Este curso está siendo un año clave para la educación madrileña que puede marcar un punto de inflexión relevante. La precariedad, la infrafinanciación y el desmantelamiento azotan el conjunto de la educación pública. Y la universidad no es una excepción. En su momento, se consiguió frenar el proyecto de la LESUC del gobierno regional de Ayuso gracias a la movilización de la comunidad universitaria. Ahora, el Gobierno autonómico ha reformulado su ofensiva mediante un nuevo modelo de financiación que profundiza la mercantilización de la universidad y continúa explotando a la clase trabajadora.
Frente a la propaganda oficial y la complicidad de los seis rectores de las universidades públicas madrileñas, los datos del nuevo plan plurianual revelan una estrategia orientada a asfixiar económicamente a las universidades. A su vez, se favorece el desarrollo del sector privado, acentuando cada vez más la subordinación de la educación a los intereses del capital.
En una región cuyo PIB no deja de crecer, la política autonómica apuesta por redirigir la riqueza hacia el sector privado, mientras condena a las universidades a una quiebra estructural.
Lejos de garantizar un marco presupuestario justo, el plan introduce una lógica de competencia entre centros por recursos ya de por sí escasos. Se amplían las desigualdades entre facultades y se incentiva la dependencia del capital privado mediante la entrada de startups y grandes corporaciones. Así, la universidad no es, como nos quisieron vender, un espacio neutro, donde primaban el conocimiento y la capacidad reflexiva. Lo que estas políticas permiten observar de manera explícita es que la universidad es un negocio. Y como tal, debe arrojar beneficios. Adiós, pues, a recursos para ramas y títulos no rentables, bienvenidas empresas deseosas de becarias que no cobren, buffet libre para la colaboración público-privada.
Para enmascarar ese deterioro material, se recurre al tecno-marketing político anunciando grandes inversiones en inteligencia artificial y ordenadores cuánticos. Tecnologías que, lejos de ser innovadoras y potencialmente eficaces, solo reflejan un intento de camuflaje de las deficiencias estructurales. Distracciones visuales sin proyecto pedagógico real cuyo único resultado es un aumento desmedido de los costes de mantenimiento en instalaciones.
Se encuentran en lucha dos modelos opuestos de educación: el que busca generar beneficios ante todo y el que pretende asegurar un acceso democrático y universal a la educación. Aunque ambos sirven al capital, uno tiene un marcado carácter clasista en el que ningún tipo de organización de clase trabajadora puede intervenir. El otro, por su propio carácter, permite profundizar en las contradicciones del sistema capitalista. Cuando hoy defendemos una educación pública, no abandonamos la tarea de empujar hacia una educación socialista. Al mismo tiempo, nos oponemos a cualquier modelo que subordine la educación a las necesidades del mercado, que nos eduque para que les generemos beneficios, que nos convierta en mercancías para engrasar su maquinaria productiva. Y es que no debemos olvidar el doble papel de la universidad y su función real bajo el capitalismo.
Por una parte, el sistema requiere de una clase trabajadora explotable. Es decir, que tenga los conocimientos y habilidades que el sector productivo necesita. Las universidades se adaptan y crean títulos y asignaturas según la demanda, y los títulos con menor rentabilidad van siendo relegados, con cada vez menos oferta y recursos. Las estudiantes somos, pues, una mercancía más a disposición del sistema.
Por otro lado, la universidad contiene un elemento ideológico. El sistema no sólo necesita trabajadoras cualificadas. Necesita también que estas interioricen las relaciones sociales que sostienen el propio sistema que las explota, que asuman como propios los intereses de la empresa, que entiendan que el único sistema posible es el capitalismo.
Para ello, incluyen en la educación elementos propios de la empresa: la competencia entre estudiantes, los rankings entre universidades, la exclusión de las desaventajadas… Todo un sistema de valores, creencias y conductas encaminadas a legitimar el actual sistema desigual.
¿Qué efectos tienen las políticas actuales? El desmantelamiento continuado del sistema público se hace en pos de un sistema privado que se llena los bolsillos mientras la clase trabajadora perece. Y es que el mercado incluye la educación como otro espacio donde hacer negocio. Y le está saliendo redondo. Universidades y centros privados con las últimas tecnologías y conexiones con el mercado laboral garantizan un posterior empleo, mientras que en los centros públicos los recursos menguan, sus instalaciones se caen a pedazos y la educación se precariza. La idea que quiere implantarse es que la educación es una inversión. Y que la clase trabajadora debe invertir en ella para poder trabajar el día de mañana, para seguir existiendo.
