El socialismo no es fiduciario (I): Contribución a la crítica marxista de la llamada Teoría Monetaria “Moderna”
Como el Estado, tampoco el dinero es fruto de una convención, nace espontáneamente del cambio y en el cambio, es un producto de él.
Marx, K. Grundrisse (1857/58: 59)
I. Introducción
Aunque discretamente, desde hace algunos años, en las organizaciones de la izquierda política viene haciendo su aparición los planteamientos de la autodenominada Teoría Monetaria Moderna (TMM o MMT, por sus siglas en inglés), una corriente económica heterodoxa en auge dentro de la Academia anglosajona, representada por autores como el australiano Bill Mitchell o los estadounidenses Warren Mosler o Randall Wray.
Con especial relevancia dentro de algunos sectores del Partido Demócrata estadounidense (como el encabezado por la congresista Alexandria Ocasio-Cortez), el enfoque y las propuestas de la TMM han cruzado el Atlántico teniendo acogida entre ciertos representantes teóricos adscritos de la disciplina económica europea, generalmente del espectro progresista, como Eduardo Garzón, Esteban Cruz o Stuart Medina, aunque también por parte de quien fuera presidente del Banco Central Europeo y primer ministro de Italia, Mario Draghi.
Esta corriente plantea una concepción de las finanzas públicas, el dinero y de la política monetaria diferente a la ortodoxia monetarista que desde hace décadas rige la actuación de los bancos centrales, siendo su principal atractivo la promesa de que, mediante una adecuada gestión de la política económica, es posible no sólo lograr simultáneamente los principales objetivos macroeconómicos sino también abolir en la práctica el desempleo. Toda una superación de las contradicciones del capitalismo al alcance de la mano.
Así, desde la Revista La Antorcha —sin que ello nos comprometa a alinearnos con tal doctrina— hemos considerado oportuno dedicar una serie de dos artículos a la Teoría Monetaria Moderna: este primer artículo centrado en exponer y analizar brevemente los fundamentos teóricos y las propuestas que presenta la TMM, y un segundo artículo consistente en una crítica desde el marxismo tanto a sus fundamentos como a sus propuestas principales.
II. Fundamentos teóricos de la Teoría Monetaria “Moderna”
Lo primero que queremos señalar antes de proceder a la exposición y crítica de los fundamentos de la TMM es que, muy habitualmente, los autores de dicha corriente sostienen que la inmensa mayor parte de su aportación es simplemente “descriptiva” y que sólo la propuesta de Trabajo Garantizado —a la que también dedicamos un apartado— implica una propuesta susceptible de debate. Pues bien, a nuestro juicio, dicha afirmación constituye una premisa totalmente inaceptable, por cuanto la Economía se caracteriza por ser una ciencia social y, como tal ciencia social describe la sociedad —una sociedad de clases, para más inri—, algo no susceptible de ser descrito neutralmente.
Entendemos fundamental hacer esta aclaración antes de proceder a exponer, como tal, los fundamentos de la TMM a continuación:
La razón por la cual la TMM adopta el calificativo de “Moderna” es porque, desde su punto de vista, entienden que a partir del año 1971 se produce un cambio cualitativo en el sistema monetario internacional fijado hasta ese momento por las reglas de Bretton Woods, adoptando así el sistema generalizado de libre flotación que origina el denominado “dinero fiat” o “dinero fiduciario”. Así, el sistema monetario que rige en la actualidad presentaría, desde el punto de vista de estos autores, no sólo unas diferencias sustanciales en su caracterización sino también en sus potencialidades.
A grandes rasgos, podemos encuadrar la TMM como una corriente económica poskeynesiana cuyo marco teórico está constituido por las aportaciones del propio Keynes y de otros autores como Abba Lerner o Hyman Minsky, así como especialmente, del cartalismo encabezado por Georg Friedrich Knapp, que expondremos sucintamente más adelante.
Así, se construye por parte de la TMM a partir de estas aportaciones un corpus teórico caracterizado por un alto grado de eclecticismo, del cual nos detendremos en dos pilares que centrarán nuestra crítica: su concepción del dinero y su caracterización del Estado.
