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Revista Antorcha

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La táctica comunista no renuncia a ciertas reformas

El papel de las comunistas en la lucha por reformas

En la situación actual, donde la ideología socialdemócrata domina y resulta difícil imaginar o fantasear con un sistema alternativo, la lucha por las reformas se ha convertido en el mantra de un país como España, gobernado por la socialdemocracia en su plenitud. Debatir acerca del papel que desempeñan los comunistas en esta lucha por las reformas sigue siendo necesario incluso hoy en día, ya que es uno de los ejes que determina el día a día de cualquier organización o persona con una perspectiva revolucionaria, cuyo objetivo es enterrar el capitalismo y desarrollar nuevos modos de producción que no se basen en la explotación humana ni en la destrucción irracional del planeta en el que vivimos, y que sirvan de tumba para cualquier eje de opresión. Si este es el objetivo de un comunista, la pregunta sobre qué hacer en el día a día se convierte en una de las más fundamentales, pero también más complicadas de resolver. Es aquí donde entran en juego las reformas y su debate.

Debemos entender las reformas como cualquier modificación que se desarrolla dentro de un sistema determinado, la acción concreta que repercute sobre las condiciones materiales de la vida de las personas, y que desde una perspectiva, digamos progresista, suele estar encaminada a mejoras en las condiciones de vida de la clase trabajadora, como pueden ser las laborales, con reducciones de jornada que permitan más tiempo de desarrollo vital fuera del trabajo, o como aquellas que actúan sobre la violencia sistemática hacia las mujeres. En otras palabras, las migajas que el sistema nos permite obtener para que no desfallezcamos en nuestra única tarea: la producción de beneficios. Es fácil ver entonces que existe una tensión inherente dentro de un comunista entre el objetivo revolucionario y la táctica (el qué hacer en el día a día) que le permita lograr dichos objetivos. Y es bajo este manto de lucha por las reformas donde se esconde además el oportunismo y la ideología socialdemócrata inherente al movimiento comunista como intentaremos explicar.

Este debate es tan antiguo que ocupaba mucho trabajo de análisis de grandes revolucionarios como Clara Zetkin, Lenin o Rosa Luxemburgo, entre otros. Las ideas fundamentales que se contraponían eran, por un lado, la toma del poder mediante la acumulación de reformas que sirvieran como una especie de luz guía sobre la clase trabajadora para que se decantaran por el socialismo, casi de manera esporádica, como medio de vida (lo que se entendía como la vía reformista), y por otro lado, la lucha por las reformas como herramienta, como preparación y calentamiento del sentir revolucionario de las personas que luchaban por esas reformas, teniendo así experiencias organizativas y de conquista (lo que se entendía como la vía revolucionaria). De alguna forma, esto percutía en el imaginario de la clase trabajadora y le permitía tener conciencia de su papel como clase en el mundo, y de la tensión que hemos comentado entre revolución y migajas.

Pero esta diferenciación tiene muchos matices, y es ahí donde se encuentran los elementos más interesantes para un revolucionario. Mientras que para los primeros la clave radica en el propio movimiento, sin importar el objetivo, es decir, el hacer por hacer, para los segundos la clave no está en qué tipo de reformas se logran, sino en la organización de la clase obrera para su consecución. Entender esas migajas como “excusas” para la elevación de la conciencia de clase que permita, de una vez por todas, la emancipación y libertad de dicha clase. Es en esa experiencia de detener un desahucio donde nos vemos reflejados en nuestra clase y se nos abre la posibilidad de dilucidar que no queremos las migajas únicamente, que no queremos detener ese desahucio únicamente, que lo que queremos, porque lo necesitamos, es un acceso universal a la vivienda alejada de toda especulación. Es ahí donde reluce el papel de los comunistas, y es ahí donde se diferencian de los reformistas, que piensan que poniendo parches legales conseguirán un apoyo puntual de la clase trabajadora.

