Torrente Presidente: Santiago Segura, Amador Rivas y el humor reaccionario
Este pasado 13 de marzo se ha estrenado, tras 12 tranquilos y felices años, la nueva película de Torrente. Las salas de cines se han llenado de chavales jóvenes, incluso demasiado como para haber visto las primeras entregas de la saga cuando se estrenaron en su día, y el debate sobre el blanqueamiento del fascismo de la película no ha tardado en salir.
Para comenzar, la verdad por delante: ni la he visto ni la voy a ver. Todo mi trabajo de investigación se basa en unos cuantos tiktoks que me han ido saliendo estos días, con algunas escenas de la película. Un vistazo a las reseñas me permite ver también los notables cameos de la película: el pequeño Nicolás, Willy Bárcenas, Kiko Rivera, Juan del Val, Pablo Motos, Ana Rosa Quinana, Vito Quiles… Hasta hay presencia internacional, con el denunciado por abusos sexuales de Kevin Spacey. Parece que Bertín Osborne interpreta a Pedro Sánchez. Debe ser la convención anual de hijos de puta. Federico Jiménez Losantos tendría la agenda ocupada.
Me ha tocado la ingrata tarea de comentar una película que no he visto. Hablar de algo sin saber: así se deben sentir cientos de columnistas en El País, El Mundo y el ABC. ¿Me llamará Ferreras para el plató de Al Rojo Vivo? No obstante, como podrá comprobar el lector que continúe tras esta insólita revelación por mi parte, Torrente es la excusa para hablar de otras cosas. Del auge reaccionario que nos ha tocado vivir, que trae consigo fantasmas del pasado. En este caso, el fantasma es el personaje de Santiago Segura, que estaba muy bien muerto y enterrado, más allá de las aburridas reposiciones que una vez al año sacaba Neox o alguna cadena secundaria.
Nunca he sido especial fan de la saga. No fui a ver las películas al cine, ni en mi casa ha generado especial ilusión. Tengo un vago recuerdo de ver a Fernando Torres haciendo toques, pero en mi mente se mezcla con un anuncio que hizo para Pepsi. Sí que recuerdo haber jugado al videojuego, porque era de los pocos que tiraban en el ordenador de mesa que tenía en casa, uno más lento que el caballo del malo, que no aguantaba el Word y el PowerPoint abierto a la vez.
El argumento que más se esgrime por aquellos que todavía intentan verle el lado positivo a esta saga, es que es una gran burla, donde se ridiculiza hasta el absurdo el papel del personaje fascista que interpreta Santiago Segura, y con ello se ridiculiza la extrema derecha. Pero este brillante argumento no nos vale ni para finos ni para bastos. Quien tema decir que es votante de Vox si va a ser por ello comparado con Torrente, simplemente no lo dirá. Quien, por otra parte, vea en este personaje, más que una burla, una alabanza, estará encantado de identificarse con él. Y, entretanto, vergüenza y orgullo confluirán juntos en un voto secreto que, sin ir más lejos, ya alcanzó el fin de semana del estreno las 233.000 papeletas en Castilla y León.
También los hay que, utilizando hasta el extremo uno de mis recursos lingüísticos favoritos, la exageración, llega a comparar a Santiago Segura con Berlanga. Imagino que es lo que diría alguien que no haya visto una película de Berlanga. Ni tampoco de Santiago Segura.
Este debate, que viene de muy lejos, me ha parecido que siempre ha tenido las patas extremadamente cortas. Que un personaje sea patético no hace patéticas automáticamente sus ideas. No sois Valle-Inclán creando el esperpento, chicos, solo sois gente que permite la reproducción de ideas reaccionarias a través del humor. Lo cual lo hace mucho más peligroso: el fascismo sigue siendo fascismo, aunque esté rodeado de risas.
