La vida cotidiana de la clase trabajadora está desgarrada por una misma y única cadena de explotación: la que nos ata a la máquina en el taller y la que nos despoja del techo al volver a casa. En los hogares proletarios, donde las mujeres cargamos con la fatiga interminable de estirar jornales menguantes tras agotadoras jornadas de producción, la vivienda es la prolongación directa del robo de la plusvalía: el patrón nos esquilma las fuerzas y el rentista parásito nos arrebata en la puerta de la vivienda esa misma remuneración para alimentar la codicia del capital financiero. No hay tregua para el cuerpo obrero; el centro de trabajo y el alquiler son los dos brazos del mismo monstruo que asfixia el porvenir y estrangula cualquier anhelo de alegría, camaradería y vida libre.
Frente a esta doble expoliación, la farsa socialdemócrata y sus coristas del reformismo gubernamental revelan su complicidad más cobarde. ¡Con qué cinismo pretenden separar artificialmente lo que el capital une con sangre, diciéndonos que la fábrica pertenece a la negociación de despacho y que la vivienda se remedia con decretos impotentes y promesas de cartón piedra! Durante más de siete años de coalición, estos administradores del orden burgués no han osado tocar un solo privilegio de la patronal ni del rentismo, acordándose del dolor obrero únicamente cuando el miedo a las urnas amenaza sus poltronas ministeriales. Y a su lado, las burocracias sindicales vendidas se afanan en desarmar a los trabajadores, reduciendo el descontento a un estéril desfile parlamentario contra la derecha para blindar al gobierno y evitar, a toda costa, que la cólera del barrio se funda con la fuerza huelguística en los centros de trabajo.
Pero no se puede mutilar la conciencia de una clase que despierta. Ha bastado apenas la chispa de unos días de combate en las calles para evidenciar que las asambleas populares atemorizan a los amos del ladrillo mucho más que un lustro entero de retórica y pactos de sumisión. La lección es luminosa: los derechos no se mendigan a los señores del Estado; se conquistan con el puño cerrado y la acción directa de la clase trabajadora. Por eso, el llamamiento a la huelga impulsado por el movimiento por la vivienda no puede quedar recluido en los portales ni ser una protesta desarmada frente a los ministerios: debe invadir los talleres, las fábricas, las tiendas, las oficinas, los hospitales y las escuelas, soldando la lucha por el salario a la lucha por la vivienda en una única e indivisible ofensiva obrera.
Es sin duda una huelga de clase, pues se convoca plenamente en base a la insostenible situación de asfixia y opresión para las trabajadoras. Pero lo es también porque en el corto plazo ha de servir para prolongar el proceso de movilización iniciado por la cuestión de la vivienda y preparar a la clase obrera para su futuro más inmediato. Un futuro en el que se presentan dos escenarios. El primero, la renovación de un gobierno “progresista” que en los últimos 8 años ha hecho poco o nada por resolver el problema de la vivienda y que en general se ha dedicado a gestionar las migajas que nos deja el capital. Y un segundo escenario, y quizá el más probable, una gran ofensiva reaccionaria abierta y total contra nuestra clase. Es por ello que, ante todo, el éxito de la huelga ha de vincularse especialmente con la ampliación de la organización de las trabajadoras y el avance de la unidad de clase de cara a las exigencias y retos que se nos presentan en el horizonte.
Es la hora de levantar una resistencia intransigente que no admita las componendas de la socialdemocracia ni las migajas del reformismo. Nuestra tarea como comunistas es encender la chispa que una al piquete del centro de trabajo con la barricada frente al desahucio, organizando la fuerza de los trabajadores de manera independiente y en choque frontal contra la totalidad del orden capitalista. Debemos ser capaces de expresar las necesidades concretas de nuestra clase. Es preciso que la herramienta de producción y la llave del hogar se vuelvan armas de la misma rebelión: paralicemos la ganancia en la fábrica y cortemos el tributo al casero. Solo cuando la clase obrera reconozca que su trinchera abarca el andamio y el lecho, y que su emancipación exige barrer tanto al patrón como al rentista, alzaremos sobre las ruinas de su codicia un mundo nuevo donde la vida, el trabajo y el hogar pertenezcan al fin a quienes lo sostienen todo con sus manos.