Pasada ya la tarde del viernes en el velatorio, las diversas convocatorias de ayer, hoy y los próximos días toman para muchas el cariz de un entierro. Solo desde este prisma se puede entender la gran afluencia de gente que se espera, el sentimiento de rabia compartido, incluso el nudo en la garganta que algunas no logran deshacer desde días atrás. Hasta el tiempo, en varios sitios, subraya el carácter más bien lúgubre de las jornadas. Mientras, algunos pretenden que la procesión va por dentro y se encierran, como tristes viudos, una vez más, a reflexionar. Otros, como los que se sienten culpables por no haber hecho más para que no tocase ayer a muerto, no se atreven a bajar al cortejo y saben, o intuyen, que su pésame nada vale a estas alturas.
Y es que tan multitudinaria como es la procesión fúnebre son de variados los muertos que enterramos. Solo superficialmente puede parecer que el muerto que ayer se velaba y hoy se entierra es el Real Decreto bicéfalo de vivienda. En efecto, este es el motivo que convoca a todos a las calles en estos días, como la forma concreta que ha adoptado la puñalada que se ha dado desde el Congreso al movimiento por la vivienda. Pero, con todo, el cortejo fúnebre lleva sobre sus hombros más de un cadáver, y cada uno elige cuál es el que entierra hoy definitivamente. Cada palo que aguante su vela.
Una parte del movimiento por la vivienda, que aún hace poco confiaba tanto en el Consejo de Ministros que cantaba victoria el mismo lunes, en estos días ha llorado la muerte de su inocencia. Ha enterrado definitivamente su esperanza en una solución parlamentaria al problema. La inocencia ha sido, en este caso, una enferma que se resiste a irse, atormentando a quienes la mantienen con vida. Hoy, quienes la cuidaron, por fin descansan aliviados al sacudirse la carga de ese cuidado; pero no por ello dejan de enterrar a un ser querido.
Quienes no han sido tan inocentes, esperan hoy ver pasar el entierro de la paz social, esa que con tanto denuedo han mantenido, sin explicación, tantas voluntades progresistas. Aquellos que, como las cúpulas sindicales, se conformaron con una reforma laboral a medio hacer, que ni amagaron con la huelga hasta ahora, por fin vislumbran en el horizonte una huelga general- suponemos que porque prevén la caída del Gobierno progresista: no se muerde la mano que da de comer.
Advertimos, eso sí, a los que hoy de repente coquetean con la idea de la huelga: no quieran verse como el Tenorio, presenciando un entierro sin saber que es el suyo propio. Quienes hoy quieren enterrar la paz social a la que han mimado durante todos estos años, de espaldas a las reclamaciones de la clase trabajadora son bienvenidos a organizar la huelga; pero tienen que ser perfectamente conscientes de que es más que posible- es incluso deseable- que la Huelga General acabe por enterrarlos también a ellos.
Pero, ante todo, quien murió la tarde del viernes fue la legislatura, que, como la paz social y la inocencia reformista, hacía tiempo que venía agonizando. El conflicto de la vivienda se las ha llevado a las tres a la tumba. Cuando hoy preguntamos qué apellido ponemos en la esquela, lo hacemos hablando de esta última finada. Esta legislatura ha tenido varias vocaciones, y ninguna se ha llegado a cumplir: quiso ser la legislatura de la vivienda, y acaba sin que se haya empezado siquiera a resolver el problema; quiso ser la legislatura en que se enterrase la ley mordaza, y la ley mordaza la ha enterrado a ella; quiso ser la legislatura de la paz, y no ha hecho por esta más que gestos televisivos.
Hoy, entre los partidos que conformaron el Gobierno de coalición hay algunos que, como Izquierda Unida y el oficialismo del PCE, sabiéndolo ya muerto, comienzan a reclamar unas elecciones anticipadas. Pretenden con sus gestos ocultar el papel que han cumplido durante estos años, idéntico al de los defensores de la paz social. Cuando tratan de canalizar la organización en la calle hacia el electoralismo, cuando ya en la calle se ha dado por muerta la vía reformista; cuando tratan de hacer pasar por vivas las ilusiones que ellos mismos han contribuido a matar, ellos mismos se arriesgan a ser los siguientes a los que enterrará la lucha de clases.
La legislatura ha muerto en el altar del rentismo. A sus múltiples padres queremos preguntarles cuál de todos los motes que quisieron darle creen hoy que se cumplió; cuál creen que no nos sublevará, cuando pasen sus plañideras gritándolo. ¿Qué apellido ponemos en su esquela?