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Revista Antorcha

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Collage con conceptos relacionados con el discurso bolivariano

Huele a azufre. Reflexión y crítica del antiimperialismo bolivariano

¡Váyanse al carajo, yanquis de mierda!

Que aquí hay un pueblo digno (…) Aquí estamos los hijos de Bolívar, los hijos de Guaicaipuro, los hijos de Tupac Amaru, y estamos resueltos a ser libres.

Hugo Chávez (2008)

1. El patio del Tío Sam. ¿América para los americanos?

Como ocurre con las aguas del Guadiana, Venezuela es uno de esos asuntos que, de forma recurrente, aparece cada cierto tiempo en el panorama mediático internacional, con la particularidad de que, en esta ocasión, la presencia del país caribeño en el candelero ha venido motivada por no uno, sino dos hechos que solo quien acabara de nacer ayer podrá interpretar de forma independiente y sin vinculación mutua.

Hace unas semanas, el Comité Noruego decidió entregar el Premio Nobel de la Paz a María Corina Machado «por su incansable labor en la promoción de los derechos democráticos del pueblo venezolano y por su lucha por lograr una transición justa y pacífica de la dictadura a la democracia».

Para quien aún no conozca a esta señora que ahora es la máxima personificación del pacifismo, se trata de la cabeza visible del sector más reaccionario y golpista de la oposición venezolana, quien ya en el golpe de Estado de abril de 2002 figuraba entre las firmantes del decreto por el cual se deponía por la fuerza al entonces presidente Hugo Chávez para reemplazarlo por el líder de la patronal Pedro Carmona, a la vez que derogaba la Constitución, suprimía el parlamento y revocaba todos los poderes del Estado para concentrarlos en la figura de Carmona.

No contenta con su implicación en el fallido golpe, María Corina Machado se ha caracterizado por sostener una línea de confrontación con todas las posiciones de concertación dentro de la oposición, apostando por promover el establecimiento de sanciones contra Venezuela, el apoyo a la usurpación encabezada por Juan Guaidó en 2019 e incluso pedir una intervención militar de los Estados Unidos contra su propio país, de un modo semejante al que la OTAN empleó contra la Libia de Gadafi.

Más allá del desprestigio de un galardón que ya lleva décadas dando muestras de ser una clara operación propagandística más del imperialismo occidental1, resulta, como afirmábamos, del todo inocente desvincular esta condecoración a una golpista confesa del contexto en el que este premio se encuadra, que no es otro que una reorganización de la agresividad imperialista de los Estados Unidos.

Efectivamente, como ya tratamos en un artículo anterior, el regreso de Donald Trump a la presidencia de los Estados Unidos representa, si no necesariamente un recrudecimiento inédito, sí un retorno a la versión más explícita de la agresividad imperialista, en la que ya no se apuesta siquiera por guardar las formas de cumplir con una legalidad internacional a la que nunca se le prestó en realidad la mínima atención.

En este sentido, la política exterior dirigida por Trump desde su vuelta —para enfrentarse en mejor medida a China, su principal rival en la pugna imperialista—, parece reorientarse, además de a mantener el creciente peso en Asia-Pacífico, a un repliegue hacia su tradicional área de influencia: América Latina.

Así, más allá de los histriónicos globos sondas iniciales sobre anexionarse Groenlandia y Canadá o retomar el control del Canal de Panamá, Estados Unidos ha reactivado de forma decidida su hostilidad frente a Venezuela: si inicialmente se creó una narrativa que aseguraba la existencia del supuesto «Cártel de los Soles» y se afirmaban vínculos con el gobierno bolivariano, poco después el Departamento de Estado elevaba hasta 50 millones de dólares la recompensa por la captura de Nicolás Maduro; de ahí, se pasó a las ejecuciones extrajudiciales mediante el bombardeo de embarcaciones supuestamente dedicadas al tráfico de drogas y hoy vemos cómo nada menos que el portaaviones USS Gerald Ford —el buque de guerra más grande del mundo— y dos bombarderos estratégicos B-52H se unen al despliegue que la armada estadounidense tiene en el Caribe sur, frente a las costas venezolanas. El último paso en esta escalada, al menos de momento, ha sido decretar desde Washington el cierre de todo el espacio aéreo venezolano.

