La efeméride mutable
Como cada año desde hace ya más de un siglo, millones de personas en todo el planeta salen hoy a las calles, algunas más organizadas, otras de forma más espontánea o a título individual, y esa coincidencia en el elemento temporal parece ser, lamentablemente, el único aspecto de concordancia en las acciones de todas ellas. Tanto es así que, incluso a la hora de referirnos a su propia acción, empiezan a surgir las primeras discrepancias: ¿el día de hoy se celebra? ¿Acaso se reivindica? ¿Quizá se conmemora? ¿Cuál es el motivo por el que miles de personas en todo el mundo han decidido hoy dedicar parte de su día a acudir a una movilización?
El primer punto de fricción comienza ya con la propia designación de la jornada; si nos retrotraemos al origen, en el día de hoy conmemoramos el Día Internacional de la Mujer Trabajadora, una efeméride establecida en 1910 por la II Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas, celebrada en Copenhague, a propuesta de la dirigente comunista Clara Zetkin.
La propia elección del nombre no deja ningún elemento al azar: se pretendía establecer una fecha en el calendario con la que, efectivamente, reivindicar la lucha por la plena igualdad y la garantía plena de los derechos, pero partiendo de la doble condición de opresión del sujeto al cual se apela, es decir, organizar una jornada de lucha contra la opresión del género —por su condición de mujeres— y también contra la dominación capitalista, por su condición de trabajadoras. Todo ello, además, asumiendo por completo el carácter necesariamente internacionalista de las luchas emancipatorias.
Inicialmente, la Conferencia no acordó su fijación en un día concreto del año, por lo que no fue hasta 1922 que, ya tras el triunfo de la Revolución de octubre, la dirigente bolchevique y miembro del gobierno soviético Aleksandra Kollontai consigue establecer el día 8 de marzo como fiesta oficial (aunque laborable) de la Unión Soviética.
Este evidente carácter clasista de la efeméride ha venido, no obstante, descafeinándose con el paso del tiempo: lo primero que perdió en cuanto lo asumió la ONU fue, por motivos obvios, el término «trabajadora»; posteriormente, se hizo popular referirse a la mencionada fecha como «Día de la Mujer», perdiendo su condición internacionalista, y así llegamos al momento actual, en el que el planteamiento robusto y rotundo emanado de la Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas queda reducido a la desvirtuada y escueta sigla de 8M.
Proceso de institucionalización y desclasamiento del feminismo burgués
La reconfiguración del nombre no es, por tanto, una simple cuestión menor de carácter nominal para debates escolásticos. Por el contrario, refleja un profundo proceso de institucionalización por el cual se pasa a asumir un discurso de defensa abstracta de todas las mujeres, independientemente de su posición de clase.
Esto, evidentemente, explica por qué —salvo ese reducto de Vox y sus satélites— todo el espectro político parlamentario no tiene mayor inconveniente en abrazar el discurso a favor de los derechos de las mujeres, y que desde Irene Montero hasta Ayuso se puedan poner sin ningún inconveniente la etiqueta de feministas.
De una manera semejante, serán también numerosas las grandes empresas que convenientemente revestirán sus logos y marcas comerciales con el color morado para mostrar públicamente su compromiso con la efeméride y que todo el mundo pueda conocer lo feministas que son. A quién le importan las condiciones de trabajo de sus empleadas o, incluso, si se busca la forma de evitar que se queden embarazadas si El Corte Inglés cambia el verde tradicional por el morado en apoyo al movimiento feminista. Objetivos de marketing más que cumplidos.
En este sentido, una de las abanderadas de la «causa feminista» desde el mundo empresarial es nada menos que Ana Patricia Botín-Sanz de Sautuola O’Shea, presidenta del Banco Santander y que, gracias a la eliminación del término «trabajadora» puede ver al fin cómo sus apellidos compuestos se integran plenamente en la jornada inicialmente concebida por Clara Zetkin y Aleksandra Kollontai.
