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Nicolás Maduro secuestrado en violación del derecho internacional

Crónica de una agresión imperialista anunciada I: Derecho Internacional y otros animales mitológicos

El pasado 3 de enero, de alguna forma que en unos años Hollywood nos contará, se consumó un golpe de Estado en Venezuela, mediante el secuestro de Nicolás Maduro por parte de los Estados Unidos. Pronto la noticia saltó a todas las televisiones, periódicos y radios. Las redes sociales se llenaron de expertos en geopolítica aportando un sinfín de contenidos, a cada cual más rocambolesco, junto con los mensajes de solidaridad de las organizaciones comunistas y obreras de todo el mundo. 

En las siguientes líneas, intentaremos cerrar algunos ejes introductorios de cómo un comunista hoy en día debe abordar la actualidad venezolana. Nos centraremos, por empezar por algún lado, en lo que ha sido el punto de partida común de la mayor parte de los análisis: la supuesta utilidad del Derecho Internacional. El complejo conjunto de eventos históricos que ha tenido lugar en Venezuela durante los últimos treinta años, que la han venido a consolidar como uno de los mejores ejemplos del socialismo del siglo XXI, proceso bolivariano o directamente como chavismo, ha sido objeto de análisis en esta revista recientemente, en un artículo que analizaba el origen y los límites del proyecto más sólido que ha tenido la izquierda en Latinoamérica durante el presente siglo. 

Breve repaso de los hechos

Pasamos, pues, a la triste madrugada del 3 de enero. Resumiendo lo que cualquier lector relativamente informado debe de saber ya, un conjunto de los mejores asesinos a sueldo del mundo, conocidos como las fuerzas de élite del Ejército de los Estados Unidos, invadió Venezuela para secuestrar a su presidente y a su mujer, sin preocuparse del coste político de sus acciones. 

Viendo quién está detrás de esto, nuestros ojos van rápidamente a dos elementos. Por un lado, el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump. Ya hemos tenido ocasión de hablar sobre su política exterior agresiva, que no implica ningún cambio con respecto a sus predecesores en la Casa Blanca: no hay ruptura, solo transparencia.  

Por otro lado, ese grupo reaccionario (cuando no, directamente fascista), desorganizado, enfrentado y roto internamente, pero financiado internacionalmente hasta decir basta, que conocemos como la oposición venezolana, con la flamante premio nobel de la Paz a la cabeza, que salieron raudos y veloces a celebrar el bombardeo de su propio país y la supuesta caída de su archienemigo. Dejamos por un segundo el rigor marxista de lado, para recordar un buen principio militante: cuando veas a un grupo de hijos de puta celebrar algo, hay que desconfiar y posicionarse enfrente suyo. Por lo general, se suele acertar.

Volviendo a términos más rigurosos (pero no por ello más analíticos), no debe importarnos tanto el carácter operacional de lo sucedido, es decir, lo relativo al despliegue militar y el desarrollo del secuestro. Esto significa que la capacidad logística de los escuadrones de élite estadounidenses, el alcance infinito (o finito) de sus aparatos de inteligencia o la fiabilidad de la guardia personal de Nicolás Maduro, deben quedar en un segundo plano. ¿Estaba Maduro al tanto de todo? ¿Fue una entrega pactada? Todo eso, insistimos, nos lo va a contar Hollywood dentro de unos años. Debemos tener cuidado con las valoraciones de las personalidades o de las acciones individuales de los dirigentes cuando valoramos procesos políticos complejos, con intereses imperialistas, geopolíticos y económicos, por detrás. En todo caso, nos debemos interesar en si el consejo de administración de Chevron, la única petrolera estadounidense que opera en Venezuela estaba al tanto. Que su cotización en bolsa haya aumentado un 5,10% en los últimos días nos puede dar una pista. 

