Alemania como cabeza de la Unión Europea
Desde los primeros pasos de lo que hoy constituye la UE, Alemania ha sido uno de sus principales protagonistas. Debido a su elevada densidad industrial, su rol en las decisiones económicas en el viejo continente siempre ha sido predominante. Además, su relevancia imperial hizo que, desde siempre, la pulsión militarista haya estado muy presente, acompañada, además, de dicha potencia industrial. Estos anhelos militaristas se vieron fuertemente limitados tras su derrota en ambas Guerras Mundiales, después de las cuales su ejército quedó reducido a cuestiones defensivas. No obstante, recientemente dichos acuerdos se ven amenazados por la adquisición de aviones de combate por parte de este país.
En este sentido, no resulta extraño que en la segunda mitad del siglo pasado muchas familias del Estado español estuvieran fragmentadas por la migración cuyo destino era, precisamente, Alemania. Desde antes de la creación del Euro, y los acuerdos comerciales derivados de los intereses del BCE, este país ha llevado la batuta en cuestiones relacionadas con los intereses de la Comunidad Europea, tanto en lo económico, como en lo geográfico e incluso político. Alemania ha sido una potencia industrial desde antes de la Primera Guerra Mundial, prácticamente desde su unificación de 1871. Esto, como se indica, ha supuesto una gran relevancia de sus posiciones respecto a la comunidad internacional.
Así, Alemania ha sido uno de los Estados que históricamente han marcado el rumbo de las diferentes alianzas político-económicas del continente Europeo. Esto la ha convertido en el laboratorio de diversas medidas de control social y virajes productivos, como con el que nos encontramos actualmente: la venta de una planta de producción de Volkswagen a una empresa militar israelí.
Nazismo y sionismo: las dos caras de la misma moneda

El pasado militarista e imperial de lo que hoy conocemos como Alemania ha conllevado muchas iniciativas de expansión territorial. La más sonada por sus consecuencias para la actualidad fue la instauración del III Reich. La expansión militar encabezada por el partido Nacional-Socialista Alemán (el partido nazi) supuso una sacudida a los fundamentos morales del viejo continente por las devastadoras implicaciones tanto humanas, como económicas y políticas. Una de las principales cuestiones que Hitler y sus acólitos llevaban por bandera era la cuestión judía.
Para profundizar un poco más acerca de esta cuestión, hablaremos del Acuerdo de Haavara. Este fue un pacto entre organizaciones sionistas alemanas (con el respaldo de la Agencia Judía) y el gobierno nazi, negociado poco después de la llegada de Hitler al poder. En el momento de la celebración de este acuerdo todavía estaba vigente el Mandato británico de Palestina, cuyo banco (el Banco Anglo-Palestino) también participó en estas negociaciones.
El Acuerdo de Haavara conseguía así los siguientes objetivos: la salida de los judíos de Alemania, el inicio de la conformación de un “estado” judío y la obtención de mano de obra inmigrante en el Mandato británico de Palestina. El sionismo encontró en las inquietudes antisemitas el canal para justificar su programa totalitario y, al ser Palestina el lugar escogido por la comunidad internacional para asentar un Estado judío, ésta se convirtió en el patio de juego del sionismo internacional.
Tras la derrota del régimen nazi a manos del ejército de la Unión Soviética y sus momentáneos aliados occidentales, y los posteriores tratados de paz, la situación de la resultante Alemania era desesperanzadora. Un territorio dividido entre las potencias vencedoras y una carga moral apabullante pesaba sobre la población alemana. Los juicios de Nuremberg destaparon los crímenes de lesa humanidad cometidos durante el dominio nazi y marcaron a varias generaciones en los años posteriores.
De esta manera, la cuestión judía se convirtió en un tema tabú en el país y complicó los análisis políticos que se debían realizar en relación al orden mundial post Segunda Guerra Mundial.
Alemania y la represión propalestina
El temor extendido por toda Alemania al resurgimiento de posiciones neonazis ha hecho que el genocidio Palestino por parte de Israel haya sido obviado, cuando no justificado, por la mayoría de fuerzas políticas alemanas. Esta posición es resultado, entre muchas otras cosas, de una visión moralista del conflicto y un análisis parcial de la relación del partido de Hitler con la comunidad judía. En el primer caso, se elimina cualquier análisis materialista de la situación Palestina y se reduce a una “guerra religiosa” entre judíos y musulmanes, o, en los casos de análisis más “sesudos” la defensa del territorio por parte del Estado de Israel.
La ocultación de los tratos entre el gobierno nazi y determinadas asociaciones sionistas y la distorsión de la clara diferencia entre antisemitismo y antisionismo da a entender que una posición política coherente que desafíe la agenda sionista implica necesariamente un alineamiento con las políticas neonazis. Más si cabe, estas posturas están tomando mayor fuerza y materializando mayores consecuencias políticas cuando mayor es la intensidad de la agresión militar israelí sobre Palestina y los territorios próximos. De esta manera, las expresiones de internacionalismo proletario de la clase trabajadora alemana son duramente reprimidas por el Estado.
Por si fuera poco, paralelamente al uso de la violencia policial contra la militancia propalestina, se refuerza el comercio bélico con la entidad sionista. Pareciera que las diatribas moralistas alemanas- y europeas- desaparecen cuando el dinero entra en escena. Esto no nos sorprende a las comunistas, que llevamos tiempo denunciando este viraje reaccionario caracterizado por la mayor represión política contra las expresiones de organización de clase y un aumento en la inversión militar. A día de hoy, el ente sionista ejemplifica la cara más voraz y violenta del imperialismo dirigido por el polo Estadounidense. La colaboración de Europa con la misma solo es reflejo de la necesidad del polo imperialista europeo de reforzar su capacidad militar; el socialdemócrata Olaf Lies declaró que “Alemania y Europa deben reforzar sus capacidades y ser más independientes”.
La victoria socialdemócrata y la derrota comunista
El programa reaccionario europeo e internacional está estrechamente ligado a la defensa de los intereses del Estado de Israel. ¡Quién habría dicho que los partidos del sistema capitalista se alinearían con una potencia militar en un enclave geopolítico! Así, en este contexto, el desarrollo histórico de Alemania favorece el recrudecimiento de la represión contra la clase trabajadora, ya que permite apelar al moralismo del pasado antisemita para silenciar y invalidar las válidas exigencias en contra del plan sionista.
En este sentido, las posturas de la socialdemocracia y los partidos de ultraderecha no se alejan mucho. Bien sea por un abierto interés en el refuerzo mediante la militarización del orden internacional capitalista por un lado, o por las tibias posiciones institucionalistas por otro, los debates en cuanto al rearme europeo nos traen reminiscencias del todo desagradables a las militantes comunistas. Sabemos que la tradición socialdemócrata ante los momentos de crisis bélica son de claudicación de la escasa defensa de los derechos de nuestra clase en favor del capital. Apelando a la defensa de la nación, o de la comunidad europea en este caso, se defendió, se defiende y se defenderá, mientras exista el capitalismo, la inversión en el comercio de la guerra. Ayer fueron los bonos de guerra, hoy la reconversión de la industria en fábricas de armamento y mañana ¿Quién sabe?
Esta situación no es novedosa para las comunistas. Supimos desenmascarar el oportunismo y el chovinismo entonces y hemos de volver a unirnos para hacer frente al descaro capitalista ahora. Como dijera Rosa Luxemburgo “Los dividendos suben, y los proletarios caen”.