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Revista Antorcha

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Fotografía del Congreso de Stuttgart de la II Internacional

El abandono de un ideal: La coherencia práctica y el nacionalismo de la II Internacional

El internacionalismo constituye sin lugar a dudas uno de los pilares fundamentales de la tradición ideológica marxista y socialista. Sin embargo, cuando al ruido del primer cañón que retumbó en Europa aquel verano de 1914 los principales partidos socialistas de la II Internacional se sumaron a la defensa de sus naciones, algo pareció restallar dentro del movimiento obrero.

No es razón carente de significado la especial atención historiográfica que la “bancarrota” del internacionalismo ha tenido desde entonces. No obstante, la mirada que debemos arrojar sobre la participación socialista en la Primera Guerra Mundial no debe limitarse a la mera descripción simple de la coyuntura, sino que se ha de superar el esquematismo para reexaminar de forma compleja lo que fue todo un proceso de construcción de la cultura e identidad política del internacionalismo y los nacionalismos socialistas durante las décadas anteriores a 19141.

En un primer sentido, sí que podríamos definir la participación socialista en la guerra como una “traición”2 a los principios ideológicos de la clase obrera, pues rompió con la máxima marxiana “¡Proletarios de todos los países, uníos!”3. Asimismo, la tradición ideológica internacionalista consideraba a la nación como un elemento “doctrinal” de la burguesía que la revolución debía superar4. De hecho en la crítica al programa de Gotha Marx aludió a lo ya escrito en el El Manifiesto: la clase obrera, para poder luchar, tiene que organizarse como clase en su propio país, ya que éste es el escenario inmediato de su lucha. En este sentido, la lucha de clases es nacional por su forma e internacional por su contenido. En base a esto, los socialistas de la II Internacional comprendieron la nación como la base fundamental de acción y organización del internacionalismo obrero5, reuniendo de este modo en una especie de congregación internacional de socialismos nacionales.

El establecimiento del marco nacional como espacio de desarrollo para el socialismo y la asunción del nacionalismo, fueron rompiendo la presunta incompatibilidad entre clase y nación, y terminó integrándose como parte de la cultura socialista, desde la cual los diferentes partidos obreros comenzaron a elaborar un nacionalismo propio.

El nacionalismo socialista se ligó entonces al concepto de solidaridad internacional a partir de la cual se garantizaba la prosperidad de los trabajadores de otras naciones y marcaba el camino emancipador de los trabajadores6.

Cartel del IV Congreso de la II Internacional
Cartel del Congreso de Londres de la II Internacional que ilustra su idea del internacionalismo

Lo que vemos es que, en esta etapa, desde finales del XIX hasta las primeras décadas del siglo XX hubo una evolución que pasó por el desplazamiento de las ideas internacionalistas por una progresiva asunción del nacionalismo, determinada por las políticas de clase en clave nacional. Esta transformación caló tanto a nivel simbólico como discursivo en los debates y postulados de la II Internacional.

Una vez nos acercamos más al estallido de la guerra comenzaron a aparecer en la II Internacional debates y discursos relativos al belicismo, el militarismo y el pacifismo. En general, los socialistas de la II Internacional, desde lo teórico, se reafirmaron en su posición de intentar evitar la guerra o utilizar el contexto bélico para la movilización política. Sin embargo, en la evolución de las culturas propias y la práctica política e ideológica, la nación y el “chovinismo” se habían desarrollado y profundizado en la identidad de los socialistas.

Por lo tanto, la participación de los socialistas debe comenzar a verse no exclusivamente como una “traición” a los ideales marxistas y valores obreros, sino como la consecuencia lógica de su desarrollo ideológico y práctico del socialismo durante las décadas anteriores a la guerra.

Todo ello pasó hace más de 100 años. No obstante, en la actualidad el fuerte resurgimiento del nacionalismo, unido a las tensiones internacionales, ya sean bélicas, comerciales o políticas, ha impulsado la militarización de Europa. Sin querer trasladar aquí una analogía absurda ni mecánica, realizar un correcto análisis de procesos de rearme anteriores y la postura de la socialdemocracia ante ellos puede ayudarnos a explicar o comprender un momento de balanceo de las hegemonías anteriores, la acentuación de los conflictos entre los polos imperialistas, así como una militarización en desarrollo.

Lo que observamos es que la socialdemocracia y el mundo occidental en general han respondido a estas tensiones acelerando el proceso de rearme. Con el pretexto de la “defensa democrática” en países como Alemania, el anterior canciller, el socialdemócrata Scholz aumentó el gasto en defensa en un 2% del PIB a la par que bajaba el gasto social. Una política de gasto militar aumentada por su sucesor, el democristiano Merz. Por su parte, en España, pese a la negativa de los socialistas a alcanzar el 5% del PIB que solicitaba Donald Trump por medio de la OTAN, ha acelerado su industria militar y de defensa comprometiéndose a alcanzar el 2% del PIB.  En otras palabras, más de 14.471 millones de euros en inversión militar. Un buen ejemplo de ello es el Proyecto de HUB de defensa de Aragón.

La socialdemocracia y las burguesías europeas ya se han sumado a la política belicista, como ya lo hicieran en los albores de la I Guerra Mundial. Sin embargo, tomar conciencia del contexto internacional supone a su vez entender que el rearme europeo es un claro síntoma de la proximidad de una crisis en el sistema capitalista. La necesidad del capital en su fase imperialista de expandirse en busca de nuevos recursos, nuevas fuentes de energía y nuevos mercados desemboca en el militarismo como instrumento de acumulación, para balancear hegemonías de poder y buscar la riqueza mediante la violencia.

