Este pasado domingo, Bad Bunny se alzó con el Grammy a mejor disco del año con su último álbum, DeBÍ TiRAR MáS FOToS. El hito histórico que representa el haber sido la primera vez que un álbum en español se hace con el galardón sirvió para poner de nuevo en el candelero a un artista y una obra que no hemos dejado de oír durante el último año.
El discurso de aceptación del premio, con dardos al ICE de Trump, enlazaba, además, muy bien con un disco al que, desde su lanzamiento, se le ha asociado cierto cariz político progresista, lo cual, por no ser lo que se espera del reggaetón más comercial, ayudó a su difusión. Este carácter aparentemente transgresor del último galardonado con el Grammy invita a analizar ciertas cuestiones que pueden hacer que, la próxima vez que pongamos Lo que le pasó a Hawaii, reflexionemos- o demos la chapa a alguien- sobre el fenómeno de la gentrificación- eso sí, desde una óptica marxista.
Desde hace un tiempo, se escucha entre las vecinas de las ciudades gentrificadas hablar de que la esencia de los barrios se está perdiendo por el turismo descontrolado. Como si todas las calles de cualquier ciudad fueran la misma: el mismo McDonalds, el mismo Starbucks… También a menudo nos encontramos con críticas al turismo en muchos artículos de opinión, se debate acerca de la turistificación y la relación con el problema habitacional en los sindicatos de vivienda e incluso vemos estas críticas en ilustraciones que venden las artistas locales de muchas ciudades. Es un hecho que pasear por el centro de Barcelona o de Cádiz ya no es como antes. Te pierdes entre locales con luces de neón, captadores de sitios “alternativos” te dicen que puedes tomar el vermú por un módico precio y hay que sortear las sombrillas que resguardan a los turistas del sol de agosto en el barrio de la Viña. Todo esto mientras desaparece el olor a suavizante de la ropa tendida en las calles céntricas y ya no se oye a las vecinas sentadas en las puertas de sus casas durante las noches calurosas. Está claro que la especulación de la vivienda ha centralizado el problema.
Sin embargo, nuestro propósito es indagar en la raíz del problema, alejándonos de posturas nostálgicas que claman por el retorno de un barrio dominado por tiendas locales y una pequeña burguesía que ya se fue —y posiblemente no regrese—, y que, además, encubren consignas reaccionarias al volcar con vehemente inquina la responsabilidad sobre los turistas.
El barrio nunca ha sido un elemento fosilizado, siempre ha ido cambiando según los intereses del capital, según las necesidades de acumulación capitalista en cada etapa histórica. Las fuertes modificaciones que ha sufrido la economía española desde los años 70, con el viraje de un modelo productivo industrial hacia el actual basado en el sector servicios y la especulación inmobiliaria, han sido el paraguas para modificaciones urbanísticas a lo largo y ancho del Estado. En este sentido, la organización de las ciudades y el espacio que la clase obrera ocupa en ellas ha ido mutando con el tiempo. ¿En algún momento se ha mantenido la esencia de las ciudades? ¿Acaso la esencia de las mismas no es la tendencia al cambio? Quizá sea poco acertado decir que justo en este preciso momento, y no antes, ni después, se está perdiendo esta esencia.
Para clarificar esta cuestión, veámoslo con varios ejemplos que, lejos de ser un patrón que se repite exactamente igual en todas las ciudades del Estado, nos sirven de faro para alumbrar algunas reflexiones y extraer conclusiones comunes sobre lo que hoy nos ocupa.
Podemos remontarnos al siglo XIX, cuando el modo de producción capitalista ya es hegemónico en Europa, y lo que fueron las rentas feudales ahora son un pago monetario que se hace al propietario de la tierra para poder cubrir una necesidad tan básica como tener un techo. Las viviendas se van construyendo en torno a centros de trabajo, como también las escuelas, los centros de salud…Ya con el tardofranquismo y la adaptación del modelo productivo, se van encadenando leyes, decretos y planes de vivienda -preconstitucionales y no- que impulsan la liberalización del suelo y la construcción de viviendas para poder hacer así de España “un país de propietarios y no de proletarios” como diría el primer ministro de vivienda José Luis Arrese.
Diversos gobiernos sirvieron de acomodo legal para las entidades financieras y las constructoras y, de este modo, se fue configurando ese país de propietarios que, con la llegada de la crisis de 2008, verán su sueño aspiracional de clase alejándose vertiginosamente, aunque sí existan capas medias que tengan acceso al crédito para poder adquirir ciertas propiedades que después sirvan para la especulación, en oposición al proletariado arruinado.