Sin embargo, como señalábamos anteriormente, más que de un fenómeno novedoso, esta agresividad para con las naciones iberoamericanas se encuadra dentro de la tradición natural de larga data propia de la política exterior estadounidense, hasta el punto que se convierte en doctrina.

Efectivamente, si James Monroe, mediante su doctrina homónima («América para los americanos»), exigió todo el continente americano como una esfera de influencia propia frente a las potencias europeas, el corolario de Theodore Roosevelt reservó a los EE.UU. el derecho a intervenir militarmente en el resto de naciones americanas para proteger sus intereses, considerándolo parte de su «destino manifiesto», y así justificaba —en palabras del propio Roosevelt— emplear el «gran garrote» para arrebatarle a Colombia el Canal de Panamá o para ocupar Cuba, la República Dominicana o Haití.2

Durante la Guerra Fría, todo este injerencismo estadounidense no hizo sino reforzarse bajo la doctrina Truman y la doctrina de Seguridad Nacional, que amparaban organizar invasiones y golpes de Estado y promover dictaduras militares frente a la expansión del comunismo (casos de Guatemala, Cuba o Chile) o de movimientos subversivos (en Centroamérica o el Cono Sur).

Resulta llamativo, además, que para estos movimientos contra Venezuela se recurra a una justificación que también tiene precedentes: la lucha contra el narcotráfico. En efecto, la carta de la droga también fue la excusa a la que EE.UU. recurrió para amparar la invasión de Panamá y el derrocamiento de Noriega en 19893 o el despliegue de efectivos militares en Perú y Centroamérica durante los años 80 para, bajo una retórica antidrogas, combatir la insurgencia guerrillera y mantener dichos países bajo la órbita estadounidense.

Podríamos preguntarnos, además, si realmente una intervención estadounidense es el mecanismo más eficiente para la lucha contra el narcotráfico, a la vista de que, por ejemplo, la producción de opio se multiplicó durante los años de ocupación estadounidense en Afganistán o que la propia CIA tiene hasta una página en Wikipedia sobre su implicación en el tráfico de drogas.

Es más, al mismo tiempo que Estados Unidos está desplegando esta campaña contra Venezuela, Donald Trump acaba de indultar al expresidente hondureño Juan Orlando Hernández, preso por su implicación en el narcotráfico.4

Cualquiera diría que quizá no es la lucha contra el narcotráfico lo que le interesa a EE.UU. de Venezuela.

2. ¿Socialismo bolivariano? 

Esta constante injerencia sobre América Latina por parte de los Estados Unidos desde prácticamente su independencia ha provocado en los distintos países lógicos y esperables movimientos de respuesta en favor de la soberanía, entre los cuales podríamos destacar el triunfo de la Revolución sandinista en Nicaragua en 1979 —con inspiraciones, sin duda, en la Revolución cubana5—, la frustrada experiencia chilena del gobierno de Salvador Allende o, en menor medida, el gobierno de Juan Velasco Alvarado en Perú.

Sin embargo, a raíz del triunfo electoral de Hugo Chávez en las elecciones presidenciales de 1998 se inicia un proceso político de carácter soberanista que terminará provocando movimientos de réplica en otros países de la región, como Bolivia o Ecuador. Estos movimientos políticos, que llegarán a alcanzar el gobierno, aspiran a romper con las políticas económicas neoliberales y antisociales dirigidas por el FMI, aunque una de sus principales particularidades reside en, para ello, ampararse en la figura de Simón Bolívar.

Por consiguiente, merece la pena detenerse a conocer brevemente la figura que ha dado nombre al proceso bolivariano, al que muchos no han dudado en calificar de socialismo del siglo XXI.

Simón Bolívar es, junto a José de San Martín, Bernardo O’Higgins o José Artigas, una de las principales figuras en el proceso de emancipación de las colonias españolas de Sudamérica a principios del siglo XIX, siendo considerado libertador de las actuales naciones iberoamericanas de Venezuela, Colombia, Panamá, Ecuador, Perú y Bolivia.

