Bengalas en el páramo: Análisis del estado actual del campo popular
Resulta siempre intimidante comenzar un artículo mentando a Albert Einstein, uno de esos nombres cuyas fabulosas aportaciones hacen que, a su lado, cualquiera de nosotros nos hagamos más pequeños. No en vano, es a Einstein a quien debemos la revolución de la física contemporánea, gracias —principalmente— a la teoría general de la relatividad. Así, pues, con la osadía de referenciarnos en el que probablemente sea el segundo mayor revolucionario alemán de todos los tiempos, nos permitiremos la licencia de usar su obra como metáfora para analizar la coyuntura en la que actualmente se encuentra el campo popular en España.
En efecto, la teoría de la relatividad afirma que el espacio y el tiempo no son entidades separadas, sino que forman parte de un único entramado que se curva (como se curva un sofá si nos ponemos encima) por la masa localizada en dicho entramado (estrellas, planetas, personas, etc.), de lo que se deriva un aspecto central: la relatividad del tiempo, es decir, el tiempo no transcurre de la misma forma cuando estamos cerca de un elemento muy masivo que curva mucho el espacio-tiempo que lejos de él. De una forma semejante, aunque referido esta vez a fenómenos sociales, afirmará Lenin que “hay décadas en las que no pasa nada y semanas en las que pasan décadas”, claro está, en función de la masa de obreras que deformen el tejido de la historia con las revoluciones.
Pues bien, cualquier observador que trate de acercarse a la situación sociopolítica de España concluirá que, ciertamente, nos encontramos en el primer término de la “ecuación” formulada por el gigante ruso, con unas cotas más que limitadas de organización popular y una prácticamente nula conflictividad social. Podríamos, por tanto, asemejar la coyuntura social y política española a un páramo, una amplia extensión de terreno que, no obstante, se encuentra en su mayor parte yermo.
Conviene, sin embargo, hacer un breve recorrido histórico analizando algunos de los principales frentes de organización y movilización popular que se han destacado en España en los últimos años, a fin de tener una cierta perspectiva acerca de qué ha sido de ellos, cuál fue su desarrollo y en qué situación se encuentran en la actualidad.
Movimiento feminista
Probablemente sea el movimiento feminista el movimiento social que más repercusión ha tenido en el último lustro en nuestro país.
Englobado en una ola de movilizaciones más amplia a escala internacional, el feminismo en España dio cuenta de una significativa capacidad de movilización que se hizo especialmente visible a partir del año 2018, cuando, más allá de las manifestaciones del 8 de marzo por el Día Internacional de la Mujer Trabajadora, demostró tener una capacidad de respuesta y coordinación en todo el país para hacer frente a sucesos como la vergonzosa sentencia por el caso de “La Manada”, a partir de la cual se organizaron —en un más que estrecho margen de tiempo— numerosas manifestaciones delante de los juzgados de toda España e incluso frente a la sede del propio Ministerio de Justicia, con un seguimiento multitudinario.
Podríamos señalar que la capacidad organizativa del movimiento alcanzó su culmen en la convocatoria de una huelga feminista el 8-M de 2019, cuando, además de convocar a más de 350.000 personas sólo en la ciudad de Madrid, se comenzó a profundizar los análisis en torno al rol asignado a la mujer como garante del trabajo reproductivo dentro de la división sexual del trabajo impuesta por el sistema capitalista.
Sin embargo, este momento de máxima capacidad movilizatoria del feminismo en España coincidía también con la agudización de las tensiones en su seno que, si bien se venían arrastrando por los debates en torno a la prostitución, a partir del año 2019 las diferencias internas terminan por provocar una auténtica división motivada por la cuestión trans.
Esta fractura integral del movimiento se da, cronológicamente, pocos meses antes de la manifestación del 8 de marzo de 2020, utilizada mediáticamente para desatar una tremenda campaña de desprestigio y culpabilización, al señalarla casi como la única responsable de la propagación del COVID-19 en nuestro país.
Paralelamente, determinados cuadros destacados del movimiento feminista fueron cooptados por la institucionalidad burguesa a raíz de la conformación del gobierno de coalición entre el PSOE y Unidas Podemos, siendo el Ministerio de Igualdad dirigido por Irene Montero la máxima expresión de esta deriva institucionalista.
Así, entre el institucionalismo, las fracturas internas y los ataques exógenos, el movimiento feminista español experimentó un importante retroceso hasta el punto de que, a día de hoy, ni siquiera tiene capacidad para convocar manifestaciones unitarias por ningún motivo, siendo misión imposible encontrar una ciudad española de tamaño medio que, el 8 de marzo, no albergue dos o incluso tres manifestaciones.
Movimiento ecologista
A medida que el movimiento feminista daba cada vez más evidentes síntomas de agotamiento, el movimiento ecologista comenzó a tomar el relevo como frente destacado dentro del campo popular.
Así, observamos cómo durante la segunda mitad del año 2019, y coincidiendo con las movilizaciones estudiantiles conocidas como Fridays for Future, la presencia de la cuestión ecologista dentro del debate público adquiría cada vez mayor relevancia, teniendo como principal figura destacada a nivel internacional a la joven activista sueca Greta Thunberg.
