Por qué se sufre la crisis de la vivienda en nuestros centros de trabajo
Después de varios años donde las movilizaciones por la crisis de la vivienda han ido en aumento, la exigencia de una Huelga General ha dejado a los sindicatos laborales en la obligación de convocarla, pero sin realmente conseguir hilar por qué el conflicto en los centros de trabajo y en nuestros barrios no dejan de ser dos caras de la misma moneda. Pensar en cómo habitamos atravesados por la creciente precarización de los últimos años nos puede ayudar a ver este vínculo.
Llega la nómina a fin de mes, unos 1.190 netos en una empresa de teleoperador, después de haber estado trabajando “40 horas” semanales (porque las extras no se pagan), haber perdido horas de tu vida en el tren o la renfe para ir a hacer la compra. Todo ha subido, pero pagas igualmente, porque tu atención para buscar las marcas blancas a veces no da para más. Lavadora nocturna- que por la noche la luz es más barata-, calefacción la mínima, ya que las ventanas de tu piso alquilado por habitaciones son una mierda.
Bajas la basura porque es miércoles y hay cubos de plástico, y al subir abres el buzón. Tienes que ir a Correos porque te ha llegado un burofax. Sabes lo que es: todos los años igual, pero como hasta el viernes, que sales antes de trabajar, no podrás ir a recogerlo, pasas dos días evitando pensar en ello.
Subida respecto al IPC de la renta del alquiler. Haces los cálculos y no salen las cuentas de nuevo. El salario no ha subido porque el convenio lleva intentando negociarse no sabes cuánto. Se lo comentas a tu compañero. Tiene 50 años y sabe más de eso porque lleva tiempo en la empresa. Te dice que él está en las mismas, que firmó una hipoteca variable hace años y que no para de subir el tipo de interés, pero que podéis ir a hablar juntos con el comité para ver cómo va lo del convenio.
El del comité te dice lo de siempre, que no es obligatorio negociar un convenio, la empresa no tiene ningún aliciente para mejorar las condiciones laborales, ya suficiente con que hay un día de teletrabajo que se quedó desde el COVID-19. Realidad o ficción, estaría bien que, si no se negocian convenios o subidas de salarios, estas fueran como mínimo acorde al IPC. Ya que te paguen los gastos del teletrabajo o las horas extras lo dejamos para el siguiente curso.
Sales de trabajar el viernes, recoges el burofax y vuelves a casa porque has quedado a jugar al basket con tus colegas del instituto. En las mismas canchas sin iluminación de siempre. Cada uno tiene trabajos diferentes. Te cuentan un poco lo mismo (de hecho hay un par que directamente no se han podido emancipar por tener contratos fijos discontinuos que ninguna inmobiliaria considera suficientes) y no sabes si tienes mal día, mala semana o mal mes, pero vas y te lesionas la mano. El colega que tiene coche te acerca a Urgencias. Te duele un montonazo, pero te pasas horas esperando. Te dicen que te has roto un dedo y que necesitas reposo absoluto. Te dan la baja, te vas a casa y tus colegas te preguntan por el chat qué tal.
El lunes es tu día de teletrabajo, avisas por el Teams grupal que estás de baja. Te llama tu jefe y le cuentas que el médico te dijo que no podrías utilizar la mano de dos a cuatro semanas, para que se puedan organizar el trabajo. Te dice que lo entiende y que avisará a la mutua para que haga seguimiento.
Reposo, cuidados y llega fin de mes. Al ser una baja común, los tres primeros días has perdido el salario, y el resto has cobrado menos. Tiras de ahorros para pagar el alquiler, con la subida incluída. La mutua te cita un par de veces y a las dos semanas te dice que un poco de dolor es normal, pero que puedes volver a trabajar. El fisio de la seguridad social aún no te ha contactado y sigues esperando a que un profesional te vuelva a valorar, y se lo comentas. Al día siguiente, te llama tu jefe: te dice que pidas el alta voluntaria en cuanto que mejore un poco la cosa, que te darán más trabajo de llamadas en vez de teclear cosas.
Con el informe favorable de la mutua para que te den el alta y la mejoría relativa, a la semana, la presión te puede y pides el alta voluntaria. Las cuentas no salen para pagar la habitación y no quieres tirar más de ahorros. Tras semanas con dolor al trabajar, una clienta te ha puesto una queja por no tramitar bien una oferta de esas que le vendes a la gente.
Tu jefe te llama al despacho y te dice que estás despedido. Despido por bajo rendimiento y malas conductas por quejas de clientes. ¿Bajo rendimiento de qué, si saben que tienes aun el dedo mal y no has dado problemas en año y medio? Te dice que no te preocupes, que, para que no haya ningún problema, te pagan la improcedencia, y, con el paro, cuando estés mejor del dedo, ya podrás encontrar otro trabajo. Encima tendrás que dar las gracias.
Año y medio de antigüedad son 33 días de salario por año trabajado, menos de 2.000 euros para aguantar hasta que tramiten la prestación por desempleo, que normalmente llega al mes siguiente de haberla solicitado.