Precisamente esta tendencia al eclecticismo y a «ensanchar» el movimiento feminista a lo único a lo que contribuye es al desnortamiento de su carácter reivindicativo, pues, si «en esta lucha cabemos todas», ¿quién es el responsable de nuestra opresión?
Con esto, no pretendemos menospreciar la importancia de avances fundamentales e irrenunciables para los derechos de las mujeres, como el divorcio, el derecho al aborto o la mayor protección legal de la libertad sexual, pero sí alertar de que, desdibujando la frontera entre clases sociales, la jornada de lucha por la emancipación de la mujer trabajadora se convierte necesariamente en un simple ejercicio de performatividad autocomplaciente, pero que en prácticamente nada resuelve la situación de opresión en la que ésta se encuentra.
Conspiración y auge reaccionario antifeminista
Toda esta tendencia de una parte del movimiento feminista a la conciliación de clases bajo la pretensión de incrementar cuantitativamente su alcance ha provocado, además, una menor firmeza en sus principios políticos. Por este motivo, si bien durante la oleada movilizadora de los años 2016-2020 se logró una incuestionable capacidad de convocatoria, rápidamente se ha visto en dificultades para sortear y enfrentar con éxito el momento de auge reaccionario al que estamos asistiendo, algo a lo que tampoco ha contribuido su profunda división interna.
Así, la aparente extensión del feminismo ha sido percibida como un mecanismo de control social que busca pervertir los valores tradicionales, asociados a las diferencias entre sexos por ciertos sectores conspiranoicos y profundamente reaccionarios que, incapaces de comprender las dinámicas sociales en un sentido materialista, ven el feminismo como un movimiento globalista inducido por las élites.
Desde su punto de vista, el interés de las élites detrás de este movimiento de división sería el de generar hombres débiles para, de este modo, hacer más fácil que el Estado domine al individuo y a la sociedad en general.
Su discurso, por consiguiente, se pretende libertador y emancipatorio, propio de una minoría iluminada que busca evitar la decadencia social, y que por este motivo son señalados, excluidos y marginados.
Paradójicamente, ese discurso supuestamente oprimido y silenciado es el que más rápidamente está creciendo gracias a los algoritmos de las redes sociales, los auténticos medios de comunicación de masas en la actualidad y en especial entre la juventud. De igual manera, existen numerosos canales de YouTube con decenas de miles de suscriptores cuya temática se orienta a la recuperación del «papel del hombre», e incluso ya empieza a ser habitual su aparición en programas de televisión en momentos de prime time.
Además, si por algún casual se les reprocha esta evidente contradicción en su denuncia de «marginalización» o de la creciente popularidad que tienen estos discursos reaccionarios de vuelta a la tradición, lo achacan a una supuesta «teoría del péndulo», es decir, entienden que, en todo este esquema, quien ha dotado de derechos políticos a la mujer es el hombre, por lo que, si ellas desean mantener su margen de derechos y libertades, deben moderar sus reivindicaciones, pues tan rápido como los hombres les otorgaron dichos derechos, también se los pueden retirar.
De hecho, su planteamiento es tan dantesco que llegan al extremo de usar para bien el ejemplo de Afganistán, y hasta enorgullecerse del brutal ejemplo de sus particulares camaradas talibanes. Esta anécdota sería para reírse si no fuera por la posibilidad palpable de que estos planteamientos puedan llegar más pronto que tarde al Gobierno de España y que la presencia de este tipo de grupos en el espacio público sea cada vez mayor.
La paradójica síntesis del liberalismo y el reaccionarismo: el mercado sexual
En su retorcida lógica, el discurso reaccionario antifeminista al que nos venimos refiriendo presume de portar un carácter revolucionario y de rebelión frente al orden establecido. Ello no les priva, sin embargo, de extender el fetichismo de la mercancía hasta el extremo de las relaciones afectivo-sexuales.