Podemos situar en la segunda década de los dos mil ese momento en el que los fondos de inversión ya no ven en España un lugar en el que invertir para la construcción de viviendas en propiedad, por lo que se lanzaron grandes campañas para promocionar diversas ciudades como destinos turísticos. Podemos destacar el caso de Barcelona, donde el nicho de mercado para el capital empieza a situarse decididamente en el binomio turismo-gentrificación, entendiendo el espacio urbano como fuente inagotable de ingresos.
Para poder lucrarse al máximo del espacio urbano, la colaboración público-privada en este contexto también es elemental. En este sentido, la conversión de ciudades en destinos turísticos implica negar la pobreza y los conflictos sociales por parte de las instituciones no solo mediante la creación de una imagen de ciudad idealizada que esconda los conflictos de clase, sino también con el desplazamiento físico y premeditado de aquellos habitantes considerados un estorbo para la acumulación de capital.
La relación entre turismo y gentrificación o, mejor dicho, el análisis del turismo como proceso gentrificador es cristalina si nos centramos en las dos esferas principales de la vida cotidiana: la vivienda y el barrio. En este sentido, la expulsión de las capas más pauperizadas mediante el derribo de infraviviendas y la posterior construcción de apartamentos inaccesibles para el proletariado o la promoción de hoteles en la zona y apartamentos turísticos es el abc de la gentrificación y pone de relieve el sufrimiento de la clase obrera a la que tanto las instituciones burguesas como empresas le niegan el derecho de hacer uso de un espacio.
Es común personificar las penurias de la vivienda en los sectores empobrecidos de nuestra clase al mismo tiempo que resulta sencillo señalar al turista -que deambula por el centro con una cámara al cuello- como la causa del problema. Sobre su cuello no sólo cuelga una cámara, sino el peso de la responsabilidad de la expulsión de nuestras vecinas -pensarán muchos- y de nosotros mismos.
Sin embargo, el turista -que también puede ser de clase obrera- no es el causante de que los circuitos de consumo barriales estén dirigidos hacia ellos e incluso se presenten prohibitivos para la clase obrera en su cotidianidad. Tampoco es el causante de que los cuerpos represivos del Estado te desahucien de tu casa porque un fondo buitre compró el bloque. A fin de cuentas, no es el responsable de que permanecer en el barrio se haya convertido en un acto de resistencia.
El binomio turismo-gentrificación es la punta del iceberg, pero esconde una realidad multifactorial marcada por varias tendencias. De manera intencionada, pequeños propietarios -ante la pérdida de ganancias en sus negocios tradicionales- deciden dar un giro de 180º a su empresa y reorientarse hacia el turismo como antídoto para mantenerse a flote y competir en una nueva esfera. Otros claudican ante la proletarización y en su lugar se inaugura un nuevo local de smoothies. Como vemos, el turista es ajeno a esta reorganización urbanística enfocada a maximizar las ganancias. La persona que viaja, en ese momento, es ajena al circuito consumista montado a su alrededor. Puede que sea más o menos consciente de las lógicas de consumo capitalistas y de cómo, también, dentro de ellas -con la gentrificación-, se excluye del consumo a parte de la clase obrera al mismo tiempo que se penaliza la ocupación del espacio público, persiguiendo algo tan mundano como comerse un Kebab o beberse una cerveza en un banco; o se ponen poyetes para que los sin techo no tengan dónde dormir, no sea que hagan fea la ciudad escaparate.
Por lo tanto, lo que nos encontramos en los barrios de nuestras ciudades es la adaptación del capital a nuevos modelos de extracción de plusvalía centrados en el turismo, en el mercado del escaparate, reluciente y bonito, que esconde la expulsión de la clase trabajadora que, paradójicamente, en buena parte trabaja en el mismo sector y cuyas ideas están totalmente alineadas con este modelo. No es ninguna tontería que, de hecho, esto incurra en una mayor estratificación dentro del proletariado, siendo los inmigrantes o aquellas personas con una menor capacidad de entrar en el juego del turismo, las que, cada vez más, vivan en la periferia.
Lo que está claro es que este tema, y no hablamos de la canción de Bad Bunny, se encuentra en boca de todos, y parece que es la cuestión de esta parte del siglo, al menos tanto como para que aparezca en una de las canciones del reguetonero más famoso del mundo. Luchar por el potencial emancipador que tiene el replantear nuestro modelo de ciudad, señalar a los y las especuladoras, a la pequeña burguesía que hace de este modelo su religión, es el elemento sobre el que pivotar la resistencia obrera, la construcción de un bloque contrahegemónico proletario que ocupe los espacios que le corresponden.
Para ello, organización y poder obrero, si no quieres que lo que le pasó a Hawái, le pase también a tu barrio.