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Revista Antorcha

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Un fantasma recorre Europa

I. Introducción

Desde algún tiempo a esta parte, hay una cuestión que venía sobrevolando el debate mediático y que hoy se nos presenta como una necesidad urgente e indiscutible: el rearme europeo. Se impone ante ello un discurso de aceptación unánime y sin fisuras ante el cual cualquier mínimo rasgo de escepticismo o rechazo es automáticamente tachado de infantilismo iluso.

Así, el plan ReArm Europe presentado por la Comisión Europea presidida por Ursula von der Leyen  ha recibido —como casi todo lo que viene de la Unión Europea— un respaldo generalizado por parte de los gobiernos nacionales y por el entramado mediático de los Estados miembros. A lo sumo, la única oposición gubernamental efectiva que parece habérsele planteado a Von der Leyen es la de Pedro Sánchez y simplemente para —en una maniobra tan propia del PSOE— sugerir un cambio de nombre que, manteniendo el conjunto del plan, evitar usar la palabra “rearme” para denominarlo.

Siendo una cuestión de tal calado como la remilitarización de Europa, merece la pena detenerse a analizar cuáles son los planes de gasto que se forzosamente se nos imponen.

II. ¿Qué se plantea? Proyecto ReArm Europe

En concreto, el plan ReArm Europe/Preparación 2030 prevé la movilización de más de 800.000 millones de euros para reforzar el gasto militar y los sistemas de defensa de la Unión Europea. De este modo, la UE se compromete así a alcanzar el objetivo de invertir un 2% del PIB en defensa que viene sugiriendo la OTAN desde hace varios años, además de promover la coordinación de inversiones entre Estados miembros para reforzar la protección de la ciberseguridad europea y de las capacidades e infraestructuras críticas.

Asimismo, según se desprende del Libro Blanco para la Defensa Europea publicado el pasado 19 de marzo, en el plan presentado por la Comisión Europea se incluye también un reforzamiento de la industria militar europea, tanto mediante la creación de un Fondo Europeo de Defensa a través del cual se vehiculen los contratos públicos, como mediante la realización de proyectos intraeuropeos para a la producción de cazas de próxima generación (FCAS) y tanques europeos (MGCS). Adicionalmente, se establece también la creación de reservas comunes de equipamiento y de un mecanismo de movilización rápida para la industria bélica que activar en situaciones de crisis.

Más concretamente, en el caso de España, el gobierno de Pedro Sánchez ha anunciado un incremento sustancial del gasto militar para este año, pasando de los 19.723 millones de euros en 2024 a 21.564 millones en 2025. Además, el Ministerio de Defensa ya ha encargado a Airbus la compra de 45 cazas Eurofighter, por los que se desembolsará un total de 6.500 millones de euros, así como 807 millones de euros para la compra de armamento.

Por si todo lo anterior no fuera suficiente, el Gobierno ha acordado, además, realizar una transferencia de crédito por 2.084 millones de euros al Ministerio de Defensa para cumplir con las exigencias de la OTAN; todo ello sin tan siquiera pasar por el Parlamento para acordar los nuevos Presupuestos Generales del Estado.

Se confirma, de este modo, la plena inserción de España en la senda de incremento del gasto militar que decretan tanto la Comisión Europea como la OTAN, de modo que en los próximos cuatro años el Gobierno habrá asumido un aumento sostenido del presupuesto bélico a razón de 5.600 millones de euros cada año.

Sin embargo, para comprender la dimensión del esfuerzo presupuestario que implica este brutal incremento del gasto en defensa quizá sea interesante recurrir a un principio básico de la Economía elemental: el coste de oportunidad.

Entendemos por coste de oportunidad el valor de aquella alternativa a la que renunciamos cuando tomamos una decisión. En este sentido, el Gobierno de España se ha comprometido a cumplir los dictados de la UE y la OTAN para aumentar el gasto militar de tal modo que orientará hacia tal fin ingentes partidas presupuestarias que, en caso contrario, podrían destinarse a otros fines. En concreto, el presupuesto del Ministerio de Defensa para 2024 fue de 19.723 millones de euros, lo que equivale a un 19,85% del gasto sanitario público de España.

De forma equivalente, si se cumplen dichos compromisos, se prevé que para 2029 nuestro país destine nada menos que 36.560 millones de euros para 2029, lo que equivale a casi un 172% de lo que se destinó en 2023 a políticas contra el desempleo o, visto de otro modo, lo que se corresponde con 2,3 meses de pensiones públicas. Ese presupuesto militar equivale a casi 19 veces lo invertido en infraestructuras ferroviarias en 2023 o casi el triple del presupuesto para sanidad de Andalucía.