Es en este contexto cuando nuestro país incluso acoge en Madrid la Conferencia de las Naciones Unidas por el Cambio Climático (COP25), entre cuyos patrocinadores se encontraban referentes tan destacados de la protección del medio ambiente como Endesa, Iberdrola o el Grupo Volkswagen.
Cabe hacer mención, por cierto, al hecho de que el altavoz mediático que se le entregó a Greta Thunberg se mantuvo durante el estricto tiempo en el que se limitaba a sostener un discurso tibio y moralista, funcional, en definitiva, al lavado de cara de las empresas que financiaban el acto.
En ningún momento, el debate dentro del movimiento ecologista logró generalizar posiciones de análisis que situaran definitivamente el origen del deterioro de las condiciones climáticas en la lógica incesante de acumulación y reproducción ampliada propia del sistema capitalista, sino que —salvo honrosas excepciones— se limitó a defender propuestas de reformas encuadradas dentro de la Agenda 2030 y a señalar la necesidad individual de modificar hábitos y patrones de consumo.
La capacidad de movilización del ecologismo, por otro lado, jamás llegó a alcanzar las cotas demostradas por el movimiento feminista.
Movimiento obrero sindical
Es preciso, igualmente, señalar la incomparecencia durante todo este tiempo del movimiento obrero sindical. En efecto, con carácter general, y sin entrar a valorar la creciente presencia de sindicatos amarillos y reaccionarios, nos encontramos con un panorama copado por dos centrales sindicales mayoritarias (CC.OO. y UGT) que no solo llevan doce años sin convocar una huelga general, sino que desde la llegada al Gobierno de Pedro Sánchez y —especialmente— desde la conformación de los distintos gobiernos de coalición progresista, han demostrado una perfecta coordinación con el Ejecutivo para mantener la paz social, la concertación con la patronal y la rápida reconducción de cualquier brote de conflictividad laboral al ámbito de la negociación —previa delegación— a través de la burocracia y los liberados sindicales.
No obstante, erraríamos el análisis si consideramos que estas prácticas burocráticas, asistencialistas y legalistas se limitan a las centrales sindicales mayoritarias, pues aquellas otras que, como CGT, aparentan mantener un discurso más radical y soflamas más incendiarias, también terminan reproduciendo comportamientos burocráticos en cuanto tienen oportunidad, lo que da a entender que esa aparente radicalidad en muchas ocasiones no es más que “el papel que tienen que jugar” para presentarse como alternativa a los sindicatos mayoritarios. Una muestra de ello la pudimos observar cuando, tras el final de la huelga del metal de 2021 en la provincia de Cádiz, los llamados de CGT no tuvieron ningún seguimiento por parte de la plantilla, demostrando su falta de referencialidad entre la inmensa mayoría de los trabajadores del sector.
El inmovilismo y la burocratización que actualmente aquejan las centrales sindicales en España no es, por tanto, sino el reflejo de la permeación de la ideología socialdemócrata entre la clase trabajadora y también en el propio movimiento obrero sindical. Resulta, por consiguiente, una tarea ineludible entre los comunistas, la confrontación de dichas posiciones entre los obreros organizados y la elevación de nuestro discurso en los centros de trabajo. Sólo de esta manera podremos, progresivamente, superar el modelo actual de sindicalismo de servicios, asistencia y representación por un modelo de sindicato como herramienta colectiva de organización y lucha.
Frentes de solidaridad internacionalista
En el ámbito de la solidaridad internacional, la situación también es dantesca. Nos encontramos en distintos puntos del país con la pervivencia de frentes que se mantienen en un estado de muerte cerebral, enormemente envejecidos y guiados principalmente por el folklorismo de la Guerra Fría (caso de muchas asociaciones solidarias con Cuba, Nicaragua o Venezuela, cuando no directamente de plataformas orientadas a defender las actuaciones de una potencia imperialista como Rusia o China).
Durante este periodo que ahora analizamos, únicamente cabe destacar dos hechos de significativa movilización: los casos del Sáhara Occidental y Palestina.
En el primero de ellos, el detonante se sitúa en la vergonzosa carta por la que, en marzo de 2022, el Gobierno de España se posiciona abierta y definitivamente de lado de la tiranía marroquí, previo chantaje de Marruecos, legitimando su ocupación manu militari del Sáhara Occidental.
Este abandono a su suerte hacia un territorio que, de iure, aún es español provocó la convocatoria inmediata de numerosas y multitudinarias manifestaciones de protesta a lo largo y ancho del país. Sin embargo, la reelección del PSOE en las elecciones de 2023 y el apoyo de la izquierda a su investidura como enésimo ejemplo del malmenorismo, volvieron a dejar en el cajón la cuestión saharaui y el movimiento de solidaridad con el Sáhara volvió a perder fuelle, más allá de repuntes puntuales.
Por su parte, la solidaridad con Palestina ha experimentado en los últimos tiempos un enorme repunte como respuesta a la intensificación del genocidio sionista. En este sentido, algunas de las máxima expresiones de la movilización popular en solidaridad con Palestina la encontramos en las acampadas universitarias durante los últimos meses del curso 2023/2024 y las acciones de boicot al equipo israelí durante la Vuelta Ciclista a España de 2025.