En efecto, el mecanismo de control social concreto establecido por las «élites» es su «intervención en el mercado sexual», entendiendo éste como el proceso social natural de interacción entre hombres y mujeres, algo que preexiste a las convenciones sociales y que, por tanto, no es algo moral sino biológico. Es decir, argumentan que hay tendencias naturales y automáticas que llevan a un hombre a fijarse en determinados aspectos de una mujer y viceversa:
Por una parte, de las mujeres se buscarían especialmente valores asociados al trabajo reproductivo y los cuidados, tales como la fertilidad, la sumisión, la paz mental, etc.; mientras que, por su parte, del hombre se exige fortaleza, independencia económica y una capacidad de sacrificio y entrega desmedida en el trabajo (asalariado), lo que asocian con la constante búsqueda de la mejora personal. Se llega incluso a afirmar que es honorable que el hombre muera trabajando.
Así, todo el movimiento en favor de los avances en los derechos de las mujeres no sería sino un proyecto antinatural, pues las tendencias descritas en el párrafo anterior se darían independientemente de la posición ideológica o política de los seres humanos. De este modo, si un sexo ofrece lo que el otro demanda, su valor en el mercado sexual será mayor. De ahí que se promueva una exigencia extrema de castidad y sumisión a las mujeres —manteniendo al mínimo su bodycount o número de personas con las que se ha acostado—, y de virilidad, entrega, sacrificio y dominio a los hombres, puesto que, si un hombre es como debe ser, logrará la atención de la mujer y la libertará de la «desviación feminista».
Como el lector podrá comprobar, este supuesto discurso rompedor y rupturista casualmente termina reproduciendo de forma continua y rotunda valores e instituciones que, como el mercado o la familia, son funcionales a la pervivencia del capitalismo, al tiempo que se demonizan hasta el extremo derechos como el divorcio, al que señalan como responsable de los suicidios masculinos, lo que, a su vez, les permite despreocuparse —dicho sea de paso— por las condiciones materiales en las que los suicidas vivían y trabajaban.
Para tal propósito, por cierto, tampoco haría falta cuestionarse otros elementos propios del salario socializado, como el estado de los servicios públicos, la suficiencia de las pensiones, los derechos de dependencia para las personas desfavorecidas, etc., pues todo ello debería responder a las funciones «naturales» de la mujer.
Conclusiones
Llegados a este punto, no hace falta ser un lince para darse cuenta de que la ola reaccionaria a la que estamos asistiendo es la punta de lanza de una ofensiva directa y brutal contra los derechos de las mujeres y contra el conjunto de la clase trabajadora, y ambos aspectos deben abordarse sin posibilidad alguna de disociación.
Debemos comprender el machismo galopante como una forma más de vulneración de los derechos sociales de la clase trabajadora y, del mismo modo, entender que la plena emancipación de la mujer trabajadora no puede lograrse ni de la mano de la mujer burguesa que la oprime ni desatendiendo al carácter funcional de instituciones que, como la familia o el género, resultan pilares fundamentales del modo de producción capitalista.
En este sentido, resulta urgente y necesario enfrentarse a la ola reaccionaria, pero para ello es imprescindible también la ruptura con ese feminismo burgués y liberal que, al diluir la división de clases, directamente la refuerza, ya que termina reduciendo su análisis precisa y exclusivamente a la división por sexos (intereses femeninos vs intereses masculinos).
Con esto, no pretendemos en absoluto equiparar ambas posiciones (es evidente que una es muchísimo más despreciable y dañina que la otra), pero sí queremos señalar la necesidad de combatir la permeación burguesa dentro del movimiento por la liberación femenina y por la plena y efectiva igualdad entre hombres y mujeres. Precisamente, como comunistas, hacemos esta afirmación porque entendemos que alcanzar la plena emancipación de la mujer no es sólo una cuestión de justicia, sino que además es un objetivo irrenunciable para el conjunto de la clase obrera.