecnológicas, lo que refuerza la concentración del poder económico y el dominio de una minoría sobre los medios de producción más avanzados del presente. Todos la usamos, ¿pero a quién pertenece?
Por tanto, si bien la IA puede acercarnos al socialismo al mostrar que es técnicamente posible trabajar menos sin reducir el nivel de vida, eso solo será viable si cambia la lógica de fondo que organiza el trabajo y la producción. Si no se socializan los beneficios del progreso tecnológico, la IA será simplemente una herramienta más para intensificar la explotación y aumentar la desigualdad.
El corazón del debate no está en las capacidades técnicas de la inteligencia artificial, sino en quién la controla, para qué fines, y bajo qué reglas. Bajo el capitalismo, el desarrollo tecnológico responde exclusivamente a la lógica del beneficio. No se introduce para liberar tiempo, sino para reducir costes salariales, aumentar el control sobre la fuerza de trabajo o abrir nuevos mercados.
Ejemplo claro: las grandes plataformas digitales extraen nuestros datos, los procesan con IA y los convierten en mercancía. Así se consolida lo que autores como Shoshana Zuboff llaman el capitalismo de vigilancia, donde la IA no solo trabaja para nosotros, sino que también nos observa, predice y moldea. Este nuevo escenario no sustituye la explotación clásica, sino que la amplía. Los algoritmos organizan el trabajo, evalúan el rendimiento, incluso determinan quién merece o no un empleo. Y mientras tanto, el poder económico se concentra cada vez más en manos de unas pocas empresas.
No obstante, esta contradicción también abre potencialidades políticas. La IA pone en evidencia que la jornada laboral puede reducirse drásticamente manteniendo o incluso aumentando la producción. Si esto no se hace realidad, es por decisiones políticas, no por limitaciones técnicas. Esto desafía la idea de que el trabajo asalariado es un destino natural o inevitable, y nos invita a imaginar otras formas de vivir, producir y relacionarse.
El despilfarro de recursos naturales o el uso irresponsable de los mismos que habitualmente se asocia sin matizaciones a la IA (como el hecho de que una actividad puramente especulativa como la minería de Bitcoin consuma más energía que toda Argentina) no es sino una muestra más del carácter irracional de la acumulación capitalista, que, en su persecución ciega por la rentabilidad, somete no sólo a la clase trabajadora sino también al planeta.
En este sentido, no sólo conseguiremos un metabolismo social más armónico con los límites biofísicos de la Tierra mediante la superación del capitalismo, sino que la IA puede ayudar enormemente a la planificación responsable de los recursos naturales y de la energía gracias a una optimización que busque el bienestar general y no la simple ganancia capitalista.
La inteligencia artificial, como toda gran revolución tecnológica, amplía el horizonte de lo posible. Hoy más que nunca podemos pensar en un mundo donde trabajemos menos, vivamos más, y la tecnología esté al servicio del bienestar colectivo. Desde una mirada marxista, esto no es una utopía ingenua, sino una posibilidad real que depende de la organización política y la lucha social. Pero para que eso ocurra, no basta con tener IA. Hay que transformar las condiciones sociales y económicas que definen su desarrollo y su uso. La pregunta clave no es solo qué puede hacer la inteligencia artificial, sino quién decide qué debe hacer. Y ahí es donde empieza la verdadera disputa.