Bolívar encabeza en buena parte de la América española el deseo de independencia derivado del malestar de unas élites criollas que, ya disconformes con la Real Instrucción de Carlos III (que, al convertir a los indígenas en propietarios de tierras, les privaba de mano de obra semiesclava), consideraron intolerables las transformaciones establecidas en la Constitución de Cádiz de 1812, pues la abolición del tributo indígena o los privilegios jurisdiccionales, así como la profundización de la liberalización del comercio (ya iniciada con Carlos III), perjudicaban directamente sus intereses económicos. Dicho de otro modo, hemos de entender que, en buena medida, la independencia en Hispanoamérica era el resultado de un choque entre los intereses de las oligarquías criollas y los de la burguesía peninsular.

En este sentido, resulta enormemente complejo atisbar un cariz progresista —no digamos ya socialista— en la figura de Bolívar, mucho menos como un ejemplo de democracia, pues su forma de actuar se caracterizó principalmente por el caudillismo y el autoritarismo.

Pese a lo anecdótico de la elección de Bolívar —que, nuevamente, sólo puede entenderse como simbolismo de un proyecto soberano— sería injusto no reconocer ciertos logros del proyecto bolivariano, como la extensión de la atención sanitaria en colaboración con médicos cubanos gracias a la Misión Barrio Adentro, la erradicación del analfabetismo a través de la Misión Robinson o la entrega de más de 5 millones de viviendas sociales. De igual manera, pueden entenderse como importantes avances la nacionalización de la industria petrolera o la expropiación de latifundios y tierras improductivas.

Sin embargo, aunque podamos valorar favorablemente estas medidas, desde el gobierno bolivariano de Venezuela se ha defendido en todo momento la pervivencia de la propiedad privada, y su política gubernamental —como la de cualquier Estado burgués administrado por la socialdemocracia— se ha dirigido hacia la conciliación de clases, compatibilizando las mejoras sociales antes mencionadas con el sostenimiento del régimen de trabajo asalariado adecuado a las necesidades y exigencias del capital, hasta el punto de que no han sido pocas las restricciones emprendidas contra el ejercicio de la libertad sindical o las medidas de represión salarial.

Todos estos elementos hacen que, por más que puedan haberse adoptado algunas reformas orientadas a mejorar las condiciones de vida del proletariado, no podamos ni afirmar que la clase obrera se halla en el poder ni tampoco calificar dichas medidas per se de socialistas, al menos si efectivamente entendemos el socialismo como un modo de producción caracterizado por la planificación democrática y centralizada, la socialización de los medios de producción y la adopción de todo un programa político orientado a la abolición de las clases sociales.

Incluso a nivel ideológico el planteamiento bolivariano se caracteriza por su extremo eclecticismo, buscando la cuadratura del círculo al tratar de conciliar el análisis marxista con el cristianismo, el nacionalismo y, diciéndolo sin tapujos, un reformismo tibio y tosco que juzga las contradicciones del capitalismo desde una perspectiva moral y no científica.

De igual manera, al no haber adoptado de ninguna manera los mecanismos orientados a la planificación democrática de la economía y al haber mantenido la propiedad privada, se ha sostenido en Venezuela la anarquía de la producción por productores privados e independientes (es decir, el capitalismo), de tal modo que las nacionalizaciones emprendidas se han limitado a forjar una economía dirigista en la que el Estado actúa como un simple capitalista más.

En este sentido, y por consiguiente, en ningún momento el proceso bolivariano se plantea el establecimiento de una dictadura del proletariado como condición sine qua non para la construcción del socialismo y la abolición de las clases, sino que, por el contrario, para lo que sí que ha servido ha sido para generar una capa rentista dentro de la administración del Estado, la auténtica beneficiaria de tener las mayores reservas probadas de petróleo, corrupción mediante.