El ejemplo arquetípico es Amador, de La que se avecina. Sus imitaciones fueron una constante en mi instituto. Nunca me llegaron a hacer especial gracia. Ni a mí, ni a mis compañeras, que sufrieron comentarios machistas de manera cotidiana con la excusa de que era una broma del personaje. Tampoco les hacía especial gracia a los compañeros del colegio que venían de América Latina, y a los que otros chavales llamaban Machupichu, porque Mauricio Colmenero popularizó ese mote desde su horario de prime time cada semana en Aida.
Hay una diferencia abismal entre la caricatura y el empoderamiento. Ambas pueden ir de la mano, puede que se intente una y se consiga la otra, pero lo más frecuente es que no se logren ambas, si se deciden mezclar.
Ejemplos positivos, no obstante, también ha habido. Mi favorito siempre ha sido el otro Mauricio (el Mauricio bueno, de hecho). A través de la relación entre Mauri y Fernando en Aquí no hay quien viva, toda una sociedad fue normalizando avances sociales que se acabaron materializando con la legalización del matrimonio gay a principios de siglo. A pesar de las bromas que se realizaban con su orientación sexual, incluso a pesar de la convivencia en el mismo rellano de un personaje conservador y homófobo como el de Concha, el personaje no caía en el absurdo, no se ridiculizaba, salía más fuerte. ¿Salían los trabajadores del Bar Reynols más fuertes? ¿Y las mujeres alrededor de Amador? No vamos a decir quién sale más fuerte de Torrente Presidente. Probablemente un fascismo ya campante en la sociedad.
El centro de todo esto es el humor. ¿Son peligrosas las bromas? ¡Si solo son bromas!. Tristemente sí, son peligrosas. Son peligrosas en la medida en la que establecen consensos informales, en los que un individuo o colectivo vulnerable o marginado, ve aumentar su vulnerabilidad y marginalidad. La violencia, aun acompañada de risas, sigue siendo violencia. Para ver la potencialidad revolucionaria del humor, es mucho más útil ver quién se está riendo y quién no, que la broma en sí. Ver quién se ríe de las bromas de Amador y Antonio Recio (y, sobre todo, quién no se ríe de ellas) dice bastante de su papel reaccionario.
Es especialmente preocupante normalizar este tipo de humor, porque deja en un papel socialmente poco aceptado a quien lo sufre. A la mujer que corta una broma machista, porque no le hace gracia, rápidamente se convierte en la aguafiestas. Había un momento de risas, y se ha echado a perder porque alguien es muy sensible, vaya. Se llega a recriminar que, si se politiza la broma, como si no fuera política ya de antes, esta pierde su gracia. Quizá es que nunca llegó a tenerla.
Torrente únicamente ha servido en mi generación, para lo mismo que va a servir para las siguientes. Para blanquear una ideología reaccionaria, machista y racista. Para normalizar y extender sus ideas en las aulas. Para que no veamos el peligro que hay detrás del personaje. Y es especialmente alarmante, porque un mismo discurso puede tener dos impactos distintos, en dos coyunturas distintas. No es lo mismo esta película tras el 15-M y la crisis de legitimidad de la monarquía española, con las grietas en el sistema bipartidista y las calles siendo un hervidero de la movilización de los trabajadores (con especial importancia la feminista, en torno a la Huelga General del 8-M), que en el actual escenario de auge reaccionario, crecimiento de los discursos del odio y de los partidos de extrema derecha. Lo que hace unos años era socialmente rechazado, encuentra ahora una normalización y una banalización: ha habido un retroceso ideológico que nos sitúa en una peor posición.
No podemos ser cómplices de ello. No ir a ver Torrente es una tarea fácil, casi se agradecería que fuera esa la tarea. Sin embargo, nuestras tareas son mucho más difíciles e ingratas: combatir el discurso reaccionario, especialmente en las aulas y entre la juventud, pero también entre nuestros compañeros de trabajo, en nuestros grupos de amigo, en las calles, en las redes sociales. En el vestuario del curro, en la pausa para el café, en el descanso entre clases: ni nos hace gracia Torrente, ni nos la va a hacer.