Como se ha señalado anteriormente, una base fundamental empleada por la TMM para explicar su concepción del dinero es el cartalismo, una corriente económica que ubica el origen del dinero como “criatura de la ley” o tax-driven money, es decir, como un medio de cambio creado por el Estado y cuyo uso se impone y generaliza mediante el monopolio de la violencia legal, al ser el único medio aceptado por la Hacienda pública para el pago de los tributos que impone a la ciudadanía.
Dicho de forma simplificada, como el Estado tiene un poder coercitivo para exigir el pago de tributos y únicamente acepta para dar por satisfechos dichos pagos la moneda que él mismo ha creado, el público se ve forzado a emplearla de forma generalizada. Así, el origen del dinero se encuentra desvinculado del intercambio mercantil y su función principal sería esencialmente la de servir como unidad de cuenta de deudas y sin valor intrínseco.
Para apoyar su argumentación en este sentido, la caracterización que los teóricos de la TMM hacen del dinero parte de forma unívoca de un enfoque arqueológico y antropológico de su origen, criticando la existencia del trueque y, de forma muy habitual, recurriendo a determinadas evidencias arqueológicas del Antiguo Egipto y Mesopotamia.1
En concreto, desde la TMM señalan como origen del dinero la estandarización de las unidades de cuenta mediante registros cuneiformes en los templos y palacios sumerios del cuarto milenio antes de Cristo.2 Estas unidades, como la sila sumeria o también el deben egipcio, servirían para llevar una contabilidad de los recursos que las autoridades centralizaban.
Esa contabilidad se realizaba en tablillas cuneiformes y se entregaban a cambio de la realización de determinados trabajos encomendados por la autoridad, pudiendo ser intercambiadas tanto por el cereal en el que se referenciaban como por distintos productos cuyos “precios” también seguían dicho patrón.
Posteriormente, y dado que todos necesitarían las tablillas para saldar sus deudas tributarias con el Estado, se generalizaría el uso de dichas tablillas como medio de pago comúnmente aceptado, es decir, funcionarían como dinero (y éste, a su vez, como reflejo de las deudas entre particulares y para con el Estado). Y de esta forma, mutatis mutandis, el devenir de los acontecimientos llevaría a que en lugar de usar tablillas, se pasara a emplear metales preciosos, billetes, cheques o anotaciones bancarias como soporte del dinero.
Sin embargo, y de acuerdo con el prisma cartalista propio de la TMM, el dinero surgiría como una creación del Estado como unidad para la contabilización de deudas. En este sentido, dos pilares fundamentales serían (i) que el objeto que encarne el dinero no importa en absoluto, sino que lo principal es el sistema de medida que se establezca y (ii) que el dinero no surge como consecuencia del desarrollo mercantil, sino como una decisión coercitiva que surge de la autoridad.Sobre esta cuestión, cabría preguntarse entonces por qué las autoridades teniendo a su disposición un material tan abundante y barato como el barro, decidieron acuñar monedas —ciertamente muchos siglos más tarde— recurriendo a metales preciosos como la plata o el oro. Sobre esta cuestión también se ha preguntado uno de los más destacados autores de la TMM, Randall Wray, dando respuesta del siguiente modo:
Bueno, pues porque brilla, es luminoso y es el “elemento noble” que nunca cambia: no se oxida, es fácil de limpiar, puede ser roto hasta ser descompuesto en trozos increíblemente finos y queda bien en las orejas, en los dientes y en los dedos3
Resulta necesario señalar aquí que, en primer lugar, la evidencia arqueológica a la que recurre la TMM para fundamentar su posición es, cuando menos, sesgada e incompleta. Es habitual observar en los defensores del cartalismo una denuncia de las “presuposiciones” sobre las que se construirían las posturas metalistas que, a su vez, es ciega a toda una serie de suposiciones sobre cómo funcionan los intercambios en las sociedades prehistóricas y antiguas. En primer lugar, esto ocurre porque se parte de un presentismo inconsciente, que despoja los intercambios y las actividades económicas en las sociedades primitivas de unas implicaciones sociales que van más allá del cálculo económico simple, dificultando, en un primer momento, el cálculo del “precio equivalente” de diferentes bienes. De esta manera, antes de establecer, como tales, los precios de las cosas, se ha establecido un espacio de intercambio que antecede, de por sí, a las relaciones mercantiles, y, por supuesto, al Estado; y