Visto de esta forma, resulta innegable que cada euro que se destine al incremento del gasto militar es un euro menos que se deja de destinar en el resto de partidas presupuestarias que sí están vinculadas con el salario indirecto que la clase trabajadora recibe en forma de servicios públicos.

Tan cierta es esta afirmación que el propio secretario general de la OTAN, Mark Rutte, ya reconoció el pasado enero que para financiar el rearme será necesario “aceptar sacrificios” en forma de recortes en “pensiones, sanidad y sistemas de seguridad social”. Merece la pena recordar que quien realiza estas aseveraciones es la misma persona que, siendo primer ministro de los Países Bajos, durante los meses de marzo y abril de 2020 se opuso radicalmente a solidarizarse con los países del sur de Europa que más duramente estaban padeciendo la pandemia del COVID-19, reprochando que en países como España o Italia se admitiera a “personas demasiado viejas” en la UCI.

Resulta paradójico que, tanto en aquel momento como en los años que siguieron a la recesión iniciada en 2008, la Comisión Europea impusiera a los Estados miembros durísimas políticas fiscales contractivas con drásticos recortes del gasto público para hacer cumplir los objetivos de déficit y deuda pública establecidos en el Tratado de Maastricht, mientras que hoy se alienta el despilfarro bélico hasta el punto de que se flexibilizan las reglas del otrora sacrosanto Pacto de Estabilidad y Crecimiento.

Cualquiera podría preguntarse, a la vista de todo lo anterior, si acaso el salario socializado de las clases trabajadoras europeas es un elemento fácilmente prescindible de las partidas públicas al tiempo que resultan ineludibles las disputas geopolíticas del polo imperialista europeo. La respuesta, por otra parte, parece evidente.

III. ¿Autonomía estratégica europea? ¿Cómo y para qué?

Uno de los principales motivos que machaconamente se nos repite tanto en los discursos oficiales como en los medios de comunicación a favor del rearme es la pretendida necesidad de reforzar la autonomía estratégica europea.

Durante mucho tiempo, se nos dice, los europeos han descuidado su inversión en defensa gracias al esfuerzo titánico de los Estados Unidos, que se hacía cargo gratuitamente de nuestra protección frente a la amenaza rusa. Por consiguiente, —y en vista de que la vuelta de Donald Trump a la Casa Blanca parece haber deteriorado las relaciones entre la Unión Europea y los Estados Unidos— deberíamos realizar urgentemente un fuerte desembolso en gasto militar para reforzar nuestros sistemas de seguridad y defensa y así poder valernos por nosotros mismos sin depender del Tío Sam.

Sin embargo, a poco que hagamos un breve ejercicio de repaso de la hemeroteca, nos daremos cuenta de que el objetivo que tan ineludiblemente se nos impone de que el gasto en defensa alcance el 2% del PIB se corresponde precisamente con lo que Donald Trump ya exigía a los países miembros de la OTAN —y en particular a España— allá por el año 2018. La respuesta por aquel entonces de Pedro Sánchez a dicha petición fue un rechazo de plano, pues aseguraba que «la contribución de un país a la seguridad global no puede medirse únicamente con un porcentaje de gasto».

Además, resulta cuanto menos paradójico exigir “sacrificios” en servicios públicos por la imperiosa necesidad de reforzar la “autonomía estratégica” de la Unión Europea respecto de los Estados Unidos cuando en los últimos años no sólo se han incrementado ya un 155% las importaciones de armas, sino que las compras a EE.UU. han pasado de representar un 52% en 2020 a un 64% en 2024. Todo ello mientras las importaciones de gas natural licuado (GNL) estadounidense se han triplicado desde la invasión rusa de Ucrania.

Curiosa forma de buscar autonomía estratégica de los EE.UU. aquella en la que se siguen sus dictados de aumento del gasto militar, el armamento que se compra es estadounidense y se utiliza masivamente sus fuentes de energía.

IV. El (des)equilibrio de Nash

Quizá uno de los más famosos aportes del siglo XX para el estudio matemático y económico de los incentivos ante situaciones estratégicas fue el desarrollo de la llamada “teoría de juegos”, que busca ayudarnos a comprender el comportamiento humano a la hora de tomar decisiones en circunstancias de negociación, conflicto o pugna.

Con un auge en su estudio durante los años de la Guerra Fría, fue John Nash quien dio mayor fama a esta disciplina gracias a la película Una mente maravillosa y por su galardón con el ―mal llamado― Premio Nobel de Economía, por el desarrollo del concepto de “equilibrio de Nash”.

El equilibrio de Nash hace referencia a aquella situación en la que ninguna de las partes de una pugna o negociación tiene incentivos a modificar su estrategia, puesto que el resultado le resultaría peor.