Esta boliburguesía, como habitualmente se la conoce, sí que ha empleado en profundidad el monopolio estatal de la violencia, pero no sólo para hacer frente a la oligarquía entreguista que regía el país al servicio del imperialismo estadounidense —cosa que, siendo honestos, no nos genera ninguna lástima—, sino para reprimir con severidad las distintas formas de autoorganización del proletariado venezolano ajenas a su control. La muestra más evidente de ello es la intervención ejercida en 2023 contra el Partido Comunista de Venezuela (PCV), destituyendo su organicidad y estableciendo ad hoc una nueva estructura y dirección funcional y servil al gobierno de Maduro.

No debe extrañarnos, en este sentido, el clamoroso silencio del PCE ante tan grave represión anticomunista, pues, al fin y al cabo, el oficialismo del Partido aplica aquí en España —en la medida de sus posibilidades— el mismo modus operandi.

3. ¿Sólo los yanquis de mierda se van al carajo?

Además de lo señalado anteriormente, a la hora de abordar una crítica del proceso bolivariano, en tanto que proyecto autodenominado antiimperialista, resulta imprescindible realizar una aclaración conceptual. El imperialismo, al menos desde el marxismo-leninismo, se concibe como una fase histórica: la fase superior del capitalismo y antesala de la revolución proletaria.

Esto es, el imperialismo es una etapa de desarrollo histórico derivada de la propia dinámica de acumulación capitalista. Más concretamente, Lenin analiza cinco rasgos fundamentales del imperialismo: i) la elevada concentración del capital resultando en la conformación de monopolios, ii) la fusión del capital industrial con el capital bancario para originar el capital financiero, controlado por una oligarquía financiera, iii) el predominio de la exportación de capital sobre la exportación de mercancías, iv) el establecimiento de asociaciones internacionales de monopolistas y v) el reparto territorial del mundo por parte de las principales potencias imperialistas.

Resulta necesario hacer esta aclaración porque, a diferencia de la narrativa habitual de los gobiernos y líderes bolivarianos, el imperialismo no se limita al hegemonismo de un país sobre una región ni tampoco al desarrollo de una política exterior especialmente agresiva, sino que es el resultado de propio desarrollo histórico del capitalismo.

En este sentido, podemos coincidir con el gobierno venezolano al afirmar que, efectivamente, Estados Unidos es una potencia imperialista, pero ello no la convierte en la única amenaza imperialista existente en el mundo, ni mucho menos la única que tiene intereses en América Latina.

Por ello, resulta cuando menos paradójico que, como vienen haciendo Venezuela y otros países, se afirme estar desarrollando un proyecto nacional antiimperialista al tiempo que se desarrollan acuerdos para impulsar la importación de capitales rusos o chinos, se pretenda integrar a Venezuela en otra organización supranacional como los BRICS o se quiera hacer creer que, tras la quiebra del dominio único de los EE.UU., la configuración de un mundo multipolar es un camino hacia la paz, cuando a lo que verdaderamente asistimos no es sino a una agudización de las tensiones interimperialistas.

Cabría preguntarse, si Rusia o China no fueran imperialistas, el por qué de las intervenciones rusas en Ucrania, Asia Central y el Sahel, o la decisión de China de ampliar sus aguas territoriales, de exportar capital hacia África y América o de instalar una base militar en Yibuti, en un punto tan crítico a nivel estratégico y de tráfico de mercancías como es la entrada al Mar Rojo.

En este sentido, desde el «antiimperialismo» bolivariano parece que, para asegurarse de no ver, optan por no mirar. No vaya a ser que, estadounidenses, rusos o chinos, todos representen el mismo perro con distinto collar, aunque estos últimos parezcan ladrar menos.

4. La posición de los comunistas

Llegados a este punto, nos planteamos cuál es la posición que, como comunistas, debemos adoptar ante el grave desarrollo de los acontecimientos en torno a Venezuela. Para que quede claro y no pueda darse lugar a equívocos lo afirmamos con rotundidad: desde la Juventud Comunista nos oponemos y condenamos cualquier intento de desestabilización, injerencia o agresión de toda índole contra la soberanía de Venezuela.

Entendemos, igualmente, que las maniobras de hostigamiento que Estados Unidos lleva meses desarrollando en el Caribe únicamente responden a un interés por los recursos venezolanos (en especial los petroleros) y a un intento por asegurar el control de lo que, entiende, es su área de influencia.