Esta forma de abordar los hechos no debe hacernos ignorar algunos elementos con un peso simbólico innegable. El asesinato de los 32 militares cubanos, muestra particular de la estrecha colaboración entre los gobiernos de Cuba y Venezuela durante las últimas décadas, traen a la memoria de los más nostálgicos las épocas donde la solidaridad internacional contra el imperialismo yanqui en América Latina no se basaba solo en comunicados, si no que implicaba acciones reales, detrás de las cuales no extrañaba ver a un grupo de cubanos. Las experiencias de lucha de otros pueblos siempre nos aportan algo. Aprendizajes de aciertos, límites y errores. Pero aprendizajes. Es difícil encontrar quien hoy no se solidarice con esos 32 guardias cubanos, así como con el resto de asesinados por el ejército estadounidense, hasta superar ya el centenar de víctimas de la agresión militar de los Estados Unidos. 

El derecho burgués: local o internacional, al imperialismo le da igual

Los llamamientos al Derecho Internacional han sido el lugar desde el que la mayor parte de los representantes políticos que no se han subordinado a los intereses estadounidenses han intentado aportar “sentido común” al conflicto. Casi como un animal mitológico, cuando la humanidad se enfrenta a un conflicto bélico o un exterminio racial, siempre hay alguien haciendo un llamado al respeto del Derecho Internacional. En un futuro holocausto nuclear que acabe con la Humanidad, es probable que el último superviviente siga haciendo un llamamiento a que los que han tirado las bombas atómicas respeten el Derecho Internacional. 

El llamado Derecho Internacional, tal y como hoy lo conocemos, y fuera de explicaciones históricas que solo suelen interesarles a los juristas, es el conjunto de normas que los vencedores de la Segunda Guerra Mundial formularon para regir las relaciones entre naciones desde 1945. Su principal obra fue la creación de las Naciones Unidas. Es, para el asunto que nos interesa, la regulación de la coerción y la agresión militar entre potencias capitalistas. Hasta dónde llega la diplomacia y cómo tienen que empezar los enfrentamientos bélicos. Qué se supone que se puede hacer y qué no en la defensa de los intereses nacionales.

El respeto a la soberanía, que cada Estado tome sus propias decisiones sin injerencias extranjeras, la independencia y la autodeterminación son pilares del orden internacional, pero, como toda norma bajo el capitalismo, este es solo una norma formal, que no obliga ni impide realmente a los Estados incumplir sus propias promesas, sus propios acuerdos, sus propias líneas rojas. A esto ayuda el hecho de que, frente al poder de los Estados, que, dentro de sus fronteras al menos, cuentan con el monopolio de la violencia legal para hacer cumplir las normas, en el ámbito internacional no existe- ni puede existir- una organización supranacional con idéntica capacidad coercitiva para hacer cumplir el Derecho Internacional.

La madrugada del 3 de enero volvimos a tener un ejemplo de que la ley burguesa es solo una apariencia, una formalidad. Incumplirla es fácil para quien tiene los medios económicos o políticos. No por ello el incumplimiento es menos importante, no por ello debe dejar de sorprendernos, pero no debemos seguir recurriendo a algo que sabemos que es falso: el orden internacional se rige por otras leyes, otros intereses y otras motivaciones, que no aparecen ni aparecerán  en la Carta de las Naciones Unidas ni en la Declaración de los Derechos Humanos. 

Como complemento al todopoderoso Derecho Internacional, tenemos los distintos ordenamientos jurídicos de los Estados, que son para el espectador ingenuo un marco regulador neutral de los conflictos entre las personas. Sin embargo, como el observador leninista captará rápidamente, el Estado no es neutral en cuanto formación institucional de los intereses de una clase, la burguesa. Solo tenemos que observar el funcionamiento del aparato legal estadounidense para declarar la guerra: requiere una autorización parlamentaria, ideada precisamente como límite a los poderes presidenciales para hacer y deshacer a su antojo. 

¿Cuándo fue la última declaración de guerra del Congreso de los Estados Unidos? En la Segunda Guerra Mundial. ¿No ha declarado ninguna guerra el imperio más criminal de la actualidad desde entonces? Habría que ser un fanático defensor de los yanquis para afirmar eso. Un breve vistazo a la Constitución de los Estados Unidos de América nos lo ilustra claramente. Artículo 1, sección 8: El Congreso tendrá facultades para declarar la guerra. En ese mismo sentido, la Resolución de Limitación de los Poderes de Guerra de 1973, votada en contra por el entonces presidente Richard Nixon, fue un intento (fracasado, pero intento, aun así) de restringir la capacidad del máximo mandatario estadounidense para mandar militares a donde su particular visión de la defensa de los intereses norteamericanos sitúe la necesidad de intervenir por la fuerza. 