Dicho concepto nos ayuda, en el contexto que nos ocupa, a comprender el sinsentido que representa la idea de que el rearme de la UE (quien ya cuenta con potencias nucleares en su seno) vaya a garantizar la paz frente a la amenaza de otra potencia nuclear como Rusia, pues en lugar de frenar la escalada militar, dicho plan sólo reforzaría la necesidad de la otra parte de protegerse, no existiendo, así, otro desenlace previsible que el de una carrera armamentística con consecuencias potencialmente catastróficas. 

Se trata, dicho de otro modo, de una agudización de las tensiones interimperialistas por el reparto del mundo, algo de lo que, por otra parte, Lenin ya alertó muchos años antes que John Nash sin necesidad de que ninguna institución lo galardonara.

Ante este panorama, llama la atención, no obstante, la posición que tienen algunas posiciones políticas de la izquierda parlamentaria española, como Esquerra Republicana o Podemos.

En efecto, resulta cuando menos llamativo ver a Gabriel Rufián justificar, bajo la necesidad de “ser responsables”, un incremento del gasto militar que objetivamente no haría sino reforzar el monopolio de la violencia por parte de un Estado del que sostiene querer independizarse.

Sin embargo, la “conversión” más llamativa en este sentido son los nuevos adalides del pacifismo y la no violencia de Podemos, quienes no sólo dicen abanderar la lucha contra el incremento del gasto militar, sino que recientemente incluso han solicitado de manera formal la retirada inmediata de España de la OTAN y el cierre de las bases militares de los Estados Unidos en nuestro territorio.

Sería este cambio de posición de Podemos una fabulosa noticia para quienes llevamos décadas sosteniendo dichos planteamientos si no fuera porque mientras Podemos se sentaba en el Consejo de Ministros, el gasto en Defensa de España se incrementó en más de un 55%, se prorrogó y amplió la presencia de tropas estadounidenses en las bases de Rota y Morón de la Frontera sin tan siquiera pasar por el Congreso e incluso se acogió en Madrid la cumbre de la OTAN de 2022, apenas unos meses después del inicio de la invasión rusa de Ucrania.

      Fuente: AIReF a partir de la OTAN

V. El fantasma de Friedrich Ebert que recorre Europa

Los planes de rearme que se nos imponen no son sino la muestra superficial de determinaciones sociales mucho más profundas, que llevan a que, más allá de las posiciones políticas personales de los dirigentes que se sitúen al frente del Gobierno, su conciencia venga determinada por fenómenos estructurales de la realidad social. 

Sólo desde este enfoque se puede comprender que mientras un presidente estadounidense, conservador y ex general de Ejército como Eisenhower advirtiera sobre la amenaza del complejo industrial-militar, hoy prácticamente todo el arco político de los países europeos defienda  —de hecho o de palabra— el rearme.

La situación en la que se encuentra la clase trabajadora tanto de la Unión Europea como de Rusia o los EE.UU. representa una amenaza tan seria y directa como en los años de “paz armada” que precedieron a la Primera Guerra Mundial. En aquel momento, la socialdemocracia de las distintas naciones en conflicto asumió posiciones chovinistas y defensistas y, bajo la dirección de dirigentes como Friedrich Ebert, terminó enviando a los proletarios de Europa a matarse entre sí para proteger los intereses imperialistas de sus burguesías nacionales.

Frente a ese recuerdo odioso del chovinismo de Friedrich Ebert, se hace cada vez más necesario retomar la valiente posición internacionalista de Karl Liebknecht, único representante obrero en el Reichstag alemán en oponerse a los créditos de guerra y al enfrentamiento imperialista, para recordar que nuestro enemigo hoy no es ni el proletariado ruso, ni el estadounidense ni el de ninguna otra parte del mundo; el enemigo principal está en casa y es nuestra propia burguesía que nos empuja al abismo.

Por tanto, ante el fantasma de Friedrich Ebert que hoy parece volver a recorrer Europa, resulta una tarea ineludible para las organizaciones obreras de toda Europa oponerse resueltamente al rearme desde los firmes principios del internacionalismo proletario. Hagamos que nunca más vuelva a darse la guerra entre pueblos ni la paz entre clases y que el único fantasma que recorra Europa vuelva a ser el fantasma del comunismo.

Esta guerra, deseada por ninguno de los pueblos involucrados, no ha estallado para favorecer el bienestar del pueblo alemán ni de ningún otro. Es una guerra imperialista, una guerra por el reparto de importantes territorios de explotación para capitalistas y financieros.
(…) Al mismo tiempo, la guerra es un esfuerzo bonapartista por desorganizar y escindir el creciente movimiento de la clase trabajadora.

Karl Liebknecht