El arte no es un espejo para reflejar la realidad,
sino un martillo para darle forma.
-Vladimir Mayakovski
1. Introducción
Hace casi un siglo, Walter Benjamin escribió su célebre ensayo La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica, tantas veces estudiado desde una óptica filosófica o estética por la academia burguesa. En él, Benjamin expone la tesis de que, bajo el capitalismo, el desarrollo técnico permite la reproducción mecánica de las obras de arte, lo que destruye el «aura» que antes las rodeaba. Sin embargo, esta pérdida no es necesariamente negativa, ya que transforma radicalmente la experiencia estética de quién lo observa, abriendo nuevas posibilidades, entre ellas políticas. Al romper con la sacralidad de la obra única, el arte se democratiza, se vuelve accesible a las masas y puede llegar a un público más amplio, otorgando un potencial más allá de los trapicheos de la realeza y la burguesía, un potencial para desarrollar una postura crítica frente al mundo que habitamos.
Hoy, aunque los medios técnicos han cambiado profundamente, el fondo del problema sigue siendo el mismo. Si antes se discutía sobre la reproducción fotográfica o cinematográfica de una obra, hoy en día cualquiera puede pedirle a ChatGPT que le escriba un poema, que dibuje una imagen o incluso que haga un video animado. ¿Significa esto que el arte se ha democratizado, y que ese poema escrito por la IA puede ser un arma revolucionaria del proletariado?
Este artículo defiende la tesis de que la poesía puede y debe constituirse como una forma concreta de expresión artística del proletariado en su proceso de emancipación, pero esta pregunta nos obliga a pensar el lugar del arte dentro de los procesos de transformación social. Si, como planteamos desde el marxismo, el arte es parte de la superestructura, es decir, no solo una manifestación estética, sino también una forma social con implicaciones profundas en la formación de la conciencia, entonces cabe preguntarse si puede convertirse en una herramienta de lucha, en una palanca para transformar la conciencia de clase.
La poesía puede y debe constituirse como una forma concreta de expresión artística del proletariado en su proceso de emancipación.
La relación entre arte y revolución ha sido ampliamente discutida en el pensamiento marxista, desde posiciones ortodoxas hasta aproximaciones más revisionistas. Sin embargo, hay un punto interesante en toda esta discusión, el arte, y especialmente la poesía, permite expresar, denunciar e imaginar. Y es en esa capacidad de romper con lo dado y proyectar mundos posibles, donde quizás reside su mayor potencia emancipadora. La poesía, como arte del lenguaje, no solo dice lo que existe, sino que crea, evoca y anticipa mundos que aún no han sido conquistados.
A través de un recorrido teórico y político, nos centraremos en cómo el marxismo ha entendido la relación entre arte y lucha de clases, y cómo se ha conceptualizado la función revolucionaria del arte. Además, abordaremos casos históricos concretos de poesía proletaria en la URSS, América Latina, o Europa, así como su relevancia, o posibilidad, en el presente.
2. Arte y revolución en el marxismo
Desde sus inicios, el marxismo ha planteado que el arte no es un fenómeno aislado del mundo material en el que se desarrolla. De hecho, debe entenderse como un elemento más de la superestructura, como lo puede ser la religión o la moral. Por ello, no solo se desarrolla a través de ella un imaginario donde se anclan las posiciones de clase, sino también donde se reproducen las opresiones de género, raciales y sexuales. En este sentido, el arte reproduce la ideología dominante: sirve para encerrar nuestra conciencia en un mundo sin posibilidades. En asegurarse que asumimos un mundo con estas características tan opresivas.
Sin embargo, aunque pudiera parecer que todo está perdido y que ya ni en la poesía podemos confiar, no es realmente así. El arte también puede ser una herramienta que empuje los límites impuestos por la superestructura. El desarrollo estético en cualquier forma puede estar impregnado por la ideología dominante, lo que no significa que no pueda confrontar con ella, que no pueda tener una mirada desplazada. No significa que no pueda surgir un arte impregnado de otras ideologías. Al fin y al cabo, no podemos caer en la tentación de pensar que un arte alejado del aparato ideológico dominante implica una suerte de elemento neutral. De hecho, eso sería más bien el sueño húmedo de cualquier posición idealista alineada con el capital.
Por lo tanto, podemos ver en el arte un elemento activo de contraposición ideológica. Si bien el capital lo usa como una herramienta estructural de transmisión y difusión de su ideología, las clases subalternas pueden, y deben, hacer lo mismo a favor de sus intereses, que no son otros que liberarse de la opresión, tomar parte en la lucha de clases.