que se basa en ideas como la reciprocidad o la redistribución y no en la pura equivalencia. Casos de este tipo los encontramos, por ejemplo, en aquellos lugares en que, todavía hoy, y a pesar de la contaminación que supone el contacto inevitable con el mundo occidental, persisten sistemas de intercambio como los anillos Kula o banquetes ceremoniales como los Potlatch del Pacífico Oriental norteamericano. Si bien es cierto que, de estos modelos, pueden partir nociones tales como las de “deuda”, estas no se pueden cuantificar en términos puramente económicos, y el “intercambio de equivalentes” lo es de relaciones sociales y no de mercancías. Podríamos decir que el presentismo de los cartalistas consiste en retrotraer a las sociedades primitivas el fetichismo de la mercancía.
Por otra parte, la teoría cartalista no consigue explicar por qué, ya establecido un supuesto equivalente universal para el cobro, se mantuvieron en todas las sociedades antiguas- y, de hecho, en todas las sociedades previas al asentamiento definitivo de los Estados burgueses- impuestos en especie y en trabajo (corveas). Si bien el cartalismo parte para defender su teoría de la dificultad, inherente al registro arqueológico, de encontrar vestigios de intercambios propiamente, y se apoya en la documentación de ciertas sociedades mesopotámicas y egipcias para defender el sistema crediticio que daría lugar al dinero, al mismo tiempo decide ignorar tanto el registro constante de estos otros impuestos que perjudican la noción del dinero como “equivalente universal para la imposición” como los vestigios arqueológicos del uso de dinero para el intercambio mercantil en sociedades preestatales- e incluso, en general, los vestigios de intercambios entre bienes no equivalentes, presentes en el registro arqueológico, histórico y etnográfico en miles de ejemplos.
Si el dinero cumplía con ese papel de elemento universal para el cobro de impuestos, ¿Por qué no desaparece la corvea? ¿Por qué no se extraen de un cobro de impuestos en dinero medios de pago suficientes para la realización de los trabajos y acopios que necesita la administración?
Queda pendiente también alcanzar por parte de la TMM una explicación rigurosa y convincente sobre por qué se dan casos de aceptación generalizada de una determinada moneda extranjera en el comercio internacional o incluso el uso y atesoramiento habitual de divisas por parte del público en algunos países, a pesar de que, lógicamente, no están emitidas por el Estado en el que residen ni sirven para pagar impuestos.
En cualquier caso, a partir de la conceptualización cartalista del dinero, siendo que es el poder coercitivo del Estado lo que crearía y daría valor al dinero, desde la TMM se le otorga al Estado un rol central dentro de la economía, al tener la capacidad de emitir pasivos de generalizada aceptación, de tal manera que nunca tendría problemas de solvencia por deudas referenciadas en su propia moneda. Esto es, el Estado tendría la capacidad de crear dinero de forma cuasi ilimitada, pues:
El dinero no es una “cosa”, es más bien una “magnitud”. Es un invento del ser humano para poder medir capacidad de gasto (con la que podemos comprar, pagar deudas, invertir, etc). Al igual que el ser humano creó unidades para medir la distancia, también creó el dinero para medir dicha capacidad económica. Y como magnitud que es, utiliza números. Y como números que son, no tiene sentido hablar de su escasez; los números son infinitos. ¿A que nadie se imagina un profesor de matemáticas diciendo que no puede dar clases magistrales porque se ha quedado sin números? Pues lo mismo debería ocurrir con el dinero, con la capacidad de gasto: como sociedad, podemos crear tanta capacidad de pago como queramos4
Claro, a partir de aquí, la conclusión es obvia: si el Estado tiene la capacidad de financiar su propio gasto a partir de la emisión de dinero que controla, esto abre un marco amplísimo de potencialidades para superar las contradicciones generadas por el sistema capitalista. De esta manera, encontramos tres elementos que, partir del razonamiento anterior, comparten la mayoría de autores de la TMM: (i) el Estado, bajo ciertas condiciones, tiene capacidad para superar las contradicciones del capitalismo o, al menos, sus manifestaciones más sangrantes, (ii) la persistencia de estos fenómenos responde a una inadecuada gestión por parte de las autoridades públicas y (iii) el Estado es un ente esencialmente neutral que potencialmente podría servir para resolver estas contradicciones en un sentido favorable a la clase trabajadora.