Sin embargo, este episodio también nos aporta un aprendizaje y un toque de atención para cualquier organización revolucionaria o que, mínimamente, aspire a alterar el orden establecido imperialista: las armas con las que cuenta el enemigo son numerosas y poderosas, y no siempre se limitan a la confrontación bélica directa; los casos de Cuba y Corea, así como también ocurre en Venezuela, nos enseñan la multitud de herramientas de guerra no convencional con las que se puede agredir a cualquier país que ose amenazar los intereses imperialistas: la exclusión del sistema SWIFT para la realización de transacciones internacionales, el establecimiento de sanciones de diversa índole, el expolio de recursos como las reservas de oro y divisas depositadas en el extranjero, el sabotaje del sistema eléctrico o, sin ir más lejos, la imposición de un bloqueo económico, comercial y financiero como el que Cuba soporta desde hace más de seis décadas.

Ante este contexto de abierta hostilidad y recrudecimiento del imperialismo, el proyecto bolivariano de «socialismo del siglo XXI» se muestra incapaz de avanzar verdaderamente hacia la superación del capitalismo. Más bien al contrario, se repite una y otra vez el eterno choque contra el muro del Estado que, desde el revisionismo del siglo XIX, se viene dando la socialdemocracia, vístase con traje de chaqueta o con chándal.

La posición comunista, en este sentido, no puede limitarse ni a la apatía equidistante ni al seguidismo acrítico de una élite dirigente y corrupta que, envuelta en una fraseología grandilocuente, únicamente reforma la dominación capitalista en Venezuela. Para romper este falso e incómodo dilema, de nuevo, sólo nos queda la urgencia de articular un programa político independiente para la clase obrera, que haga frente a la agresión imperialista, sí, pero que también rompa definitivamente con la conciliación de clases y un reformismo impotente y agotado.


  1. Baste señalar que, entre otros, han recibido el Nobel de la Paz personajes tan siniestros como Henry Kissinger (autor intelectual de la ristra de golpes militares que azotaron América Latina en los años 70), Barack Obama (el presidente de EE.UU. bajo cuyo mandato se logró el doble récord de número de bombas lanzadas y de lograr no tener a su país ni un solo día en paz) o Mijaíl Gorbachov, el artífice de la desintegración de la Unión Soviética. ↩︎
  2. Algunas recomendaciones para profundizar en la injerencia del imperialismo norteamericano sobre América Latina son América Latina en la geopolítica del imperialismo, de Atilio Borón, Por la razón o la fuerza, de Marcos Roitman Rosenmann, o América Latina en la historia global, de Carlos Riojas y Stefan Rinke. ↩︎
  3. Anteriormente, Manuel Noriega había colaborado activamente con la CIA para proporcionar información contra la Revolución cubana y la Revolución sandinista en Nicaragua. Casualmente fue después de que la contra nicaragüense, mediante las armas, torciera el brazo del sandinismo y de que se produjeran incidentes armados entre el ejército panameño y soldados estadounidenses del Canal que EE.UU. prestó atención a los vínculos de Noriega con el Cártel de Medellín. ↩︎
  4. El propio hecho de que un delincuente pueda ser extraditado a los Estados Unidos para ser condenado y encarcelado allí por un delito que cometió en su propio país ya es una muestra de extraterritorialidad y da buena cuenta de hasta qué punto hay una vulneración sistemática de la soberanía de los Estados latinoamericanos. Se trata de un caso semejante al que se produjo durante los años 80 y 90 con los narcotraficantes colombianos del Cártel de Medellín, y que suscitó en el país sudamericano un gran debate hasta abolir la extradición en la Constitución de 1991. ↩︎
  5. La Revolución cubana, sin embargo, se presentó inicialmente como un movimiento insurgente para derrocar la tiranía de Batista; sería a raíz del ejercicio del gobierno revolucionario (y las limitaciones que éste enfrentaba al afectar a los intereses estadounidenses) cuando la experiencia cubana adquirirá un carácter más patriótico o soberanista. ↩︎