Si aceptamos que el arte, y la poesía en particular, no es nunca neutro, la cuestión clave es su función dentro del proceso revolucionario. Lenin discutió brevemente este asunto. En su opinión, el arte, como cualquier otra práctica social, debe integrarse a la lucha de clases bajo la dirección del partido. Hay que aclarar que esta posición se refería al momento concreto del proceso revolucionario como el que se vivía en Rusia. En su texto Organización del partido y literatura de partido, plantea que la literatura debe ser “parte del engranaje” de la causa revolucionaria.
Como hemos discutido anteriormente, Lenin entiende la literatura como una herramienta más de lucha en al que confrontar con el capital, en la que, por lo tanto, el Partido debe organizarse, pero no de manera mecánica, sino dando el espacio necesario a la creatividad individual. Hay que destacar, claro, que el desarrollo artístico individual no implica necesariamente un objeto individualista. La cuestión es que estos esfuerzos creativos tengan un objetivo emancipador.
Sin embargo, esta visión fue ampliamente discutida por León Trotsky en Literatura y revolución. Su posición es más compleja de sostener: la poesía no puede ser forzada por decreto, pues la creación estética responde a una lógica distinta de la de la política inmediata. Para Trotsky, la poesía revolucionaria no debe subordinarse al partido, sino que debe expresar las tensiones y pulsiones del sujeto en transformación, del ser humano en medio de una época convulsa. Esto también tiene muchas aristas que discutir, y es que no se trata solo de encerrar la literatura a los objetivos del partido, sino que Trotsky defiende que esta sea la expresión natural del ser humano en un momento de transformación social. Por lo tanto, vemos aquí que no tiene un objeto concreto, no sirve de lucha, sino que es un espejo que nos muestra las condiciones en las que se encuentra la sociedad.
Sin embargo, de forma distinta a lo que significa la lectura que hacemos de Trotsky, la literatura no puede nunca renunciar a su vocación política y transformadora. Al contrario, el compromiso poético puede manifestarse en la forma, en el lenguaje, en la tematización de la experiencia colectiva, esté organizada o no por el Partido. No únicamente debe expresar las tensiones vivas de la sociedad. Pensemos en cómo la poesía de Mayakovski rompía con la tradición lírica para inventar una voz acorde a la revolución, o cómo los poetas del negrismo y del marxismo afrocaribeño, como Aimé Césaire, articulaban una palabra insurgente contra la colonización:
«pueblo mío
cuando
lejos de los días pasados
renazca una cabeza bien puesta sobre
tus hombros
reanuda
la palabra,
despide a los traidores
y a los amos
recobrarás el pan y la tierra bendita
tierra restituida«
En estos casos, la poesía no fue herramienta del partido, pero si lenguaje en lucha. Y es que, desde Antonio Gramsci, sabemos que las luchas ideológicas no se dan solo en el terreno económico o político inmediato. Así, la poesía puede entenderse como una práctica que contribuye a disputar el imaginario social desde una sensibilidad radicalmente opuesta, exponiendo de forma clara las problemáticas de la sociedad capitalista, de la opresión colonial e incluso de las limitaciones de las relaciones personales en el marco que el capital nos alquila. En ese sentido, el poeta tiene un rol contrahegemónico si su obra busca enraizarse en las condiciones materiales y afectivas de su comunidad.
No se trata de explicar con versos lo que ya dice la teoría, sino de mostrar nuestras experiencias, de evocar todo aquello que es consumido por el día a día, de elaborar formas estéticas, formales y de contenido, que interpelen la realidad y lo inaceptable. No se trata de hablar de la belleza de las flores per se, incluso ni de lo caras que están en el mercado, sino de la necesidad de tener tiempo para ensimismarnos con las flores. Imaginar mundos posibles, formas de vida no mercantilizadas, formas del tiempo no productivas, formas del cuerpo no domesticadas. Como dijo Walter Benjamin: “en la época de la reproductibilidad técnica, la tarea del arte es politizarlo todo”, incluso lo que parece subjetivo o marginal.
El poeta tiene un rol contrahegemónico si su obra busca enraizarse en las condiciones materiales y afectivas de su comunidad.
En este sentido, la poesía revolucionaria no es necesariamente aquella que habla de la revolución, sino aquella que rompe con las formas que el capital considera útiles, eficientes, claras, consumibles. Una poesía que desacelera, que interrumpe el lenguaje del mercado, que pone en crisis la identidad del sujeto burgués. La hegemonía no se combate solo con consignas, sino también con símbolos, con ritmos, con imágenes que movilizan deseos no gestionables por el poder.