No existe ningún tipo de protección en caso de despido para afrontar el pago de las hipotecas y los alquileres, la protección al desempleo no solo es insuficiente, sino deficiente como sistema. Entre trabas administrativas y límites temporales se ha quedado obsoleto. Tampoco hemos oído a ninguna organización sindical últimamente pedir recuperar derechos.
La jornada laboral de 35 horas semanales sería un gran avance para las condiciones de la clase trabajadora. Sobre todo aquella a la que el sistema de registro horario no le trampea las horas que hace, le pagan las extras y no trabaja en B.
Sin embargo, ¿dónde quedaron los 45 días por año trabajado en las indemnizaciones por despido improcedente y los salarios de tramitación perdidos con la reforma de 2012? O bien en el olvido colectivo o bien en el pacto social entre la patronal y los sindicatos. Por no hablar de cómo se da por descontado que exista un tipo de despido sin justificación, como es el improcedente.
El Estado español, caracterizado por la desindustrialización, la dependencia del capital extranjero y la hipertrofia de un sector servicios (especialmente el turismo) basado en el bajo valor añadido, depende del abaratamiento sistemático de la fuerza de trabajo, por lo que fue fundamental que hubiera prácticamente una capacidad para despedir libremente para lograr recomponer la tasa de ganancia a costa de la clase trabajadora y así salvar una de las crisis cíclicas del capital. De esta necesidad del capitalismo se derivan la figura del despido improcedente, primero, y el abaratamiento del despido, después, desde 2012.
Dirás que no me preocupe, que el caso es claramente nulo. Lo cierto es que la Jurisdicción Social atraviesa un colapso que hace que los juicios de despido se citen para dentro de año y medio: el paro no llega materialmente para sostener el proceso.. A esto hay que añadir una derechización clara (¿quién puede permitirse estudiar judicatura con la subida del coste de la vida?) por el aumento de los formalismos procesales. Es decir, si no tienes prueba de discriminación, la nulidad no es automática.
En este caso, no se te ocurrió grabar nunca el contenido de las llamadas o la reunión donde te despidieron. No será sencillo lucharlo, sobre todo teniendo en cuenta que “ya te han pagado lo que te correspondía”. La regulación actual del despido parte de la premisa de que «con dinero se soluciona todo». Al reducir la pérdida del empleo a una mera transacción económica (la indemnización), el sistema oculta deliberadamente el profundo trauma psicosocial, el desarraigo y la destrucción de los proyectos vitales que el despido inflige a la clase trabajadora. La justicia burguesa jamás es restaurativa; no repara el daño causado ni devuelve el derecho robado, simplemente le pone un precio, cada vez más bajo, a la capacidad de la patronal para arruinar vidas.
El sistema siempre te va a poner trabas y en muy pocas ocasiones merece la pena aguantar un proceso, las mismas noches sin dormir se sufren por el miedo al despido, por el miedo a no encontrar trabajo, por el miedo a la subida del alquiler, por el miedo a la finalización del contrato de alquiler. Nuestra vida está sujeta a contratos donde siempre la clase es la parte débil.
Aquellos principios protectores que existen en el Derecho laboral, pensados para beneficiar al trabajador dada su posición de debilidad frente al empresario, no existen ni se esperan tampoco en el ámbito de los alquileres, cuando realmente el desarrollo de la crisis de la vivienda ha hecho que tengas la misma capacidad para negociar un contrato de alquiler que uno de trabajo. Sería positivo que ambas luchas aprendieran unas de otras y se contagiaran sus partes positivas.
La contradicción fundamental del capitalismo, entre el carácter cada vez más social de la producción y la apropiación privada de la riqueza, se manifiesta tanto en la contradicción capital-trabajo como en el desarrollo del mercado inmobiliario. En este último, la propiedad permite a los rentistas apropiarse de parte de la riqueza socialmente generada, sin necesidad de participar directamente en su producción.
El movimiento obrero debe señalar con firmeza y autocrítica que la reforma laboral impulsada por Yolanda Díaz y el actual gobierno de coalición ha mantenido intacta la arquitectura de la precariedad. Al no tocar las causas ni el coste del despido (el núcleo duro de la reforma del PP), la pretendida estabilidad se ha revelado como un maquillaje estadístico.
Frente a esta realidad, nos encontramos con la incapacidad manifiesta de las cúpulas de los grandes sindicatos para confrontar. Integrados en la lógica del «pacto de clases» y actuando como gestores del malestar, han priorizado la paz social y el sostenimiento institucional por encima del combate. La parálisis en la actualización de convenios colectivos frente a la inflación y la renuncia a movilizar a la clase trabajadora para derogar verdaderamente las reformas laborales evidencian los límites de una socialdemocracia sindical que ha claudicado en la defensa de los intereses reales del proletariado.
Por ello, como Juventud Comunista debemos unir todas estas reclamaciones y hacerlas necesarias para afrontar la crisis de la vivienda. Lo que destinamos a la misma mes a mes no deja de medirse en porcentajes de nuestros salarios y desde luego que una Huelga General está llamada a parar la producción de un país que ha dejado desprotegida a la clase obrera en todos aquellos ámbitos de su vida que sufren la misma mercantilización. El tiempo que tenemos para habitar, la calidad del mismo, depende de ambas cuestiones porque en realidad son una sola.