Sin embargo, la cuestión no es tan sencilla, y cabe preguntarse de manera crítica si realmente parando un desahucio (volviendo al ejemplo anterior) se adquiere una determinada conciencia revolucionaria. Y sin quererlo, volvemos una y otra vez a la misma dicotomía de la que partíamos, para darnos cuenta de que la clave no es la acción en sí (parar un desahucio en este ejemplo) sino el cómo y el para qué, porque al final, el movimiento en sí no es nada, y el objetivo lo es todo. Sin embargo, cualquier reformista puede reprochar entonces que lo que se está proponiendo realmente es no hacer nada y únicamente esperar a que la revolución aparezca como por arte de magia ante nosotros.

La idea que estos reformistas contraponen y que es fácil de desenmascarar es la de que cualquier posición contraria a la de “mejorar la vida de las personas” tiene como fundamento, o bien el inmovilismo, o bien que cuanto peor, mejor. Es decir, que los que apostamos por una vía revolucionaria pensamos que es más fácil la toma del poder cuanto más difícil o jodida se pone la vida, como si pensáramos que un mundo en el que las personas son perseguidas por su condición de género, clase o raza sirviera de escarmiento y permitiera una reacción hacia la revolución. Esta posición, que se repite como mantra por la trupe de oportunistas, es la que hay que combatir enérgicamente. No hace falta haber sido ministra de trabajo o responsable de ninguna agenda 2030 para entender que, desde unas condiciones de vida más sanas, la clase trabajadora puede tener una mayor capacidad de concienciarse de su posición y diferenciar entre lo que son migajas y lo que es necesario.

De esta manera, tanto las luchas que se dan en asambleas, como en los sindicatos o en las propias instituciones, son susceptibles de ser revolucionarias, siempre y cuando sean una herramienta de autoorganización de la misma clase. En el momento en que no lo son, como por ejemplo, la última reforma laboral, que no surge de dicha autoorganización y que “cae del cielo”, difícilmente podemos hablar de que estas reformas, sin importar lo pequeñas o grandes que sean, sirven realmente para cualquier objetivo revolucionario. No debemos olvidar que uno de los pilares fundamentales por los que la vía reformista se derrumba es la concepción anticlasista que tiene del estado. Si se entiende el estado como un espacio de pugna de posiciones, es fácil concluir que cualquier parche sobre el mismo es una victoria, sin importar qué nos ha llevado a desarrollar dichas reformas o quién las ha peleado.

Ahora bien, lo que cabe preguntarse dentro del movimiento comunista es si esto que acabamos de exponer es realmente cierto o no, es decir, si es posible que estas reformas sirvan para estos objetivos, o qué condiciones tienen que darse para que así sea, o incluso qué reformas son más susceptibles de serlo. No parece descabellado pensar que para poder lograr hacer efectivas estas luchas es necesaria una organización de la propia clase trabajadora que impulse y determine qué luchas quiere llevar a cabo y le imprima ese carácter totalizador. Esto implica de una forma u otra la independencia de nuestra clase, que le permita pensar más allá de los márgenes socialdemócratas que nos rodean en la actualidad, que le permita organizarse mediante unos esquemas alejados lo máximo posible del individualismo o de la ideología burguesa imperante. De otra forma, no sería posible dotar de ese pensamiento revolucionario a las luchas por las reformas, y todo el trabajo que se realiza en los centros de trabajo, en las asambleas de cualquier tipo, etc., quedaría como golpes sueltos al aire. Y esta independencia no significa otra cosa que la organización de clase a través del Partido Comunista. Sin embargo, puede ser tramposo pensar que, por lo tanto, sin un Partido Comunista, las luchas por las reformas no pueden tener un carácter revolucionario, ya que es al contrario, este partido se forma y se fundamenta mediante la constante práctica política, se forma a la vez que se va trabajando en estas luchas parciales, a la vez que se incide en las condiciones laborales de nuestra clase, en la situación insostenible del planeta, etc.

Por tanto, la lucha por las reformas en cualquier ámbito, por muy pequeña que sea, es una tarea revolucionaria si prepara para la lucha política, si esta se da mediante la organización independiente de la clase trabajadora, si desenmascara la hegemonía de los opresores y su ideología en nuestras vidas, y si además de alentar a la trabajadora, le permite concluir que bajo el capitalismo la única salida para su libertad y la del mundo en el que vivimos es el socialismo, que las migajas mitigan, pero no solucionan.