III. La propuesta estrella de la TMM: el Trabajo Garantizado. No es oro todo lo que reluce
Efectivamente, a partir de su análisis teórico previo, los autores de la TMM plantean una propuesta estrella de política económica: la eliminación del desempleo a partir del desarrollo de planes de trabajo garantizado (TG).
Más concretamente, el Estado (en sus distintos niveles de administración pública) se encargaría de desarrollar distintos programas de utilidad social (bibliotecas, limpieza de espacios naturales, cuentacuentos, atención a personas mayores, etc.) para cuya realización contrataría a personas desempleadas. Dado que se presupone un Estado soberano emisor de su propia moneda, que es la misma que en la que se pagan los salarios, ¿por qué no emitir la cantidad suficiente para comprar la fuerza de trabajo de los desempleados? Este razonamiento es el que sustenta que entre los autores de la TMM a menudo hablen del desempleo como un “fenómeno monetario”
Además, al proceder de esta manera, el Estado se encargaría de fijar un nivel salarial y unas condiciones de trabajo determinadas que de facto servirían para establecer un “suelo” en las del sector privado. Sin embargo, es ineludible e imprescindible señalar igualmente que los planes de trabajo garantizado también se diseñarían con la intención de fijar un “techo”, pues en caso de sectores con fuerte organización obrera y sindicatos con elevada capacidad de presión, la patronal vería cómo, en lugar de atender a sus reivindicaciones, siempre podría recurrir a los trabajadores del TG.5 Este razonamiento es, entre otros, el que ha llevado a algunos autores críticos con la TMM y el TG como Mario del Rosal a afirmar que, en realidad, lo que se está pretendiendo es reemplazar el ejército industrial de reserva por el ejército estatal de reserva.6
Pero, además, surgen otros interrogantes acerca del TG. Uno evidente parte del hecho de que, según se afirma por parte de la TMM, los trabajos a realizar se caracterizan por su utilidad social; por tanto, asumiendo que esto es así, ¿por qué el Estado no contrata de forma permanente a los trabajadores necesarios para la realización de dichas tareas? ¿Por qué se deja, por ejemplo, el cuidado de personas mayores en función de las oscilaciones en los ritmos de acumulación de capital?
Por otra parte, también resulta habitual encontrar entre los autores de la TMM defensas del TG aludiendo a paralelismos con las políticas activas de empleo y argumentando que, de esta forma, se reduce el coste para el erario público en prestaciones por desempleo.7 El problema que encontramos en este planteamiento es que sigue partiendo del supuesto de que el desempleo es un fenómeno derivado de una inadecuada gestión de la política económica y, por tanto, en lugar de enfocar las prestaciones por desempleo como parte del salario diferido de la clase trabajadora, por el cual se pretende proteger al trabajador ante fenómenos ajenos a su voluntad (como es el desempleo), se asume simplemente como una partida de gasto del Estado que puede emplearse de manera distinta.