En el caso de las acampadas por Palestina o del boicot sí encontramos dos características distintivas respecto del resto de frentes de solidaridad internacional: por una parte, el logro de ciertas victorias (como la paralización de convenios universitarios con empresas y universidades israelíes, las tímidas nueve medidas adoptadas por el Gobierno de España contra Israel o el reconocimiento explícito del genocidio en Gaza) y, por otra parte, el avance analítico en lo que se refiere a la posición de España dentro del tablero imperialista, al señalar como responsables no sólo al Gobierno por su inacción o complacencia con la potencia agresora, sino también al entramado empresarial que representa los intereses de la burguesía nacional en el territorio.
No obstante, y aunque aún es pronto para valorar su continuidad, empezamos ya a analizar preocupantes rasgos de agotamiento del movimiento solidario con Palestina en un momento en el que, tras el acuerdo de alto el fuego, Israel puede dedicarse a volver a lanzar sus ataques sobre la población civil sin tener que soportar el cuestionamiento de la cobertura mediática internacional.
Otros frentes: estudiantil y LGTB
Por último, teniendo en cuenta que al movimiento por la vivienda le dedicamos anteriormente un análisis de tres artículos, nos detendremos brevemente a analizar otros dos ámbitos de movilización popular: la lucha estudiantil y los frentes LGTB.
En cuanto al primero de ellos, los últimos coletazos del ciclo de movilización estudiantil iniciado por la lucha contra el Plan Bolonia y los recortes a la escuela pública los encontramos en las movilizaciones contra el llamado 3+2 y la FP dual ―que, a partir de este curso, ya es una realidad extendida a todos los ciclos formativos― y brevemente en las protestas contra la Ley de Convivencia Universitaria (LCU) y la Ley Orgánica del Sistema Universitario (LOSU). Fuera de ello, la ausencia de conflictividad estudiantil es casi total.
Si a lo que atendemos es a las organizaciones del estudiantado, tras el desmantelamiento de Estudiantes en Movimiento (EeM) ―y sin considerar esa estructura vertical, pseudo representativa y fuertemente subvencionada que se autodenomina Sindicato de Estudiantes (SE)―, únicamente nos encontramos con un Frente de Estudiantes (FdE) con alcance limitado. En este sentido, cabe resaltar que, a pesar de todos los vicios que ya se han señalado sobre el sindicalismo de clase, éste cuenta con una ventaja frente al asociacionismo estudiantil en tanto en cuanto se caracteriza por contar con una estructura organizativa que permanece a lo largo del tiempo, mientras que en el ámbito estudiantil, la ausencia de relevo en los cuadros provoca que, prácticamente a cada ciclo, el movimiento deba casi empezar de cero.
Por su parte, la movilización por la cuestión LGTB ha presentado, con carácter general, una permeación de posiciones liberales que ha terminado por descafeinar el carácter combativo de las movilizaciones por el Orgullo, hasta el punto de convertirse casi en una festividad patrocinada por numerosas empresas más que en una jornada de lucha por la persistente situación de discriminación y subalternidad en la que se encuentra el colectivo fruto de su ruptura con la división sexual del trabajo y del modelo de familia burguesa que impone el modo de producción capitalista. Al margen de esta fecha, únicamente resultan destacables las movilizaciones de respuesta al asesinato homófobo de Samuel Luiz en julio de 2021.
Conclusiones
Como podemos observar, un elemento común en todas estas movilizaciones es no sólo su espontaneidad sino —más importante aún— su espontaneísmo: la ausencia de una estrategia general y consciente que permita materialización de conquistas; de este modo, todos los movimientos arriba señalados no dejan de funcionar cual bengalas que emiten llamativos e intensos destellos durante un breve periodo de tiempo para, poco después, ir apagándose lentamente.
Por consiguiente, si lo que deseamos es materializar las justas exigencias de todos estos ámbitos de lucha, si de verdad queremos superar ese páramo yermo en el que nos encontramos, resulta imperativo avanzar como primera tarea, principal y prioritaria, en la clarificación de una estrategia que permita hacer germinar la organización no espontánea sino consciente de nuestra clase, una organización que, partiendo de un análisis científico de la realidad, canalice estas aspiraciones hacia su efectiva materialización con la toma del poder.
Esa organización consciente de nuestra clase a la que nos referimos no es sino el Partido Comunista de vanguardia, única fuerza capaz de ejercer la atracción suficiente como para acelerar el paso del tiempo y que las semanas se conviertan en décadas, única fuerza, en definitiva, capaz de hacer avanzar las ruedas de la Historia.
Se trata de una tarea mucho más fácil de enunciar que de efectuar, pues sólo la praxis verificará la corrección de nuestras posiciones en la medida en que las masas se referencien en dicho Partido y hagan suyo su programa. Es, sin duda, una gigantesca tarea la que tenemos por delante, no hay una receta para superar el actual estado de resistencia y pasar a la ofensiva, pero debemos tener la audacia necesaria para dar el primer paso.