La respuesta: organización y lucha
Pese a todo, la comunidad educativa no se rinde ni se detiene. Las movilizaciones de Catalunya, País Valencià o la huelga indefinida de Madrid que dura desde el pasado 14 de octubre, convocada por las trabajadoras de todas las etapas educativas no universitarias señalan el hartazgo de la clase trabajadora ante esta situación.
En este clima, la Coordinadora en Defensa de la Universidad Pública, conformada por sindicatos y asociaciones estudiantiles de las 6 universidades públicas madrileñas, llama a la huelga a las estudiantes y al conjunto de las trabajadoras de la universidad para los días 4 y 5 de noviembre.
Pero la movilización no se limita a esos días. Asambleas y comités de huelga no paran de conformarse y sucederse a lo largo del territorio, transformando el descontento en organización.
La experiencia demuestra precisamente eso. Ejemplos como el freno a lo que iba a ser la LESUC, las movilizaciones que impidieron la aplicación del 3+2 o las reválidas de la LOMCE muestran que la movilización de la clase organizada puede arrebatar victorias.
Y es que la movilización y la organización son la única forma de lograr avances. No se nos va a regalar nada, sino que debemos arrancar esas conquistas con la propia organización. Y aunque esas victorias no supongan por sí mismas una transformación del sistema, mejoran nuestras condiciones de vida y nos permiten construir los espacios desde los que generar organización y lucha.
Estudiantes por la unidad de clase
Por todo lo expuesto, nuestra lucha no se limita a exigir una gestión eficiente o simplemente un mayor presupuesto. No nos contentamos con una universidad pública que siga segregando mediante tasas inasumibles. No aceptamos que las instituciones colaboren con el genocidio en Palestina, ni el maquillaje del sistema actual. Las comunistas luchamos por una educación que esté realmente al servicio de la clase trabajadora y desvinculada de la lógica del beneficio privado. Una educación orientada a las necesidades humanas sólo es alcanzable si se rompe la subordinación al mercado.
Los gobiernos, en sus distintos colores, continúan ahogando presupuestariamente a las universidades públicas, sometiéndolas a la presión constante del sector empresarial, mientras que las privadas proliferan y ganan terreno. Nuestro objetivo es romper esta dinámica y entender que las pequeñas conquistas de hoy son un terreno de combate donde tratamos de elevar conciencia y acumular la fuerza organizativa para preparar a la clase trabajadora para los grandes cambios del mañana.
Pero si algo demuestra el análisis de la realidad universitaria es que las estudiantes no podemos dar esta batalla en solitario ni entendernos como un actor aislado o como un colectivo homogéneo. Nuestra capacidad transformadora depende de la capacidad que tengamos para integrar nuestras reclamaciones con las del conjunto de la clase trabajadora, de tal forma que permita ejecutar cambios estructurales.
Asumir este programa va mucho más allá de pancartas o manifestaciones. Significa vincular cada conflicto universitario contra la explotación capitalista, comprender el funcionamiento de las diferentes formas de opresión y entender que las mejoras conquistadas sólo pueden mantenerse cuando existe suficiente capacidad organizada para defenderlas.
Esto cobra vigencia ante la convocatoria de la Huelga General del 11 de noviembre. La creación de los Comités de Huelga en las universidades pone de manifiesto la vinculación con el conjunto de los conflictos de la clase trabajadora. Y es que nuestros problemas no acaban al salir de la universidad, sino que las mismas que sufrimos el desmantelamiento y empeoramiento de la universidad pública, nos enfrentamos a los inasumibles precios de la vivienda, al encarecimiento de los bienes, a la precariedad laboral. Por ello, la huelga general debe ser un espacio donde encontrarnos, donde organizarnos, donde avanzar y construir una alternativa para la clase trabajadora, la alternativa comunista.
El camino a seguir y los objetivos
Con este diagnóstico, las tareas para este curso son claras. Nuestro objetivo pasa por transformar el malestar del estudiantado en la organización de la lucha hasta alcanzar a todos los sectores de la comunidad educativa y construir un movimiento capaz de sostener un conflicto prolongado.
Para acabar con toda política que nos vende al capital y con toda dirección oportunista que frena nuestra capacidad de lucha, necesitamos toda nuestra fuerza e inteligencia colectiva. Fomentar un debate ideológico honesto y la adopción de acuerdos democráticos que permitan construir un movimiento fuerte y consciente.
Nuestro éxito dependerá de nuestra capacidad para construir una unidad de acción amplia, vehiculando las distintas luchas bajo un programa político que permita la emancipación de la clase trabajadora. Frente a una reacción que avanza y destruye lo público, y frente a quienes utilizan el miedo a la ultraderecha como herramienta de rentabilidad electoral, la lucha de clases es el único camino real para estar a la altura de las circunstancias.