Pero entonces… ¿qué han sido los últimos 80 años de agresiones imperialistas, matanzas de civiles inocentes por todo el mundo y derrocamiento de una docena de gobiernos? ¿Se han desestabilizado gobiernos por todo el planeta y se han despilfarrado miles de millones de dólares en presupuestos militares anuales sin que Estados Unidos estuviese en guerra? Es uno de los mejores ejemplos de que el Derecho burgués es una mera formalidad. Cualquier Estado hoy en día, en la actual fase de desarrollo del capitalismo- que venimos a llamar imperialismo- está siempre en guerra, la declaren los congresistas o no. Una guerra económica, mediante sanciones y aranceles. Una guerra social, mediante políticas racistas y discriminatorias. Y, por supuesto, una guerra militar. En definitiva, una guerra de clases, una campaña para continuar engrandeciendo a determinados sectores de la burguesía. Corea, Vietnam, Afganistán o Irak son buenos ejemplos de cómo la ley queda en papel mojado cuando los intereses económicos peligran. 

Podríamos poner cientos de ejemplos de los últimos días donde organizaciones o figuras públicas hacen un airado llamamiento al Derecho Internacional, para parar la escalada del conflicto. Para qué irnos a la Comisión Europea o al Presidente del Gobierno de España, cuando tenemos ejemplos más cerca: la dirección política actualmente mayoritaria, burocracia mediante, del PCE. En su último comunicado, se deja bien claro que 

«Desde el PCE exigimos a la comunidad internacional, Naciones Unidas y a todos los foros multilaterales reunirse de urgencia para condenar lo ocurrido y para dar una respuesta directa y coordinada frente a esta espiral belicista.«

El Derecho Internacional tiene en la figura del actual Secretario General del PCE, Enrique Santiago, uno de sus mejores defensores. Es coherente con su retórica de defensa a ultranza del gobierno de coalición como única barrera contra la reacción: siempre fiel a su compromiso con situar las esperanzas de nuestra clase lo que se ha mostrado cien veces ineficaz para defender nuestros intereses. Las medidas insuficientes, tibias y simbólicas del gobierno de coalición, o los artículos de la Carta de las Naciones Unidas incumplidas sistemáticamente por los Estados Unidos. Da igual que no sirva para nada: es el recurso que siempre encontraremos en argumentos poco originales para mantener un programa político basado en el gobernismo y el corto plazo. La ley es papel mojado, y el papel mojado es el mejor aliado en el discurso de los principales rostros que hoy en día ostentan la representación institucional (que, en ningún caso política u organizativa), del PCE.

Algunas conclusiones preliminares

Hemos podido repasar un poco los acontecimientos, y cuál ha sido el marco general de respuesta que ha ido obteniendo. Tenemos, pues, los aspectos superficiales del conflicto: lo que se traslada al conjunto de nuestra clase en los medios de comunicación hegemónicos, y el marco en el que se ha movido la respuesta de rechazo enérgico de la mayor parte del movimiento obrero internacional. No obstante, esto nos deja viendo solo la apariencia, y si algo hemos aprendido de Marx, es precisamente que hay que ir más allá de lo aparente para descifrar el movimiento real que hay detrás de las cosas, las relaciones sociales, económicas y políticas que han desembocado en el secuestro criminal del hasta hace unos días presidente de la República Bolivariana de Venezuela. 

Sabemos dónde no depositar nuestras ilusiones. Quienes devuelvan el golpe al imperialismo no van a ser sus propias estructuras: la esperanza del comunista no puede residir nunca en las Naciones Unidas. Solo puede residir en las herramientas de la propia clase trabajadora: su conciencia, su ideología y su organización. 

Sobre ello podremos ampliar algo más en los siguientes artículos, donde abordaremos tanto la heterogénea complejidad de la economía venezolana, el petróleo y las relaciones internacionales que orbitan en torno al proceso bolivariano en Venezuela; como algunas tareas políticas y programáticas en torno a las que se debe construir la táctica comunista.