Entendemos que este razonamiento representa en la práctica una ofensiva contra el salario diferido y, al eliminarlo, genera una mayor dependencia de la clase trabajadora respecto del TG, forzándola a aceptar los planes de trabajo cualesquiera que sean las condiciones laborales fijadas por el Estado. De hecho, esta política económica, bajo un barniz de apariencia progresista, esconde en la práctica un razonamiento que encaja mejor dentro de las propuestas económicas propias de escuelas liberales, que para nada buscan proteger los intereses de la clase trabajadora y que centran su atención en la “flexibilidad” del mercado de fuerza de trabajo, para adecuar su oferta a las exigencias de los ciclos económicos.
Asimismo, si se quiere que los planes de TG sirvan como para que el Estado funcione como empleador de “último recurso” y, al mismo tiempo, no compita con el sector privado, dichos planes deben diseñarse de tal manera que no impidan a las empresas privadas disponer de fuerza de trabajo para cuando así lo necesiten. Por tanto, ello implica que el salario que se fije para el TG debe ser sistemáticamente inferior al existente en las relaciones laborales privadas; en caso contrario, los trabajadores no tendrían incentivos para no permanecer en ellos. Pero es que, además, una segunda derivada de esta situación es que, muy probablemente, el capital privado alegaría —con razón— encontrarse en una situación de agravio comparativo, puesto que se vería forzado a respetar unos mínimos en la compra de la fuerza de trabajo —sea a través del Salario Mínimo Interprofesional o de los convenios colectivos— que el Estado no estaría cumpliendo.
Existen otras muchas dudas con respecto a la propuesta de TG presentada sobre la TMM (cualificación exigida para el desempeño de tareas, disposición de bienes de equipo suficientes para cada momento, diferencias salariales dentro del TG, etc.), si bien, a la vista de lo aquí expuesto el balance resulta ya bastante clarificador sobre lo que, como comunistas, nos merece esta propuesta, por cuanto no pone en ningún momento en riesgo la capacidad de extracción de plusvalor por parte del capital privado (al abstenerse siquiera de realizar una propuesta tan vagamente reformista como es competir en el mercado mediante empresas públicas) ni tampoco aporta una verdadera solución a la generación del desempleo como rasgo fundamental de la dinámica capitalista; bien al contrario, lo único que hace es gestionar esa población activa relativamente excedentaria que ésta genera, reemplazando, de paso, el salario diferido por una suerte de agencia pública de colocación al servicio de las necesidades de acumulación capitalista.
Por todo ello, próximamente publicaremos un segundo artículo en el que, además de presentar una crítica a las posiciones de la Teoría Monetaria Moderna aquí expuestas, abordaremos desde el marxismo la aparición y funcionamiento del dinero, así como las principales vías de conceptualización del dinero fiat desde la Crítica de la Economía Política.
- Graeber, D. (2012). En deuda. Una historia alternativa de la economía. Barcelona: Ariel; Henry, J. F. (2004). The social origins of money: The case of Egypt. En L. R. Wray (ed.), Credit and State theories of money (pp. 79-91). Cheltenham: Edward Elgar; Hudson, M. (2004). The archaeology of money: Debt versus barter theories of money’s origins. En L. R. Wray (ed.), Credit and State theories of money (pp. 99-127). Cheltenham: Edward Elgar. ↩︎
- Cruz H., E, Parejo M., F. M. y Rangel P., J. F. (2020). «El dinero moderno y el enfoque cartalista institucional». Revista de Economía Institucional, 22 (43), 57-78; Hudson, op. cit. ↩︎
- Wray, L. R. (2012). Teoría monetaria moderna. Lola Books. En M. Del Rosal (2019). La gran revelación (pp. 95-96). Ecobook – Editorial del Economista ↩︎
- Garzón, E. (2020). ¿De dónde van a sacar dinero los Estados para combatir la crisis del coronavirus?. Público. ↩︎
- García, C. (2020). Trabajo garantizado. El Común. ↩︎
- Del Rosal, M. (2019). La gran revelación. De cómo la Teoría Monetaria “Moderna” pretende salvarnos del capitalismo salvando el capitalismo. Ecobook – Editorial del Economista ↩︎
- Garzón, E. (2014). ¿Qué es el Trabajo o Empleo Garantizado?. La Marea. ↩︎