Una militarización que obedece a su vez a una función ideológica. Bajo la premisa de “defensa de la democracia”, la “seguridad colectiva” o la “soberanía estratégica”, se esconden los discursos de los sectores más reaccionarios, ensalzando la lógica del miedo o el nacionalismo y enterrado la explotación sobre la clase trabajadora, la precarización o la pobreza. Del mismo modo, el militarismo contribuye al ensalzamiento de valores como el orden, la fuerza o la identidad al tiempo que inhiben y reprimen la lucha de clases.

Obviar que el discurso militarista y de seguridad está calando en la clase obrera sería un error. La confianza frustrada en los partidos institucionales, incapaces de afrontar las necesidades y preocupaciones de nuestra clase, está vinculada con la competencia laboral entre los diferentes segmentos de la clase obrera, principalmente entre el “ejército de reserva” y ciertos trabajadores de sectores en regresión- especialmente el industrial- y los trabajadores migrantes. Este es un caldo de cultivo para las opciones políticas que prometen eliminar la supuesta competencia extranjera al tiempo que proclaman el orden, la seguridad, la nación y la guerra. 

Un proceso, consecuencia de la ausencia de proyectos orientados a la desalienación y ruptura, que empuja a estos segmentos a respaldar a aquellas fuerzas políticas que se nutren del enfrentamiento interno en la propia clase. Una división necesaria para una militarización que se nutre de la explotación y la sangre de nuestra clase.

Como hemos dicho al comienzo, la clase obrera en su toma de conciencia como clase debe comprender el carácter internacional de la misma. Comprender la lucha obrera significa aceptar que no existe libertad real si esta se construye sobre la explotación de otros pueblos o trabajadores. 

Los métodos de opresión ensayados en el extranjero, la disciplina férrea impuesta sobre la fracción de la clase enviada a la guerra, la disolución de los lazos de solidaridad de clase que esta disciplina conlleva, más tarde o más temprano se vuelven contra los obreros del interior del país. Alimentando la sed de guerra, los obreros preparan y mejoran la capacidad del Estado para oprimirlos a ellos y posponen el fondo del problema que les atañe: la temporal mejora en las condiciones de vida que descansa sobre el expolio de otros territorios no acaba con la propia explotación, y, agotados los recursos de aquellos territorios, vuelve decuplicada a pedir la sangre de los mismos que perpetraron el expolio.

Por ello, frente a la barbarie que proponen los militaristas, a los explotados únicamente nos queda una vía, la de la lucha de clases y el internacionalismo. Una alternativa capaz de organizar a la clase trabajadora, orientarla a superar la subordinación al capital, para intervenir activamente en la formación de esa conciencia hoy alienada.

La cercana crisis del capital y la galopante tensión internacional requieren en este punto un internacionalismo crítico y renovado, en el que  los aprendizajes del pasado nos sirvan para construir nuevas formas de solidaridad de clase capaces de integrar a todos los trabajadores en el proyecto comunista. Para ello, debemos enfrentar las posturas más reaccionarias que pretenden fragmentar y enfrentar la unidad de la clase con sus discursos más xenófobos, de nacionalismo, militarismo y derechización de la sociedad.

A modo de conclusión, la participación socialista en la I Guerra Mundial no debe comprenderse en ningún caso en términos de “fracaso”, sino que la respuesta es más compleja. En lo teórico y simbólico si podríamos interpretar un abandono de la II Internacional del ideal internacionalista en 1914. Sin embargo, la unión de los socialistas con sus gobiernos nacionales para afrontar los esfuerzos bélicos no debe afrontarse como un acto extraño, sino coherente con el desarrollo ideológico y práctico de los partidos socialistas de la II Internacional.

Frente a ellas, la herencia de los comunistas es la de quienes sí denunciaron la guerra, sus orígenes y sus fines, manteniendo vivo el internacionalismo hasta sus últimas consecuencias. Este no descansa en una solidaridad abstracta, sino en el reconocimiento de que el enemigo común del proletariado, en todo el mundo, es el imperialismo que promueve las guerras, y que la necesidad de derrotarlo impone las alianzas no como un compromiso moral, sino como una táctica para vencer en la única guerra que puede emancipar a la humanidad, la lucha de clases.


  1. Mulholland, M. (2015): “Marxists of strict observance’? The second international, national defence, and the question of war”, The Historical Journal, 58 (2), Cambridge University Press, p. 615-640. ↩︎
  2. V.I. LENIN. “La bancarrota de la II Internacional”, en Obras Completas de Lenin, Tomo XXIII, Madrid, Akal, 1977, p. 304. ↩︎
  3. Marx, K. y Engels, F. Manifiesto comunista. Edición Bilingüe, Madrid, Akal, 2017, p. 117. ↩︎
  4. Ibid, p. 19. ↩︎
  5. Mulholland, M., op. cit. p. 625. ↩︎
  6. Berger, S. y Smith, A. (1999). “Between Scylla and Charybdis: nationalism, Labour and ethnicity Across five continents, 1870-1939”, en S. BERGER, A. SMITH, (eds.) Nationalism, Labour and ethnicity, 1870-1939,  Manchester, Manchester University Press. Pp. 26-27. ↩︎